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Descubrí que mi esposa tiene un amante (bbc) y lo que vi me dejó sin palabras.

18 min de lectura

Voy a contar esto tal cual pasó. Sin adornos, sin justificaciones. Que cada quien juzgue lo que tenga que juzgar.

Tengo 45 años. Soy contador en una empresa mediana aquí en la ciudad, de esas donde te pagan bien pero te exprimen el alma. Güerito, medio panzón, con la barba ya pintándome canas y un cuerpo que dejó de impresionar a alguien hace por lo menos una década. Mido uno setenta y dos y lo único que me queda a favor es que no soy feo de cara y tengo un trabajo estable que me da para vivir sin apuros. Ah, y un miembro de catorce centímetros que yo siempre creí que era suficiente.

Mi vieja y yo llevamos diecisiete años casados. La conocí cuando ella tenía diecinueve y yo veintisiete. Era — es — una mujer que te detiene en seco cuando la ves pasar. Morenita, pelo negro largo hasta la cintura, ojos oscuros de esos que te miran y sientes que te están desnudando, caderas anchas, nalgotas firmes y unas chichis que ni después de tantos años han perdido la batalla contra la gravedad. Mide un metro sesenta y pesa lo justo para que todo esté donde tiene que estar. A sus treinta y seis años sigue volteando cabezas en el súper, en la calle, hasta en la maldita gasolinera.

Cuando la conocí había un chingo de cabrones detrás de ella. Pero yo fui el necio que no se rajó. La invité, la busqué, la conquisté con paciencia y cariño. A los dos años de novios nos casamos y yo me sentía el hombre más afortunado del mundo.

Pero cargaba un demonio adentro: la desconfianza. Mis relaciones anteriores me dejaron bien jodido. Una ex me puso el cuerno con un compañero de trabajo, otra con un primo mío. Así que cuando me casé, a pesar de que mi vieja me daba todas las señales de ser una mujer derecha, no pude evitarlo. Contraté a un investigador privado.

Lo tuve siguiéndola durante cinco años. Cinco años de reportes, fotos, videos de vigilancia. Cinco años de lo mismo: nada. Mi mujer iba al mandado, a su trabajo medio tiempo, al gimnasio y de regreso a la casa. Ni una sola vez la encontró haciendo algo raro. Era fiel. Completamente fiel.

Me sentí de la chingada por desconfiar de ella. Corté al investigador, dejé de pedirle a los vecinos y amigos que me informaran y decidí ser el esposo que ella merecía. Me concentré en el jale, en ganar más lana, en darle todo lo que pudiera. Viajes, ropa, cenas, la camioneta que quería. Todo.

Al sexto año de casados intentamos tener hijos. No se pudo. Fuimos con doctores y la noticia nos destrozó: ella no podía embarazarse. Le propuse adoptar, pero ella quería un hijo propio. Eso la sumió en una tristeza que nunca terminó de irse por completo. Yo estuve ahí. Siempre estuve ahí. Le daba su espacio, la apoyaba, nunca la presioné.

El sexo entre nosotros siempre fue... correcto. Nada espectacular. Una vez por semana, a veces cada quince días cuando yo tenía que viajar por trabajo. Yo la hacía acabar — o eso creía — un par de veces cada sesión. Posiciones básicas: misionero, ella arriba, de ladito. Nunca me atreví a pedirle algo más. Una vez, al principio del matrimonio, intenté meterla por atrás. La lastimé. Ella gritó, me empujó y me dijo que nunca más. Nunca más volví a intentarlo.

Así pasaron los años. Yo creía que teníamos un buen matrimonio. Rutinario, sí. Pero estable. Seguro. Como esas casas viejas que no son bonitas pero aguantan temblores.

Estaba equivocado.
Fue un miércoles de enero. Tuve que quedarme hasta tarde en la oficina por un cierre fiscal de último momento. Le avisé a mi vieja que llegaría tarde. Ella lo tomó con calma: "No te preocupes, mi amor, aquí te espero." Su voz sonaba normal. Tranquila. Como siempre.

Pero el problema se resolvió antes de lo esperado. A las cinco de la mañana ya iba camino a la casa. Llegué como a las seis, con la idea de sorprenderla metiéndome a la cama con ella antes de que sonara la alarma. Entré en silencio. Todo parecía normal: la sala ordenada, la cocina limpia, el olor a suavizante en los sillones.

