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Bruno llega a las nueve

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La suite 402 olía a madera encerada y al jazmín que alguien había dejado en un florero junto a la ventana. Rosario se extendía abajo, el río ancho y negro con las luces de la costanera temblando encima como si fueran a apagarse. Diego dejó la valija, se aflojó el nudo de la corbata y dijo, sin darse vuelta: —Pedí que suban el Malbec del noventa y ocho. Ocho años, un vino de ocho años. Me pareció simétrico. Yo estaba parada contra el marco del baño, todavía con el tapado puesto, calculando cómo decirlo. Llevaba meses posponiéndolo. Habíamos hablado de la fantasía en la cama, a oscuras, con esa impunidad que da la oscuridad, y siempre terminaba conmigo acabando y él riéndose y los dos fingiendo que era solo un juego de palabras. —Diego. Bruno llega a las nueve. Se dio vuelta despacio. Le vi la cara hacer ese trabajo que conozco de memoria: procesar, ordenar, buscar la lógica que le permitiera no gritar. —¿Bruno nuestro Bruno? —Le escribí el martes. No te dije porque sabía que ibas a decir que sí para no decepcionarme y después ibas a estar tres días con dolor de estómago. Prefería que lo tuvieras encima, sin salida. —Eso es una manipulación bastante elegante. —Soy repostera. Todo lo que hago es elegante y lleva azúcar. No se rió. Se sirvió agua. Le temblaba apenas la mano y eso me dio un tirón en el estómago, mitad culpa, mitad algo peor: excitación. Porque cuando Diego se pone así, cuando le tiembla el control, es cuando más lo deseo. —Podés decir que no —dije—. Lo llamo y lo cancelo. Se quedó mirando el río un rato largo. —No —dijo—. Quiero verte. Bruno llegó a las nueve y cuarto con una botella de espumante que nadie iba a tomar y esa manera suya de mirarme como si estuviera midiendo la luz sobre mi cara. Nos sentamos los tres a la mesa que habían armado junto al ventanal. Cordero, papas, el Malbec. Diego sirvió y habló del vino como habla siempre, con esa precisión de cura. —Tiene taninos cansados —dijo—. Todavía aguantan, pero saben que ya no mandan. —Igual está buenísimo —dijo Bruno. —Está mejor que nunca. Eso es lo que quiero decir. Bruno bajó la vista al plato. Yo le puse una mano en el antebrazo para pasarle la sal y sentí el músculo endurecerse bajo mi palma. Nadie dijo nada durante cuatro segundos y esos cuatro segundos fueron más obscenos que cualquier cosa que pasó después. —Renata —dijo Diego, y dejó la copa—. Decile vos. —Decile vos —le devolví. Diego se recostó en la silla. Tenía las orejas rojas. —Reglas. Yo miro. Vos podés tocar solo lo que ella te habilite, cuando te lo habilite, y me lo vas a preguntar mirándome a mí. No la besás en la boca. Si yo digo basta, es basta, y no hay discusión, y mañana desayunamos los tres como si nada. ¿Estamos? Bruno tardó en contestar. Después dijo, muy tranquilo: —Estamos. Pero quiero decir una cosa antes: yo no vine por curiosidad. —Ya sé por qué viniste —dijo Diego—. Hace cuatro años que sé por qué venís a todos lados. Me levanté. Sentí las piernas raras, livianas. Caminé hasta el centro de la habitación, donde la lámpara de pie tiraba un cono de luz tibia sobre la alfombra, y me saqué los zapatos. —Quiero que me miren —dije—. Los dos. Un rato largo. Sin tocarme. Me bajé el cierre del vestido despacio, sintiendo cada diente ceder. La tela cayó y quedé en ropa interior negra, la que había elegido hacía dos semanas pensando exactamente en este minuto. Diego me miraba desde la silla con las manos abiertas sobre las rodillas. Bruno se había quedado inmóvil como si moverse fuera a