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Mi marido lo invitó a subir y nos dejó solos en la cama

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El horno todavía irradiaba calor cuando Matías llamó al timbre. Yo tenía las manos manchadas de crema de limón y el pelo recogido con un lápiz, y aun así me miré en el reflejo del microondas antes de abrir. Eso ya me dijo algo. —Traigo vino —dijo él, levantando la botella—. Sé que es como traerle arena a la playa con Luciano en casa. —Es exactamente eso —contestó Luciano desde la terraza—, pero se te perdona por guapo. Cenamos fuera, con las luces bajas y el ruido de Ruzafa subiendo por la calle Cádiz como un murmullo de fondo. Hice arroz porque Matías lo pidió y una tarta de queso con higos porque no sé consolar a nadie de otra manera. Llevaba dos meses separado y se le notaba en la forma de comer: despacio, agradecido, como quien vuelve a una casa. —¿Estás durmiendo? —le pregunté. —Poco. —Se limpió la boca—. Y mal. Lo peor no es echarla de menos. Es que no me echa de menos nadie. Luciano me miró por encima del vaso. Fue una mirada larga, de las que llevábamos meses intercambiando cada vez que el nombre de Matías aparecía. Nuestros mensajes tenían un archivo entero de insinuaciones: *¿te has fijado en cómo te mira las manos?*, *si algún día lo hacemos, sería con él*, *no me pongas nerviosa que estoy trabajando*. Ocho años de matrimonio y una fantasía que solo existía en modo texto. —Nosotros te echamos de menos los jueves —dije, y sonó más íntimo de lo que pretendía. Matías se rió, incómodo y complacido a la vez. Luciano sirvió el postre. Yo noté el sudor bajo el vestido y no era por el horno. Fue Luciano quien lo dijo. Casi a las dos, con la tarta destrozada en el centro de la mesa y la tercera botella abierta, sin preámbulo y con esa voz suya de sommelier explicando una añada: —Matías, llevamos meses tirándote la caña con Ximena. Los dos. De acuerdo y a propósito. Nos gustaría acostarnos contigo esta noche. Los tres. El silencio duró lo que dura una copa temblando. Yo quise matarlo y besarlo. —Vale —dijo Matías despacio—. Tengo que preguntar cosas incómodas. —Por favor —dije yo. —¿Esto es un experimento con público o me deseáis? —Yo te deseo —respondí antes de pensarlo—. Hace meses. No es amable, es cierto. —Yo también —dijo Luciano—. De otra manera. Me pone verla contigo. Y me da un miedo del carajo. —Entonces reglas —dijo Matías, y apoyó los codos en la mesa como si estuviéramos aprobando un presupuesto—. Yo no me enamoro y no rompo casas. Si en algún momento uno de los dos se pone raro, se para. Sin discusión y sin drama. —Ximena manda —añadió Luciano—. Ella dice cómo y cuándo. —Nada de "cariño" conmigo —dijo Matías—. Y nada de comparar después. —Y nadie sale de este apartamento hasta el desayuno —dije yo—. No quiero que esto acabe con una puerta cerrándose. Nos quedamos quietos, los tres, con la sensación absurda de haber firmado algo. Y entonces Luciano me pasó un dedo por la nuca, apartándome el pelo, y yo sentí que el suelo se movía. Matías alargó la mano y la puso sobre mi rodilla desnuda, sin subir, esperando permiso. Le cubrí la mano con la mía y la guié muslo arriba. —Dentro —dije. Nos besamos en el pasillo los tres, torpes, chocando codos, riéndonos. Luciano me desabrochó el vestido mientras Matías me besaba la boca, y era una información nueva y brutal: dos temperaturas, dos maneras. Luciano conocía cada centímetro y jugaba con eso; Matías descubría y por eso iba despacio, tanteando, pasándome la lengua por el labio inferior como si pidiera confirmación de todo. Caí sobre la cama en ropa interior. Luciano se sentó a mi lado, vestido todavía, con las pupilas enormes. —Quiero verte —me dijo al oído—. Quiero ver cómo te corres con él. Fue eso lo que me deshizo. Se lo dije a Matías con las piernas: las abrí. Él me bajó las bragas con los dientes en el elástico y luego con las manos, y