Subí las escaleras sin hacer ruido. La puerta del cuarto estaba entreabierta. Empujé despacio y lo que vi me paralizó como si me hubieran dado un pinche balazo.

Mi mujer estaba dormida boca abajo, completamente desnuda. Las sábanas revueltas a un lado, las almohadas por todos lados. Y a su lado, también dormido, un hombre. Un tipo moreno oscuro, alto, de espalda ancha y musculosa. Su brazo pesaba sobre la cintura de mi esposa con la naturalidad de alguien que lleva años durmiendo así.

Sentí que el estómago se me volteaba. Las piernas me temblaron. La sangre me subió a la cabeza y tuve un impulso salvaje de agarrar al tipo del cuello y no soltarlo hasta que dejara de moverse. Pero no lo hice. Me quedé paralizado viendo la escena como un pendejo.

Y entonces algo retorcido pasó en mi cabeza. La vi a ella. Su cuerpo desnudo, su piel morena brillando con la poca luz que entraba por la ventana, su pelo desparramado en la almohada. Se veía tranquila. En paz. Feliz. Tenía una expresión en el rostro que yo no le había visto en años. Tal vez nunca.

Mi mente empezó a hacer lo que no quería: imaginar. ¿Qué pasó en esta cama unas horas antes? ¿Cómo la besó? ¿Cómo se la cogió? ¿Ella se la mamó? Seguro que sí. ¿Le gustó? Seguro que sí. ¿Le metió esa verga que ya hasta dormido se notaba que era mucho más grande que la mía? Seguro que sí.

Y la pregunta que más me quemaba por dentro: ¿le dio el culo? Ese culo que a mí nunca me dejó tocar después de aquel intento fallido. Ese culo que yo adoraba mirar pero que tenía prohibido. ¿Se lo entregó a él?

No supe qué hacer. Saqué el teléfono y tomé una foto. De ellos dos. Dormidos. Desnudos. Juntos. Después salí de la casa como un fantasma, me subí a la camioneta y me fui a un parque a tres colonias de distancia.

Me senté en una banca y me puse a llorar como no lloraba desde chamaco.

A las diez de la mañana ella me marcó. Su voz normal, dulce, como si no hubiera pasado nada.

—¿A qué hora llegas, mi vida?

—Voy a tardar. Surgió un bronca en la oficina y tengo que resolverla hoy.

—Está bien, aquí te espero.

Escuché algo al fondo. Una voz grave que dijo algo que no alcancé a entender pero que claramente no venía de ningún televisor. Le pregunté qué era eso.

—Es la tele, mi amor. Un documental.

Colgué. Llamé al investigador privado. El mismo que había contratado hacía doce años. Le pedí que nos viéramos en el parque. Necesitaba respuestas y las necesitaba ya.

Cuando llegó, le conté lo que había visto esa mañana. Le describí al tipo. Le pedí que lo investigara. Y entonces él me dijo algo que me sacó completamente de onda.

—¿Por qué me pides esto otra vez? Tú ya lo sabes. Hace seis años me pediste que lo investigara. Lo seguí durante un año entero y después cortaste mis servicios.

Me quedé helado. Yo no había hablado con este hombre en doce años. Yo corté sus servicios al quinto año de matrimonio. Nunca le volví a marcar.

Le pedí que me explicara. Él me contó cómo, supuestamente "yo" lo había contactado hace seis años pidiéndole que retomara la investigación pero ahora enfocada en los hombres que visitaban la casa. Que el pago sería por transferencia. Que la comunicación sería solo por correo electrónico. Que toda la información la mandara a una dirección de mail que yo jamás había creado.

La verdad me cayó como un balde de agua helada: mi vieja. Ella descubrió en algún momento que la estuve espiando. Y en vez de confrontarme, se hizo pasar por mí ante el investigador. Tomó el control de la vigilancia. Convirtió al detective que yo contraté para espiarla en su propio guardaespaldas. Así se aseguraba de que los hombres con los que se acostaba estuvieran limpios de enfermedades y de que nadie representara un peligro.

Así es. Hombres. En plural.

El investigador me reveló que durante los cinco años en que ella manejó la vigilancia, varios hombres llegaron a la casa. Nunca repetían. Llegaban, pasaban unas horas y no volvían. Ella los usaba y los desechaba. Hasta que llegó el moreno.

