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La cámara que quedó encendida

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La casa la elegí yo, como elijo todo: el parral seco de otoño, la piscina climatizada humeando en el aire frío, la cocina con horno de barro donde iba a hacer el postre de nuestro aniversario. Lo que no elegí —o eso me dije durante semanas— fue invitar a Renata. Le mandé el mensaje un martes a las dos de la mañana, con esa voz que uno usa cuando finge que la idea es casual: *vení a sacarnos fotos, diez años se documentan.* Ella contestó con un pulgar arriba y un emoji de cámara. Ivo levantó una ceja cuando se lo conté y no dijo nada. Ivo nunca dice nada hasta que el vino se lo dice por él. Llegó a las siete, con el pelo atado mal y dos bolsos: uno de ropa, uno de lentes. Nos abrazó a los dos al mismo tiempo, un abrazo de esos que no saben repartirse, y sentí su mano abierta en mi espalda más tiempo del necesario. —Feliz aniversario, viejos —dijo—. ¿Puedo fotografiarlos mientras cocinan o eso arruina la magia? —La magia la arruina el merengue mal batido —contesté—. Vos filmá. Cenamos bajo el parral, con estufa a leña y tres botellas que Ivo fue abriendo como quien reparte cartas. Malbec, después un blend, después algo raro de una bodega chiquita de Vistalba que describió con los ojos cerrados: "boca ancha, entra tímido y después se abre". Renata se rió con la copa contra los labios. —¿Estás hablando del vino? —Siempre habla del vino —dije—. Es su forma de hablar de todo lo demás. Hubo un silencio de dos segundos que valió por una hora. Yo controlo todo: los tiempos del horno, la temperatura del chocolate, los plazos de mi cocina, la agenda de mi matrimonio. Lo único que nunca aprendí a controlar es lo que se me mueve entre las piernas cuando alguien me mira demasiado. Y Renata me miraba. Y miraba a Ivo. Y yo, en el medio, estaba caliente desde el postre. Fue él quien se quebró primero, a la cuarta copa, con la voz rasposa. —Tengo que decir algo o me lo voy a tragar toda la noche. —Giró la copa—. Hace meses que pienso en vos, Rena. Y en Marina. En los dos. Juntas. Me da vergüenza y ahí está. Esperé sentir el golpe. El orgullo herido, el frío en el pecho. No vino nada de eso. Vino calor. Vino una humedad estúpida y rápida, y una risa que me salió del estómago. —Diez años esperando que dijeras eso —le dije—. Yo pienso en ella desde marzo. Renata dejó la copa. No se sonrojó; observó. Así es ella: mira antes de actuar, como si estuviera midiendo la luz. —Entonces alguien tiene que poner reglas —dijo—, porque yo llevo años documentando la vida de otra gente y no pienso hacer eso hoy. Las reglas las dicté yo, entre risas nerviosas, con el índice levantado como si estuviera enseñándole a alguien a templar chocolate. Uno: nadie finge. Dos: si alguien dice "pará", se para, sin explicaciones. Tres: esta noche no existe el afuera. Ivo se pasó la mano por la nuca, rojo hasta las orejas, y asintió como un chico. Renata se levantó, agarró la cámara y la apoyó en el borde de la reposera, apuntando a la piscina. —Para la luz —dijo—. Después la apago. No la apagó. Yo la vi, la lucecita roja, y no dije nada. Esa fue mi cuarta regla, la que no dije en voz alta. El agua estaba a treinta y dos grados y el aire a diez; el vapor subía como cortina. Me saqué el vestido de un tirón, sin coquetería, porque la coquetería me da vergüenza y el hambre no. Renata se desnudó lento, mirándome mientras lo hacía, y tenía el cuerpo de alguien que carga equipos: hombros firmes, tetas chicas y altas, una cicatriz vieja en la rodilla. Ivo entró al agua último y se le notaba todo bajo la superficie iluminada. Yo la besé primero. Tenía que ser yo. La agarré de la nuca y le metí la lengua en la boca y ella hizo un ruido bajo, sorprendido, y después me devolvió el beso con una urgencia que no le conocía, mordiéndome el labio, empujándome contra el borde. El agua nos sostenía. Le pasé la mano entre las piernas y estaba caliente distinto al agua, resbalosa de otra manera, y cuando le pasé dos dedos por la raja me clavó las uñas en el hombro. —Ivo —dije, sin dejar de tocarla—. Vení. Se acercó por detrás de ella. Le besó el cuello, el hombro, le tomó