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Fuimos al campo a hacer el amor y él apareció al segundo día

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Cuando Lucas y yo decidimos alejarnos del bullicio de la ciudad para celebrar nuestro aniversario en la casa de campo de nuestro amigo Simón, esperábamos reconectar, alejados por un fin de semana de las rutinas que nos habían atrapado como un manto pesado y gris. Doce años de matrimonio no pasan sin dejar una marca. Yo quería sentirme deseada otra vez, sin dejar de ser quien compartía la vida con Lucas; él buscaba la chispa que, aunque enterrada, aún creíamos que existía entre nosotros.

Al llegar a la casa, nos sorprendió ver el auto de Simón en la entrada. Un imprevisto, nos explicó él con una sonrisa amable, lo había retenido en la casa. Sin embargo, se mostró cortés, ofreciéndose a irse si deseábamos privacidad. Quizá era el vino, quizá el modo en que a Simón le brillaban los ojos bajo la luz tenue de la tarde otoñal, pero ambos nos apresuramos a decir que no era necesario. La presencia de Simón era tan natural. Recordé que tuve una vaga idea de que no estaría de más esa compañía, aunque no dije nada.

El aire fresco del otoño nos envolvía mientras entramos a la casa. LA calidez de las paredes de madera y el fuego encendido nos recibió, sumiéndonos en un ambiente íntimo y acogedor. Nos acomodamos alrededor de una mesa generosa de vinos y una selección de mis postres preparados ya. Entre bocados de tiramisú y sorbos de Malbec, la conversación fue fluyendo sin prisa, llevándonos a territorios donde nunca habíamos incursionado.

Tal vez fue la tercera copa de vino lo que rompió las últimas defensas. Lucas, en su tono siempre medio en broma, mencionó los deseos no cumplidos. El tema de las fantasías surgió con más naturalidad de la que habría proyectado. Tal vez, el hecho de que Simón estuviera presente actuó como un catalizador. Compartimos historias y fantasías, entre risas cómplices, la sinceridad se deslizaba entre nosotros como un viento cálido que agitaba esas viejas llamas. El ambiente se tornó extrañamente electrizante.

En un intento por aligerar la tensión, Lucas propuso, entre risas, que Simón debería quedarse esa noche. La mirada que intercambiamos hablaba de mil significados. Una broma, pensé, pero había en su mirada un atisbo de serio deseo que no había visto en mucho tiempo. Mi corazón latía con fuerza, una mezcla de miedo y curiosidad creciendo en mi interior.

Busqué un respiro en la serenidad oscura de la piscina apagada. La quietud del agua reflejaba el brillo tenue de las estrellas, y en ese silencio, las dudas y deseos resonaron con eco. Sentí a Simón acercarse. Su presencia era gentil, como si estuviera observando, esperando sin presionar, un voyeurisma que me hacia sentir expuesta pero a la vez reconfortada.

—Agustina, nunca te había visto tan hermosa —dijo en un susurro casi reverente, su mirada capturándome. Aquella voz honda y cálida me envolvía como un abrigo.

Levanté la mirada de la quietud acuosa. Nuestros ojos conversaron un largo instante hasta que algo cedió dentro de mí.

—Simón, no quiero complicar las cosas. —Mi voz llevaba una nota de conflicto que reverberó en la noche.

—No es complicarlo. Es entenderlo. Ya contemplaste la escena, ahora hay que vivirla —respondió él, la promesa sutil en su tono era palpable mientras su mirada recorrió mi rostro, capturando una fotografía mental que sabía nunca olvidaría.

Volvimos juntos a la casa, el aire cargado con una expectativa tan densa que se podía palpar. Lucas nos esperaba en la habitación principal, mirándome con un interés renovado. Algo había cambiado. Ya no éramos solo dos personas compartiendo una habitación con un viejo amigo. La dinámica había tomado un giro que ninguno de los tres se negaba a aceptar.

Nos encontramos riendo; nerviosos, felices, consumidos por una sensación de travesura adulta que nos unía. La ropa comenzó a caerse naturalmente, un testimonio de la comodidad que nos proporcionaban los momentos compartidos y las confesiones entregadas. Lucas, con su sereno autocontrol, nos guiaba a través de la inusual experiencia, sus ojos fijos en mí, como si deseara reafirmarse de que esto era tan mío como suyo.

Simón, con su paciencia natural, solo intervenía cuando lo deseábamos, y su tacto era una promesa cumplida de algo real, más allá de un capricho momentáneo. Mi piel, antes con frío otoñal, despertaba bajo sus manos expertas que buscaban, provocaban temblores de deseo que me hacían olvidar el miedo y el tiempo.

Entre los tres, la química fluyó como aquel vino derramado al comienzo de la noche; desbordante, carmesí, verdadera. Cada risa y gemido se perdió en aquella calidez de la habitación, donde los límites se volvían borrosos y nosotros, más claros, más honestos.

Horas después, nos deslizamos en una tranquilidad silenciosa, cada uno perdiéndose en pensamientos inexplorados. Mis sentidos todavía vibraban, pero había una paz en mí que no sentía desde hacía años. Simón, siempre atento, se levantó para preparar café con una naturalidad que solo puede surgir de la autenticidad.

Al amanecer, Lucas y yo nos miramos a los ojos, habiendo cruzado una línea, pero sintiéndonos más afines y verídicos. Donde antes existía indiferencia, ahora había un entendimiento claro y un nuevo ladrillo en los cimientos de nuestra relación.

Miré a Simón, quien nos obsequió una sonrisa cómplice, como quien sabe que había capturado la imagen perfecta en el momento justo. En ese instante, supe que el aniversario que no había sido solo nuestro, se había convertido en el punto donde nuestros destinos se entregaban a las pasiones descubiertas y las promesas de lo que aún estaba por escribir. La casa de campo fue más que un refugio; fue el lugar donde quemamos lo viejo para dar paso a lo flamante.

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