Él llegó un día como todos los demás. Pero no se fue después de unas horas. Volvió al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Según el reporte del investigador, llevaba seis años visitando a mi esposa de manera regular. Era un hombre sano, sin antecedentes, y genuinamente interesado en ella. No solo en el sexo. En ella.

Le pagué al investigador. Antes de irse me dijo algo que me clavó una espina: le parecía raro que en todos esos años de infidelidad ningún vecino me hubiera dicho nada. Dijo que averiguaría por qué. Yo ya tenía la sospecha de la respuesta.

Cuando me quedé solo en esa banca del parque, traté de procesar todo. Más de la mitad de mi matrimonio fue una mentira. Mi esposa se acostó con quién sabe cuántos tipos a mis espaldas. Me vio la cara durante años. Sobornó a vecinos y amigos para que nadie me dijera nada. Manipuló al investigador que yo mismo había contratado. Era más astuta de lo que jamás imaginé.

Pero lo que no podía explicarme era por qué, en medio de toda la rabia, sentía algo más. Algo caliente. Algo oscuro. La imagen de ella con ese hombre, de ese cuerpo moreno encima del suyo, de esa verga entrando donde la mía nunca estuvo... me confundía. Me hervía la sangre y me hervía otra cosa al mismo tiempo.

Necesitaba ver. Necesitaba saber exactamente qué pasaba cuando yo no estaba.

Al día siguiente le regalé un día completo en un spa de esos lujosos. Ella se fue feliz. Mientras estaba fuera, mandé instalar cámaras ocultas por toda la casa: recámara, sala, baño, cocina, terraza, patio. Todas conectadas a mi laptop.

Una semana después le dije que me habían ascendido — lo cual era cierto — y que tendría que salir de viaje de trabajo por diez días. Ella puso su cara de tristeza que ya sabía fingir a la perfección. Me despedí con un beso y me fui a un hotel a las afueras de la ciudad.

Esa misma noche, una hora después de que me fui, encendí la laptop.

Lo que vi en las siguientes horas me cambió para siempre.

El tipo llegó a la puerta y ella lo recibió como si fuera un soldado regresando de la guerra. Se besaron en la entrada con una pasión que me recordó a cuando éramos novios, solo que multiplicada por mil. Él la cargó en brazos, la metió a la sala y ahí mismo, en el sillón donde yo veía el fútbol los domingos, empezó a desnudarla.

No fue sexo. Fue otra cosa. Algo que yo nunca le provoqué.

Él la desnudó con calma, como desenvolviendo un regalo. Le besaba cada parte del cuerpo que iba descubriendo: el cuello, los hombros, entre las chichis, el ombligo, las caderas. Ella se dejaba hacer con los ojos cerrados y la boca entreabierta, agarrándole la cabeza rapada con las dos manos.

Cuando él se quitó la ropa, entendí todo. Entendí por qué mis catorce centímetros nunca fueron suficientes. Lo que ese hombre tenía entre las piernas era de otra dimensión. Grueso, oscuro, pesado. El tipo de miembro que ves en las películas y piensas que es exageración, pero ahí estaba, real, a punto de entrar en mi mujer.

Ella se arrodilló frente a él en mi sala. Y se la metió en la boca. No como me la mamaba a mí: con delicadeza, como cumpliendo un trámite. No. Se la mamaba con hambre. Con devoción. La sacaba y la lamía de arriba abajo como una paleta, jugaba con la punta, le acariciaba los huevos, lo miraba desde abajo con esos ojos negros como diciendo "soy tuya". Él le agarraba el pelo y ella lo dejaba controlar el ritmo. Vi cómo esa verga le llenaba la boca completa, cómo ella luchaba por no atragantarse pero no se detenía.

Después la acostó en el sillón. Le abrió las piernas y le pasó la lengua desde las rodillas hasta llegar a su centro. Mi vieja se retorcía, se agarraba de los cojines, gemía con una intensidad que las bocinas de la laptop apenas podían reproducir. Él la lamía con una paciencia infinita, tomándose su tiempo, como si no existiera el reloj. Ella acabó dos veces solo con su lengua. La segunda vez gritó tan fuerte que pensé que los vecinos iban a llamar a la policía. Pero claro, los vecinos ya sabían. Y no dirían nada.

