Nunca más desde el rincón
La niebla subía desde el puerto como si el mar quisiera entrar por la ventana. Yo estaba deshuesando un cordero en la cocina, con las manos brillantes de grasa y romero, y Tomás detrás de mí, apoyado en el marco, mirándome con esa quietud suya de fotógrafo que evalúa la luz antes de decidir nada.
—Repasemos —dijo.
—Ya lo repasamos tres veces.
—Repasémoslo cuatro.
Dejé el cuchillo. Me sequé las manos en el delantal y me di vuelta. Seis años de matrimonio me habían enseñado que cuando Tomás quería repetir algo era porque todavía no se lo creía del todo.
—Uno: cualquiera de los tres dice "para" y se para todo. Sin explicaciones, sin negociar —recité—. Dos: nada de besos en la boca entre Bruno y yo hasta que tú… hasta que tú lo pidas.
—Eso lo puse yo y ya me parece ridículo.
—Lo dejamos igual. Tres: condón siempre. Cuatro: si alguien se siente raro, lo dice en el momento, no al día siguiente ni en tres semanas con cara de mártir.
Tomás sonrió con la mitad de la boca. Se acercó y me puso las manos en la cintura, y sentí su erección contra mi cadera, discreta, todavía teórica.
—¿Estás segura? —le pregunté.
—Llevo cuatro meses hablando de esto contigo en la cama. Se me para cada vez que lo imagino. —Hizo una pausa—. Lo que no sé es cómo se siente cuando deja de ser imaginado.
—Por eso está la regla uno.
Bruno llegó a las nueve con dos botellas de un carignan del Maule y una torpeza encantadora en los hombros. Veintinueve años, manos grandes de barista, esa costumbre de mirarte a los ojos un segundo más de lo necesario. Nos habíamos conocido en una feria gastronómica, habíamos terminado los tres borrachos en un bar de calle Almirante Montt, y desde entonces la idea había ido madurando entre nosotros como una fruta que nadie se atrevía a tocar.
Comimos. Hablamos de vinos, de fotografía, del incendio del cerro. Nadie mencionó nada. Las velas se fueron consumiendo y el ruido del puerto se volvió un latido de fondo, grúas y sirenas lejanas. En algún momento Bruno estiró el brazo para servirme y su antebrazo rozó el mío, y yo sentí ese roce en lugares que no tenían nada que ver con el antebrazo.
—Marina —dijo Tomás desde su silla, con la copa en la mano—. Se te nota.
Me reí, avergonzada, y esa risa rompió la última cáscara.
—Se me nota —admití.
Bruno miró a Tomás. Fue un gesto limpio, casi ceremonioso, un hombre pidiendo permiso sin pedirlo.
—Yo miro un rato —dijo Tomás—. Si les incomoda, digan.
Se levantó y trajo la cámara. Y ahí, con el flash apagado y solo las velas, empezó a fotografiar. Yo escuché el obturador como quien escucha una respiración.
Bruno se sentó a mi lado en el sofá. Olía a café y a lana mojada. Me puso una mano en la nuca y yo cerré los ojos, y cuando su boca bajó a mi cuello sentí un tirón brutal entre las piernas, tan intenso que me asustó. No era curiosidad. Era hambre. Llevaba meses fingiendo, incluso ante mí misma, que esto era un juego intelectual de Tomás. No lo era.
—Tomás —dije, con la voz rota—. Bésame, Bruno. Tomás, dilo.
—Dilo tú —contestó él, y su voz también estaba rota, pero de otra cosa.
—Quiero que me bese.
—Entonces bésala.
Bruno me besó y yo me abrí como una puerta mal cerrada. Le agarré el pelo, me subí a horcajadas encima de él, y el vestido se me trepó hasta la cintura. El obturador seguía sonando, cada vez más seguido, y esa banda sonora me calentaba tanto como las manos de Bruno subiendo por mis muslos.
Nos trasladamos al dormitorio por instinto, tropezando. Tomás encendió la lámpara de sal, esa luz naranja que él siempre decía que era la única luz honesta de la casa, y se sentó en el sillón del rincón con la cámara colgando entre las rodillas.
Bruno me desvistió despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y yo lo desvestí a él con la urgencia de quien no tiene ninguno. Tenía el cuerpo largo, el pecho lampiño, la verga gruesa y ya dura contra mi vientre. Me tendí de espaldas y él bajó besándome el esternón, el ombligo, las caderas, y cuando su lengua me encontró solté un gemido que no reconocí como mío.
—Dios —dijo Tomás, bajito.