las tetas con las dos manos, y yo miré la cara de mi marido descubriendo a otra mujer y no sentí nada parecido a los celos: sentí un tirón brutal en el bajo vientre. Renata quedó entre los dos, mi boca en la suya, la pija de él apoyada contra su culo bajo el agua, y jadeó algo que no era una palabra. —Decilo —le pedí. —Quiero. —Le temblaba la voz—. Quiero los dos. Estoy cansada de mirar. Nos fuimos adentro chorreando, dejando un rastro de agua por el piso de pinotea, riéndonos como ladrones. Tiré tres toallas en la alfombra frente a la estufa y ahí se terminó la risa. Renata me empujó de espaldas y me abrió las piernas con las manos, sin preguntar, y me chupó la concha como si tuviera hambre atrasada. La lengua plana primero, larga, de abajo hacia arriba, y después la punta trabajándome el clítoris en círculos chiquitos y exactos. Yo gritaba. Yo, que en diez años había aprendido a hacer el amor en voz baja para no despertar vecinos, gritaba con la espalda arqueada. Ivo se arrodilló detrás de ella. Le vi la cara buscándome, pidiendo permiso con los ojos. —Cogétela —le dije, y me sorprendió mi propia voz, ronca, mandona—. Fuerte. Se la metió de una y Renata gimió contra mi carne, y esa vibración me hizo ver puntos blancos. Empezaron a moverse los dos: él embistiéndola desde atrás, ella empujada contra mí a cada golpe, la boca resbalándose, los dedos entrando en mí de a dos, después de a tres. Yo le agarré el pelo con las dos manos. Le miré la nuca, los hombros mojados, y arriba de ella la cara de mi marido con la mandíbula apretada y los ojos fijos en mí, en mí, siempre en mí, y me vine así, mirándolo mirándome mientras cogía a otra. Me vine largo, sucio, con las piernas temblando, empapándole la cara. Después la quise a ella entera. La di vuelta, la puse boca arriba, y le devolví todo: le abrí los labios con los pulgares, le chupé el clítoris hinchado, le metí la lengua adentro y le hundí dos dedos curvados hasta que empezó a hablar sola. Ivo se paró al lado de su cabeza y ella giró y se la metió en la boca, hasta el fondo, ahogándose un poco, con una mano en la base. Verla así, mi amiga tragándose a mi marido mientras yo se la comía, me volvió a poner caliente antes de que se me apagara el primer orgasmo. —Me vengo —avisó ella, y se vino a los tres segundos, cerrándose alrededor de mis dedos, con un grito estrangulado por la pija en la boca. Ivo se salió a tiempo. Me miró. —Vení —le dije, y me di vuelta en cuatro patas sobre las toallas—. Terminá en mí. Se me metió despacio primero, después no. Diez años y todavía me conoce el ángulo exacto. Renata se acostó debajo de nosotros, de costado, con la cabeza apoyada en su brazo, mirándonos a diez centímetros, y me pasó dos dedos por el clítoris al ritmo de las embestidas de él, y esa combinación —él adentro, ella afuera, los ojos de ella en los míos— me deshizo. Me vine gritándole a los dos, apretándolo, y él aguantó tres golpes más y se vino adentro con un gruñido que le salió del pecho. Nos quedamos los tres tirados, pegajosos, con la estufa crujiendo. Renata se rió primero. —Dejé la cámara grabando —dijo, con la cara contra mi hombro—. Afuera. No estoy segura de si fue a propósito. Ivo se tapó los ojos con el antebrazo. —Yo lo sabía —admití—. Y no dije nada. —Entonces somos tres cómplices —dijo él, y nos reímos hasta que dolió. A la mañana el sol entró rasante por el parral. Hice café y medialunas de las que no salen bien si uno tiene las manos temblorosas; me salieron perfectas. Ivo apareció con el pelo parado y la camisa mal abotonada y me besó la nuca como todos los domingos de diez años. Renata bajó última, con la cámara en la mano y una expresión de perito. —Hay cuarenta y dos minutos —anunció—. La mitad es la reposera y mi propio culo. —¿Y la otra mitad? Miró la pantalla, después a mí, después a él. —La otra mitad es la mejor cosa que fotografié en mi vida —dijo—. Y no la voy a mostrar a nadie. Le serví café. Ivo abrió una botella a las once de la mañana, porque es un desastre y lo amo. Y yo, que controlo todo, no controlé nada de lo que pasó esa noche y por primera vez en años me sentí exactamente en el lugar donde quería estar.

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