Luego vino lo que yo quería y no quería ver. Él se puso un condón — solo cuando iba por adelante, después entendería por qué — y la penetró despacio. Vi cómo su cuerpo se fue abriendo para recibirlo, centímetro a centímetro. Ella se mordía el labio, le clavaba las uñas en los brazos, le decía cosas que la cámara captaba a medias: "dámela toda", "así papi", "más profundo". Cuando él empezó a moverse con ritmo, ella se transformó en alguien que yo no conocía. Envolvía sus piernas alrededor de él, lo jalaba con los talones, le mordía el hombro, le pedía más y más fuerte.

Acabaron en mi sillón. Después en la cocina. Después en la regadera. Después en mi cama. Toda la noche.

Y lo que vi en los días siguientes fue todavía más intenso.

Él la tenía desnuda la mayor parte del día. Se paseaban por la casa como si fuera suya — y en cierta forma, ya lo era. Cogían donde quisieran: en la mesa del comedor, contra la pared del pasillo, en la terraza bajo las estrellas. Pero también hacían cosas que nada tenían que ver con el sexo: cocinaban juntos, veían películas abrazados, se reían, bailaban en la sala sin música. Se besaban con una ternura que me dolía más que la traición misma.

Y sí. Le dio el culo. Ese culo que a mí me prohibió para siempre. Se lo entregó con una naturalidad que me dejó con la boca abierta. Ella misma se ponía en posición, se lo pedía, lo guiaba con la mano. Él se tomaba su tiempo, usaba las manos, la lengua, la preparaba con una paciencia que evidenciaba que no era la primera vez ni la centésima. Cuando finalmente entraba, ella gemía de una forma gutural, profunda, como si estuviera liberando algo que llevaba guardado durante años. Y no usaba condón. Nunca para eso. Él se vaciaba dentro de ella y ella no se limpiaba. Se quedaba así, marcada, satisfecha.

La última noche antes de que yo "regresara", los vi acostados en mi cama. Hablando en voz baja. La cámara captaba lo suficiente.

Él le pedía que me dejara. Que ya no tenía sentido seguir con la farsa. Que él la amaba de verdad y quería estar con ella sin esconderse.

Ella le dijo que sí. Que hacía tiempo que ya no me amaba. Que lo amaba a él con una intensidad que nunca sintió conmigo. Que había estado buscando la forma de divorciarse y quedarse con la casa y los ahorros para empezar una vida nueva con él. Pero que todo parecía estar en su contra legalmente. Que estaba cansada de fingir, de coger conmigo por obligación, de pretender que era feliz cuando la verdadera felicidad la tenía con él.

Él solo le dijo que tuviera paciencia. Que todo se iba a resolver.

Esa mañana no cogieron. Hicieron algo peor: hicieron el amor. Se besaron despacio, se abrazaron desnudos bajo las sábanas, se miraron a los ojos como dos personas que se pertenecen. Y yo, desde la pantalla de una laptop en un cuarto de hotel, lo vi todo.

Cerré la laptop. Me quedé viendo el techo del cuarto del hotel durante horas. Pensé en todo. En los diecisiete años. En las mentiras. En los hombres que pasaron por mi cama sin que yo lo supiera. En cómo ella manipuló al investigador. En cómo sobornó a los vecinos. En cómo me engañó con una perfección quirúrgica durante más de una década.

Debería odiarla. Debería sentirme destrozado. Y una parte de mí lo estaba. Pero otra parte — la que me costaba más trabajo aceptar — veía las cosas con una claridad brutal.

Yo nunca la hice feliz. No de verdad. Le di estabilidad, le di comodidad, le di un hogar. Pero nunca le di pasión. Nunca le di un orgasmo que la hiciera gritar así. Nunca le di la confianza para que me pidiera lo que realmente quería en la cama. La traté como una pieza de porcelana cuando ella era fuego puro.

Y el tipo moreno sí lo hizo. No solo la cogió como ella necesitaba. La amó como ella merecía. Con todo y lo torcido de la situación, lo que vi entre ellos era real. Más real que cualquier cosa que yo le hubiera dado en diecisiete años.

Esa noche entendí que yo era el estorbo. La pieza que sobraba en un rompecabezas que ya estaba completo sin mí.