Bruno comía sin apuro, alternando la lengua plana y los círculos justo ahí, y me metió dos dedos y los curvó hacia arriba y yo me arqueé y busqué con la mano la de mi marido. Tomás se había acercado. Estaba de rodillas junto a la cama, sin la cámara, mirándome la cara y no lo que pasaba entre mis piernas.
—Estás preciosa —me dijo.
—Tomás, me voy a venir.
—Vente.
Me vine con la boca de Bruno pegada a mí y la mano de Tomás en mi mejilla, temblando entera, con un grito que se debe haber escuchado hasta el ascensor. Cuando abrí los ojos, mi marido tenía los suyos húmedos y estaba sonriendo como un idiota feliz.
Después fue caos. Buen caos. Le abrí el cierre del pantalón a Tomás y me lo metí en la boca mientras Bruno se ponía el condón y me penetraba por atrás, de un empujón que me hizo tragar hasta la base. Bruno cogía con una mano en mi cadera y otra en mi hombro, contenido al principio, midiendo, hasta que le dije "más fuerte, por favor" y dejó de medir. La cama golpeaba la muralla. Yo tenía la verga de mi marido en la garganta y la de otro hombre partiéndome, y no había nada en mi cabeza salvo una claridad blanca y absoluta.
—Mírame —dijo Tomás, y me sacó el pelo de la cara para verme mejor—. Mírame mientras te coge.
Lo miré. Me vine otra vez así, con los ojos abiertos en los suyos.
Cambiamos. Me senté sobre Tomás, de frente, y Bruno se quedó atrás besándome la espalda y los hombros, apretándome los pechos desde atrás, mordiéndome la oreja, y esa sensación de estar rodeada, sostenida por cuatro manos, era algo que no había sabido nombrar hasta esa noche. Tomás me embestía desde abajo con una fuerza que hacía años no le sentía. Bruno se masturbaba pegado a mi espalda, apurado, y se vino sobre mis lumbares con un gruñido ronco, y Tomás, al escucharlo, se vino dentro de mí en tres golpes secos, mordiéndome la clavícula.
Quedamos los tres tirados, respirando como corredores. Alguien se rió. Creo que fui yo.
Y entonces, en la calma, lo sentí. Tomás se levantó, se puso los pantalones y salió al balcón.
Bruno me miró.
—Ándate un momento —le dije—. No: quédate. Espera acá. Ya vuelvo.
Salí envuelta en una sábana. El aire del otoño estaba helado y olía a sal y a diésel. Tomás fumaba, cosa que no hacía desde 2019.
—Regla cuatro —dije—. En el momento, no en tres semanas.
Él se demoró en contestar.
—Cuando le pediste que te besara —dijo—, no lo pediste como un permiso. Lo pediste como quien pide agua. —Se pasó la mano por la cara—. Y me encantó. Y me dio terror. Las dos cosas al mismo tiempo, Marina, y no sé cómo se ordena eso.
—No se ordena. Se dice.
—Ya lo dije.
—Falta la otra mitad. —Le saqué el cigarro de la mano y lo apagué—. La otra mitad es que en toda la noche no dejé de buscarte. Cada vez que me vine, te estaba mirando a ti. Bruno es delicioso y no es mi vida. Tú eres mi vida.
Tomás soltó el aire por la nariz, como si hubiera estado aguantándolo desde las nueve.
Volvimos adentro. Bruno se había puesto los boxers y estaba sentado al borde de la cama, con las manos cruzadas, muy serio.
—Escuché algo —dijo—. Si esto los complica, me visto y me voy ahora y no pasó nada. Yo no vine a romper nada de ustedes.
—No estás rompiendo nada —dijo Tomás—. Estás… iluminando cosas. Es distinto. —Se sentó al lado de él, y fue rarísimo y hermoso ver a mi marido apoyarle una mano en el hombro a ese hombre—. Necesito una regla nueva.
—Dila —dijo Bruno.
—Cuando ella te bese, yo quiero estar tocándola. No mirando desde el rincón. Adentro.
Bruno asintió despacio.
—Me parece justa.
Nos dormimos los tres, con Bruno de espaldas al borde, prudente hasta en el sueño. Se fue al amanecer, cuando el cerro empezaba a teñirse de ese rosado sucio que tiene Valparaíso a las siete. Me besó la frente, le dio la mano a Tomás, dijo "gracias" con una sinceridad que me apretó el pecho, y cerró la puerta con cuidado.
Volví a la cama. Tomás me abrazó por detrás y hundió la nariz en mi pelo.
—¿Otra vez? —preguntó.
—Otra vez —dije—. Pero desde adentro. Nunca más desde el rincón.
—Nunca más desde el rincón —repitió.
Afuera, el puerto empezaba a hacer ruido.
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