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Puse un tercer plato y esa noche hicimos el amor los tres

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El pescado llevaba cuarenta minutos en la marinada de limón y ajo cuando empecé a mirar el reloj como una adolescente. Afuera, el faro giraba su haz sobre el agua negra y el mar reventaba contra las rocas con esa insistencia que hace pensar en cosas inevitables. Puse velas en la mesa. Tres platos, aunque Daniel todavía no lo sabía. Diez años. Diez años de conocer el ruido que hace su respiración cuando se está quedando dormido, de cocinarle los domingos, de discutir por la hipoteca y reconciliarnos contra la puerta del baño. Diez años y una confesión que me venía quemando desde hacía cuatro meses: una noche de vino en la terraza, él con la mirada fija en el vaso, diciendo *me gustaría verte con otro. Solo verte. No tocar, no meterme. Verte.* Y después, inmediatamente, *olvidalo, dije una tontería*. No lo olvidé. —Huele increíble —dijo, apareciendo con el pelo húmedo de la ducha, oliendo a jabón y a él—. ¿Por qué tres platos? Golpearon la puerta. Lo vi entender. Fue rápido y fue lento a la vez: Daniel abrió, Xavier estaba ahí con una botella de vino blanco y su campera de lona, el pelo revuelto de instructor de vela, esa cara de tipo que no pide perdón por existir. Y Daniel se quedó con la mano en el picaporte tres segundos largos, y en esos tres segundos yo supe que había apostado todo mi aniversario a una sola carta. —Hola —dijo Xavier, tranquilo—. Manuela me invitó. Si es mal momento, me voy ahora y no pasa nada. Daniel se giró hacia mí. No había enojo en su cara. Había algo más desnudo: miedo de sí mismo. —Pasá —dijo. Comimos. Fue raro y fue delicioso. Xavier hablaba de una regata donde se le rompió el timón, Daniel preguntaba con esa cortesía suya de arquitecto que ordena todo, y yo sentía el vino subiéndome por las orejas. Después nos sentamos frente al fuego, y ahí lo dije, porque si no lo decía yo no lo iba a decir nadie. —Lo que hablamos en la terraza. Lo pensé cada día desde entonces. Daniel se pasó la mano por la boca. —Manuela, yo dije eso borracho. —Dijiste eso *cierto*. Distinto es tener miedo. Silencio. El mar afuera. Xavier se recostó en el sillón, las palmas abiertas sobre las rodillas, sin apuro. —Reglas —dijo—. Yo necesito reglas o no hago nada. Y necesito que las diga él. Daniel lo mira. Yo veo cómo se le mueve la garganta. —Yo miro —dijo por fin, ronco—. No participo. Si digo *pará*, se para. Sin preguntas, sin negociar. —Perfecto —dijo Xavier. —Y no la besás en la boca al final. —Daniel soltó una risa corta, avergonzada—. Es una estupidez. Pero es mi mujer. —No es una estupidez —dijo Xavier—. Es un límite. Lo respeto. —¿Y yo? —dije—. Yo pongo uno: no te vas de la habitación, Daniel. Si esto pasa, pasa con vos acá. Yo necesito tus ojos. Toda la noche. Él asintió despacio. Y en su cara, por primera vez en diez años, vi el deseo sin la culpa encima. Nunca lo voy a olvidar. Me levanté y me paré delante de Xavier. Le tomé la mano y la puse en mi cintura, sobre el vestido, y la sentí grande y caliente a través de la tela. Sabía exactamente dónde estaba sentado Daniel: el sillón de cuero, a dos metros, en el ángulo donde la luz de las velas le llegaba a las rodillas. Xavier me besó el hueco de la clavícula primero. Después el cuello, sin apuro, con esa boca que sabía lo que hacía, y yo se me arqueé sola. Me bajó el cierre del vestido con una mano mientras con la otra me sostenía la nuca. El vestido cayó. Quedé en ropa interior negra, la que había elegido esa mañana pensando en este momento exacto, y sentí el aire fresco de la casa y la mirada de mi marido como dos temperaturas distintas sobre la piel. —Miralo —le dije a Xavier—. Mientras me tocás, miralo a él. Xavier giró la cabeza hacia el sillón sin dejar de recorrerme el vientre con los dedos, y bajó la mano dentro de mi bombacha, y yo lo escuché a Daniel soltar el aire de golpe cuando Xavier me abrió con dos dedos y encontró lo empapada que estaba. Gemí antes de decidir gemir. —Está mojadísima —dijo Xavier, hacia el sillón, y hubo algo en escuchar a otro hombre informarle a mi marido sobre mi cuerpo que me hizo temblar las