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Los vecinos nuevos subieron y acabamos teniendo sexo los cuatro

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Desde la ventana de nuestro nuevo departamento, Valparaíso se desplegaba como un lienzo de luces y sombras, salpicado de navíos que bordeaban el puerto. Habíamos decidido mudarnos aquí, a este edificio en la cima del cerro, buscando un cambio de aire que acompañara nuestra rutina ya establecida, casi confortable. Mientras terminaba de acomodar el último baúl de ropa, me detuve un momento, sintiendo cómo la brisa marina se colaba juguetona por el balcón, llevándose consigo cualquier rastro de cajas por desembalar. Mauricio entró por la puerta con una botella de vino, ya abierta, y dos copas en la mano.

—Vamos a brindar, Aitana, por esta nueva etapa —dijo, ofreciéndome una de las copas con esa sonrisa ladeada que siempre lograba despejar cualquier preocupación.

La música latiendo desde el pasillo era una invitación irresistible, y pronto nos encontramos en el cálido bullicio de la fiesta de inauguración. El espacio común del edificio rebosaba de risas y conversaciones superpuestas. Fue entonces cuando lo vimos, al otro lado del salón. Bautista, el vecino del 4B, con su cámara al cuello, observándonos con una mirada que mezclaba curiosidad y algo más que no podía descifrar.

Bautista y nosotros intercambiamos saludos y anécdotas sobre nuestras mudanzas. Entre copas de vino y bromas, la química del grupo pequeño se cocinaba a fuego lento, hasta que Mauricio, con esa habilidad innata para tejer situaciones interesantes, inclinó su rostro hacia mi oído.

—¿Qué piensas de dejar el balcón entreabierto esta noche?

Su propuesta me tomó por sorpresa, y no pude evitar reír nerviosa, escapando del encierro de su mirada directa. Era un juego nuestro, esta danza de sugerencias que a menudo quedaba en lo hipotético. Sin embargo, algo en esa noche, en la cercanía de Bautista y sus miradas furtivas, le confería un nuevo borde a la idea.

—Vamos a divertirnos —insistió Mauricio, presionando su mano brevemente en la base de mi espalda.

Asentí, tal vez más por la intriga que por la confianza: un impulso que empezaba a florecer en mi interior. Regresamos al apartamento mientras el barullo de la fiesta menguaba, y la conversación en el dormitorio se interrumpía solo por las miradas cómplices que intercambiábamos, ambos conscientes de lo que estaba por venir. El balcón quedó entreabierto, como había sugerido Mauricio.

Estábamos en la cama, la luz de la habitación convertida en un juego de sombras cuando sentí la corriente de aire fresco que procedía del balcón. Así, con la ventana conectando con la noche cálida, comencé a desvestirme, sintiendo cómo cada prenda que caía al suelo también despojaba cierto pudor que siempre estuvo presente. Mauricio, a mi lado, me miraba con un brillo juguetón, parte del espectador y parte del conspirador.

Pronto, el borde de mi curiosidad se acercó peligrosamente al abismo del deseo cuando nuestros cuerpos se encontraron en un abrazo que se balanceó entre lo conocido y lo nuevo. Desde el rincón de una esquina, percibí el reflejo de un destello, pequeño, pero insistente. La certeza de que Bautista nos observaba desde su propia ventana hizo que mi piel se erizara en una mezcla de pudor y excitación insospechada.

Con cada caricia, el sentido del tiempo se desvanecía, y me sorprendí deleitándome mucho más de lo que jamás hubiera imaginado. Saber que había unos ojos al otro lado, quizás atentos al vaivén de nuestros movimientos, hacía que mi corazón latiera en un ritmo desenfrenado. Sentí cómo Mauricio se tensaba también, susurros de palabras entrecortadas emergían de su boca, alentándome a liberar cualquier inhibición.

Justo cuando pensaba en cómo se había transformado esta dinámica, un golpe suave en la puerta irrumpió la noche. Me incorporé, rodeándome con una tela sobre los hombros, mientras Mauricio se levantaba sin tapujo alguno para abrir la puerta. Allí estaba Bautista, la cámara colgando como siempre, pero esta vez su mirada era diferente, cargada de preguntas que no se atrevería a verbalizar, o tal vez aún.

Un intercambio de miradas entre los tres, y Bautista entró al apartamento. La excusa de una perspectiva curiosa para sus fotografías fue apenas una máscara tenue para lo que todos realmente sabíamos; el aire estaba cargado de algo que iba más allá de simples formalidades. La cercanía comenzó a borrar cualquier límite que habíamos concebido.

—Creo que hay algo que necesitas captar aquí— dijo Mauricio, en un juego que solo nos incrementaba la adrenalina.

Nos sentamos en el suelo, las luces del puerto reflejando en las paredes, hilando sombras que jugaban a desdibujar líneas entre los cuerpos. Hablar en voz alta se convirtió en un ejercicio de sinceridad, una negociación redefinida por deseos que hasta esa noche solo habían sido insinuaciones.

La conversación fluyó entre preguntas y respuestas, deseos y límites, un baile verbal en el que cada uno expuso, con palabras y gestos, lo que hasta entonces había sido una especulación apenas dejo en silencio. Bautista, paciente y observador, demostró que sus silencios escondían más deseos de lo que había dejado ver en la fiesta.

—Siempre he sentido que la cámara es una extensión de mis ojos, pero ahora... —empezó Bautista antes de que la frase quedara inconclusa, una declaración tácita de su intención de cruzar el umbral hacia algo más significativo.

El amanecer llegaba con una luz que teñía de oro la habitación. Ahí estábamos los tres, frente a frente, con la certeza de que lo que sea que había comenzado aquella noche no era más que un preludio. Aitana, Mauricio, y Bautista: una danza recién estrenada que prometía más en cada mirada sostenida.

Decidimos, sin mucha discusión, dejar el final abierto para explorarlo a su debido tiempo, cuando las noches volviesen a ser tan cálidas y las luces del puerto, tan tentadoras como siempre. El juego podría ahora extenderse a más roles, bajo un acuerdo tácito que requería tan solo una cosa: mantener siempre la puerta, tanto física como metafóricamente, entreabierta para lo inesperado.

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