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Bajamos los tres a la bodega y lo hicimos entre las barricas

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Diez años compartidos eran motivo suficiente para salvar uno o dos secretos bien intencionados. Con esa convicción, me encontraba flotando entre los aromas de la cena que preparaba. Había planeado este aniversario con cada detalle a la perfección, asegurándome de que la sorpresa estuviera a la altura de lo que Unai merecía. Nuestra relación llevaba tiempo insinuando dimensiones no exploradas y, por una vez, decidí dar el paso sin titubear.

La casa de campo en la que estábamos era el rincón perfecto para nuestra celebración; apartada, íntima, con vistas que se perdían en el horizonte marino de Valparaíso. El murmullo del viento acariciaba las vides alrededor de nuestra ventana, acentuando la calidez de la noche que caía lentamente.

Mientras picaba las verduras, oí la puerta principal abrirse y cerrarse. Unai estaba de vuelta de su paseo con ese aire despreocupado, siempre con una cámara en mano, siempre buscando la foto perfecta. Pero al entrar al salón, una expectativa diferente se encendió en sus ojos; algo que había oscilado entre interrogaciones y fantasía.

"Thiago llegará pronto", le dije, observando cómo su expresión cambiaba de la incredulidad al entendimiento. La atmósfera dentro de la casa se electrificó de pronto, como si las paredes mismas respiraran el expectante silencio.

En breve, Thiago llegó. El saludo entre nosotros fue cordial, aunque cargado de esa chispa y recuerdos de la última vez que todos habíamos compartido risas y vinieron. Como sommelier, Thiago llevó consigo vinos que seleccionó especialmente para esa noche, cada botella prometiendo desvelar secretos aún más dulces con cada copa.

La cena transcurrió entre miradas, palabras medidas y los roces casuales que encendían nuestra propia piel. Jugamos con el pasado, con aquella cena meses atrás donde una broma inocente había plantado en nosotros la semilla de lo que ahora considerábamos.

"Te veo cómoda con Thiago aquí", comentó Unai mientras nuestros tratos eran sutiles pero cargados de significado. "Siempre me pareciste intrigante", respondió Thiago a mi marido, sus ojos pasando de él a mí con una calidez que traspasaba la mera cortesía.

Fue natural movernos después a la terraza. Las luces de las velas parpadearon sus sombras sobre la piedra, e Thiago me tendió la mano con una invitación al baile. Unai, desde su sitio, sosteniendo su copa de vino, nos miraba. Vi en él un fuego contenido, una mezcla de celos y deseo que no era nueva para nosotros, solo que ahora se reconocía y aceptaba más abiertamente.

Thiago me conducía con seguridad, cada paso una promesa de lo que podía venir. Los acordes de la música susurraban entre nosotros mientras el aire cálido y salino caía sobre nuestras mejillas.

El trayecto desde la terraza hasta la bodega se sintió como una manifestación de lo inevitable. Nos dejamos llevar por el sentido de aventura compartido. Inundados por la confidencia del momento, los tres descendimos por la estrecha escalera hacia donde se guardaban las botellas más preciadas.

Allí abajo, el espacio nos envolvió en sombras y aromas profundos. Unai dejó su cámara sobre un barril, sus ojos siguiéndonos con una intensidad que me estremeció.

Pronto, ya no había distancia. Las manos de Thiago encontraron su camino a través de mi piel, sus labios rozaron los míos con tal delicadeza que solo sirvió para urgir el deseo de más. Sentía la mirada de Unai sobre mí, como un testigo ávido de cada gesto. El fuego entre nosotros fue una oleada que reclamó nuestras voluntades, integración de incertidumbre y voluntad.

Lo que comenzó como un baile se transformó en una coreografía íntima de pasos cuidadosamente cruzados y respiraciones sincronizadas. Unai, dominado por la pasión del momento, se sumó. La sensación de él tras de mí, sus manos delineando mis curvas con posesión familiar y comodidad, me llenó de una dicha que no esperaba y que vino empapada de un amor profundo e indiscutido.

La calidez de nuestros cuerpos entrelazados se volvió un flujo incesante de movimiento y entrega, un eco de cada deseo nunca antes pronunciado. El tiempo dejó de ser una medida en aquel refugio cómplice y prohibido donde la realidad parecía suspenderse. Nos convertimos en algo más que individuos, una sombra libre de ataduras y límites, que sólo buscaba conectarse cada vez más.

Cuando los murmullos empezaron a reducirse al amanecer, fue Thiago quien, con un aplomo sereno y consciente, supo apartarse con amabilidad. Nos dejó a Unai y a mí en un rincón del sofá, semi desnudos y absortos en la novedad de nuestro vínculo fortalecido.

Nos observamos con la ternura de quien se ha reencontrado. No hicieron falta palabras porque todo se resumía en la expresión satisfecha y limpidez de los ojos del uno en el otro. Una confianza renovada había surgido, un entendimiento profundo que prometía adherirse a cada día venidero.

Thiago se despidió, la discreción siembre fue su aliada, su legado una simple sonrisa de satisfacción compartida. Verte partir fue un reconocimiento de que lo nuestro se había fortalecido con él como catalizador.

Al amanecer, Unai y yo nos tumbamos bajo esas primeras luces doradas. "Lo hemos hecho, no puedo amar esto más", me confesó él, su voz rota por el cansancio y el amor.

Asentí, abrasándole con más fuerza que antes. "Gracias por confiar, por dejarme descubrir esto contigo", le susurré, sintiendo como nuestros corazones latían juntos, tranquilamente.

Ese aniversario, entre copas de vino y velas consumidas, se convirtió en más que un mero evento, marcó el vértice de nuestros deseos y plácidamente, celebró que siempre había nuevas maneras de amarse.

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