rodillas. —Sé cómo se pone —dijo Daniel. Y después, más bajo—: Ponela contra la mesa. Quiero verle la cara. Xavier me llevó de la cintura hasta el borde de la mesa, corrió los platos con el antebrazo, y me sentó ahí. Me arrancó la bombacha por los tobillos. Se arrodilló y me abrió las piernas con los pulgares, y su boca fue directa, sin ceremonias, la lengua ancha y plana subiendo hasta el clítoris y quedándose ahí, girando. Me agarré del borde de la madera. Busqué a Daniel con los ojos. Estaba inclinado hacia adelante, los codos en las rodillas, con la mano abierta sobre su propia erección por encima del pantalón, sin moverla, como si tocarse fuera romper una regla que él mismo se había puesto. Y me mirabaven la cara. Solo la cara. Como si mi placer fuera un texto que estaba leyendo por primera vez. —No cierres los ojos —me dijo—. Quiero verte todo. No los cerré. Me vine así, con la lengua de Xavier haciendo círculos apretados y los ojos clavados en mi marido, y el grito me salió tan agudo que me sorprendió a mí misma; las piernas se me cerraron alrededor de la cabeza de Xavier y todavía temblaba cuando él se enderezó, la boca brillándole, y se limpió con el dorso de la mano. —Sacate la ropa —le dijo Daniel. Xavier se sacó el buzo, el pantalón, todo, sin apuro y sin exhibirse, y estaba duro, más grueso que Daniel, y yo lo dije en voz alta porque en esa casa esa noche no se podía mentir: —Es más gruesa que la tuya. Daniel cerró los ojos un instante, como si le hubieran pegado en un lugar dulce. —Decime cómo se siente —dijo—. Cuando entre. Decímelo. Xavier me dio la vuelta contra la mesa. Me apoyé de codos, la cara girada hacia el sillón, y sentí la punta abriéndome despacio, esperando, y después el empuje entero, lento, hasta el fondo, y el sonido que hice fue un animal. —Es… es mucho —le dije a Daniel, entrecortado—. Me llena. Me llena entera, Daniel, mirá cómo… Xavier empezó a moverse. Sostenido, profundo, una mano en mi hombro y otra en mi cadera, encontrando un ángulo que me raspaba por dentro justo donde yo nunca sé pedir. La mesa golpeaba contra la pared en un ritmo obsceno. Las velas bailaban. Afuera el faro barría el vidrio cada quince segundos y por un instante nos iluminaba a los tres. Daniel se paró. Vino hasta quedar a un metro, de pie, mirando desde arriba el lugar donde Xavier entraba y salía de mí, y se abrió el pantalón y se sacó la pija y empezó a masturbarse, despacio, sin tocarme. —Más fuerte —le ordenó a Xavier—. Ella puede más. Y Xavier obedeció, y yo grité, y grité el nombre de mi marido, no el de Xavier, y eso lo desarmó a Daniel: se le fue la respiración, el puño se le apretó. —Ponela arriba —dijo—. Quiero verle las tetas moviéndose. Xavier se sentó en la silla y yo me monté encima, de frente a Daniel, hundiéndome de a poco con las manos en los hombros de Xavier. Empecé a moverme. Daniel quedó parado delante de mí, tan cerca que le sentía el olor, y le busqué la mano y me la llevé a la boca y le chupé los dedos mientras cabalgaba a otro hombre, y él me dejó, y eso fue lo más íntimo que hicimos en diez años. —Te amo —le dije con los dedos en la lengua. —Te veo —contestó él, y era lo mismo. Me vine por segunda vez con Xavier apretándome las caderas hacia abajo, y Xavier avisó, y yo dije *afuera*, y él salió y terminó sobre mi vientre y mis muslos con un gruñido corto, y Daniel lo vio todo, cada gota, y se vino él también, ahí de pie, sobre mi pecho, temblando entero como un chico. Xavier se vistió veinte minutos después. Nos abrazó a los dos en la puerta, uno a uno, y le dijo a Daniel algo en voz baja que no escuché y que Daniel me contó recién a la mañana: *tenés una suerte enorme y ella lo hizo por vos*. Después nos quedamos solos con el fuego bajo y el mar y el olor a cera. Daniel me llevó a la ducha, me lavó el pelo con las manos torpes, me secó, me acostó. Se metió en mí sin decir nada, de frente, despacio, mirándome a diez centímetros, y esa vez no había nadie más y sin embargo estábamos los tres: nosotros dos y lo que ya sabíamos el uno del otro. —Gracias —dijo, cuando terminó, con la cara en mi cuello. —Feliz aniversario —dije yo. El faro giró otra vez y nos encontró dormidos.

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