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LA IRRESISTIBLE SEDUCCIÓN DE LA SRA GEORGINA 15

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La madrugada en la casa de Georgina guardaba el eco de la intensa sesión de doble penetración que acababan de vivir en la sala. Con la piel afiebrada y los cuerpos aún impregnados de sudor y fluidos, Yael no tenía la intención de darles tregua. Las guio de la mano hacia la recámara principal, un espacio que ya había perdido cualquier ápice de respeto conyugal para convertirse en el epicentro absoluto de su dominación.

—A la cama. Las dos —ordenó Yael con voz ronca, arrojándose al borde del colchón mientras se despojaba de lo que le quedaba de ropa—. Hoy no van a descansar hasta que me demuestren que la complicidad entre madre e hija es real y total.

Georgina y Karina obedecieron al instante. Se deslizaron sobre las sábanas revueltas, con las mejillas encendidas y la respiración pesada. Yael se inclinó hacia la mesita de noche, tomó el pesado dildo de silicona que habían usado horas antes y se lo tendió directamente a Georgina con una sonrisa calculadora.

—Toma, Gina. Demuéstrale a tu hija cómo se atiende a una mujer cuando el amo está mirando. Méteselo a Karina despacio, quiero ver cada movimiento —mandató Yael, recargándose en el respaldo para disfrutar del espectáculo.

Gina asintió con una mezcla de morbo y obediencia absoluta. Se colocó entre los muslos abiertos de Karina, quien la miraba con los ojos oscurecidos por el deseo. Con manos expertas, Georgina presionó la punta lubricada del juguete contra la entrada de su hija y comenzó a deslizarlo hacia adentro con un ritmo constante y profundo.

Karina soltó un gemido largo y gutural, arqueando la espalda de inmediato.

—¡Sí, mamá... más duro, hazlo como a mí me gusta! —gimió Karina, agarrándose de las sábanas con fuerza mientras sentía las embestidas del dildo guiadas por las manos de su propia madre.

Yael observaba cada detalle con los ojos fijos en la escena, pero quería llevar la transgresión un paso más allá.

—Suficiente con el juguete por ahora... quiero verlas entrelazadas. Pónganse de costado, hagan tijeras y frótense los sexos hasta que se mueran de placer frente a mí —ordenó Yael con voz cortante.

Gina retiró el dildo de inmediato y, siguiendo las órdenes al pie de la letra, se acomodó de lado sobre el colchón. Karina se giró para quedar frente a ella, entrelazando las piernas en una posición de tijera perfecta. Las caderas de ambas mujeres quedaron encajadas, de modo que sus clítoris y labios húmedos chocaban y se friccionaban directamente con cada movimiento.

—Órale, mamá... abrázame fuerte y no me dejes ir —susurró Karina con la voz rota de la emoción.

Georgina la atrajo hacia su cuerpo con fuerza, rodeándole la cintura con un brazo mientras comenzaba a mecer la cadera contra la de su hija. El sonido de los fluidos y la fricción húmeda llenó toda la habitación. Al mismo tiempo, Yael se colocó hincado frente a ellas, estirando su erección firme hacia el rostro de Karina.

—Y tú no te distraigas, Karina. Quiero que tu madre se corra con tus tijeras mientras tú me chupas la verga sin parar —ordenó Yael con tono imperativo.

Karina abrió la boca de inmediato, recibiendo la verga de Yael hasta el fondo con una arcada contenida, empezando a succionar con ritmo desesperado. Al mismo tiempo, las caderas de madre e hija se movían con una coordinación febril; Gina presionaba su clítoris contra el de Karina, buscando el límite de la sensibilidad.

—¡Eso es Gina haz que tu hija se muera en orgasmos mientras me saca el semen! —bramó Yael, agarrando a Karina del cabello negro para marcar el ritmo de las mamadas.

Georgina lanzó un grito agudo y ahogado; el orgasmo la atravesó como una descarga eléctrica, contrayendo las piernas con fuerza sobre el cuerpo de su hija y bañando los muslos de ambas con sus jugos. En ese preciso instante, Karina alcanzó su propio clímax envuelto en espasmos, apretando la boca alrededor de la verga de Yael justo cuando este eyaculaba con fuerza dentro de su garganta, sellando la madrugada en una estampa de sumisión total y perversión sin límites.

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