Busqué un abogado. Le expliqué mi situación y lo que quería hacer. Me miró como si estuviera loco, pero preparó los documentos.

Le marqué a mi vieja y le dije que me iba a demorar un poco más. En la cámara vi cómo al colgar celebraba dando brinquitos. Después agarró el teléfono y le marcó a él. Escuché su voz: "Ya viene para acá en unos días, mi rey. ¿Mientras tanto celebramos?" Lo que siguió ya se lo pueden imaginar.

A la semana siguiente llegué a la casa. En la tarde, sin decir una palabra, empecé a meter mi ropa en maletas. Ella me vio desde la puerta del cuarto con los ojos bien abiertos.

—¿Qué estás haciendo?

Con las maletas ya en la entrada, saqué la carpeta con los documentos del divorcio. Ella al ver la carpeta se puso pálida. Le temblaban las manos. Le dije con toda la calma del mundo:

—Léelos.

Los leyó. Conforme iba pasando las hojas sus ojos se fueron abriendo más y más. No lloraba, pero tampoco entendía. Levantó la vista y me preguntó:

—¿Por qué me dejas la casa? ¿Los ahorros? ¿Todo?

—Porque sé lo que pasa aquí cuando yo no estoy. Sé lo del moreno. Sé que llevan años juntos. Y sé que lo amas a él, no a mí.

Se quedó muda. Por primera vez en años la vi sin la máscara. Sin el personaje de esposa amorosa y fiel. Era solo una mujer atrapada entre la culpa y el alivio.

—No te lo digo con rencor —continué—. Si estás con él es porque yo no supe darte lo que necesitabas. Y si la única razón para quedarte conmigo es el dinero, eso no es justo para ninguno de los dos. Firma los papeles y los dos podremos empezar de nuevo.

Ella me miró durante un rato largo. Después bajó la vista, tomó la pluma y firmó. Cuando levantó la cabeza tenía los ojos brillosos pero sonreía. Se acercó a mí y me abrazó con fuerza.

—Gracias —me dijo al oído—. Gracias por entender.

Intentó darme un beso en la boca. La detuve suavemente.

—Esos ya no me tocan a mí.

Tomé mis maletas, subí a la camioneta y arranqué sin mirar atrás.

Me instalé en un departamento sencillo a las afueras de la ciudad. Con mi sueldo recién aumentado me alcanzaba bien para vivir sin lujos pero sin carencias.

Esa misma noche — porque soy un cabrón masoquista que no aprende — encendí la laptop para ver las cámaras. Vi cómo él llegó con sus cosas. Ella lo recibió en la puerta temblando de emoción. Se besaron como si fuera la primera vez y la última al mismo tiempo. Él entró, dejó sus maletas y lo primero que hizo fue sacar una caja de condones que traía en la bolsa. Sin decir nada, caminó a la chimenea y los aventó al fuego. Ella lo miraba desde atrás con las manos en la boca y los ojos empapados.

Lo que pasó después en esa sala, en esa casa que fue mía durante diecisiete años, fue la primera noche de una vida nueva para ellos. Y la primera noche de aceptación para mí.

A los ocho meses se casaron. Un año después, contra todo pronóstico médico, ella tuvo un par de gemelos. La mujer que conmigo era estéril, con él floreció. No sé si fue la ciencia, la suerte o simplemente que el cuerpo sabe cuándo está donde debe estar.

Las cámaras siguen ahí. Y sí, a veces las veo. Los veo reírse, pelear por tonterías, cocinar juntos, dormir abrazados. Y sí, los veo coger con una intensidad que a mis cuarenta y cinco años ya solo puedo admirar desde lejos. Son felices. Genuinamente felices.

¿Y yo? Yo también encontré mi camino. Pero esa es otra historia para otro día.

Lo que puedo decir es esto: a veces el amor no es quedarse. A veces es hacerse a un lado para que alguien más le dé a la persona que amas lo que tú nunca pudiste. Es un trago amargo, sí. Pero al final, del otro lado del dolor hay una extraña paz.

Y en las noches, cuando todo está en silencio y la soledad me aprieta, abro la laptop. No para torturarme. Para recordarme que hice lo correcto.

Ella es feliz. Y eso, aunque duela, es lo único que importa.

Continuará...

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