me miró un segundo, la boca a un palmo, respirando sobre mí. —Dilo tú —pidió. —Chúpame. Lo hizo con una entrega desordenada, plana la lengua, rodeándome el clítoris en círculos lentos que se cerraban, y después metió dos dedos y los curvó y yo grité en el hombro de mi marido. Luciano me sostenía el pecho con una mano, me pinzaba el pezón, me hablaba en valenciano bajito, cosas guarras y tiernas mezcladas. Me corrí en menos de cinco minutos, agarrada al pelo de Matías, con las caderas subiendo de la cama. —Dios —dije, temblando—. Perdón, no pensaba que tan rápido. —Otra vez —dijo Luciano, y no era una pregunta. Le desabroché el pantalón y me lo metí en la boca allí mismo, de rodillas sobre el colchón, mientras Matías se desnudaba detrás de mí. Luciano estaba durísimo, más de lo que recordaba en años, y me sujetaba la cabeza con las dos manos, guiándome el ritmo. Sentí a Matías abrirme desde atrás con los dedos, comprobando, y luego el roce de la polla en la entrada. —Ximena —dijo—. ¿Puedo? —Con condón. Sí. Ya. Entró de una vez y solté a Luciano para gemir con la garganta libre. Era distinto: más grueso, otro ángulo, otra forma de agarrarme la cintura. Me empujaba con un ritmo insistente, casi respetuoso, y yo empecé a echarme atrás contra él para pedir más. Luciano se apartó un poco. Lo vi de reojo: sentado en el borde, sin tocarse, con la mandíbula tensa. —Luciano —dije. —Estoy bien. —No lo estaba del todo. Se le había puesto la cara de cuando pierde algo—. Sigue. Matías paró en seco. Me sacó, me giró y se sentó sobre los talones. Honesto hasta la incomodidad, como siempre. —Paramos. —No —dijo Luciano—. No es que no quiera. Es que quiero demasiado y me da vergüenza. —Se pasó la mano por la cara—. Me pone verla así y a la vez pienso: nunca la he hecho gemir de esa manera. Las dos cosas al mismo tiempo. Es una mierda de sensación y no quiero que se acabe. Me arrastré hasta él, desnuda, sudada, y le cogí la cara con las dos manos. —Escúchame. Me estoy corriendo con él porque tú estás mirando. ¿Entiendes? Sin ti esto sería sexo. Contigo es esto. —Vale —dijo, y le brillaban los ojos. —Túmbate. Se tumbó. Me senté sobre él y lo metí dentro de mí despacio, mirándolo, y Luciano hizo un ruido que no le había oído nunca. Matías se colocó detrás, de rodillas, y me pasó la lengua por la espalda, me sujetó los pechos, me mordió el hombro. Le busqué la polla por encima del hombro y lo guié hasta mi boca cuando me incliné hacia delante para besar a mi marido. Estuvimos así mucho rato, sin hablar, encajando: yo cabalgando a Luciano, chupando a Matías, sus manos peleándose amablemente por mi culo, por mi cuello, por mi boca. Me corrí dos veces más, la segunda con los dedos de Matías en el clítoris y a Luciano dentro, y fue tan largo y tan feo y tan bueno que me quedé llorando sin motivo, riéndome a la vez. Luciano se vino con un espasmo hondo, agarrándome las caderas hasta dejarme marcas. Matías acabó unos minutos después, sobre mi pecho, con Luciano mirándome cómo me lo repartía con la mano. Amaneció con la persiana a medio subir y la ciudad oliendo a limpio. Nos quedamos los tres en la cama, pegajosos, y luego en la terraza con café y los restos de la tarta comidos directamente de la bandeja con los dedos. —Tengo que decirlo —dijo Matías, en camiseta prestada—. No me he sentido tan deseado en dos años. Y no me he enamorado de nadie. Las dos cosas son verdad. Luciano me miró. Le busqué la mano por debajo de la mesa y se la apreté. —¿Estás entero? —le pregunté. —Más que ayer —dijo—. Me da miedo, pero no roto. —Bebió—. Y quiero repetir. —El jueves que viene hago tarta de chocolate —dije—. Con lo cual, si venís, sabéis a lo que venís. Matías se rió y se recostó, mirando los tejados de Ruzafa. —El jueves —dijo. Nadie dijo qué pasaría el jueves siguiente a ese. Y por primera vez en ocho años, no necesité controlarlo.

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