romper algo. —Sacate el corpiño —dijo Diego, y la voz le salió rota. Lo hice. El aire de la habitación me tocó los pezones y se me pusieron duros al instante y vi a Bruno tragar saliva. Me senté en el borde de la cama, abrí las piernas y me deslicé la mano dentro de la bombacha. Estaba empapada. Hacía dos horas que estaba empapada, desde que Diego dijo *quiero verte*. —Contame lo que ves —le pedí a mi marido. —Veo que te gusta que él te vea —dijo Diego—. Veo que tenés la cara que ponés cuando estás por acabar y todavía ni empezaste. Me corrí la bombacha a un costado para que quedara todo expuesto, los dedos moviéndose en círculos sobre el clítoris, los muslos abiertos, la respiración partiéndose. Bruno tenía las manos agarradas al borde de la silla, los nudillos blancos, y el bulto en el pantalón era imposible de ignorar. —Bruno —dije—. Vení. Él miró a Diego. Diego asintió una vez, apenas. Se arrodilló en la alfombra entre mis piernas sin tocarme, tan cerca que le sentía el aliento. Le tomé la muñeca y le puse la mano sobre mi pecho. Cerró los dedos y gimió él, no yo. —La boca —dije. —¿Puedo? —preguntó, y lo preguntó mirando a Diego, como se había pactado. —Sí —dijo Diego. Bruno bajó y me lamió. Se me escapó un grito que no reconocí. Tenía la lengua ancha y paciente, subía desde la entrada hasta el clítoris en pasadas lentas que me hacían arquear la espalda, y yo lo agarré del pelo y lo apreté contra mí. Por encima de su cabeza busqué a Diego. Se había abierto el pantalón y se la estaba tocando despacio, la mandíbula tensa, sin sacarme los ojos de encima ni un segundo. Eso fue lo que me terminó de romper: no la lengua de Bruno sino la cara de mi marido mirándome mientras otro me comía. Acabé así, temblando, apretándole la cabeza a Bruno con los muslos hasta que él tuvo que empujar para respirar. —Diego —jadeé—. Vení acá. Vino. Se paró al costado de la cama y se la puse en la boca de una, hasta el fondo, con las ganas que tenía. Él me sostuvo la nuca con las dos manos. Y mientras yo lo chupaba, sentí a Bruno separarme más las piernas y meterme dos dedos, curvándolos, buscando el punto exacto, y no sé cuál de los dos gimió más fuerte. —Cogémela —le dijo Diego, sin sacármela de la boca—. Con forro. Y ella arriba. Bruno se desvistió en tres movimientos. Me monté sobre él y me lo metí despacio, sintiendo cómo me abría, y me quedé quieta unos segundos solo para escucharlo respirar debajo de mí. Después empecé a moverme. Diego se sentó atrás mío en la cama, me pasó un brazo por el pecho, me agarró la garganta con esa mano suya que sabe exactamente cuánta presión, y me habló al oído mientras yo cabalgaba a otro hombre. —Mirá cómo te mira. Mirá cómo tiembla. Vos hacés eso, Renata. Vos. Vine otra vez, con la mano de mi marido en el cuello y las caderas de Bruno subiendo a mi encuentro. Y fue justo ahí, justo en el segundo en que yo caía hacia adelante con la boca abierta contra su hombro, que Bruno dijo: —Te amo. Renata, te amo, hace años que… El silencio que vino después fue como si alguien hubiera abierto una ventana en invierno. Me quedé quieta. Sentí a Diego soltarme la garganta. Bruno cerró los ojos y se tapó la cara con el antebrazo. —Perdón —dijo—. Perdón. Se me escapó. Me bajé de él con un cuidado ridículo, como si estuviéramos desarmando algo frágil. Me senté en la cama, desnuda, con las rodillas contra el pecho. —Bruno. —No hace falta que digas nada. —Sí hace falta. —Le busqué la mano y se la apreté—. Yo te quiero. De verdad. Pero no soy tuya y no voy a serlo nunca. Y si esto que pasó hoy no te alcanza para cerrar algo, entonces no me lo pidas otra vez, porque te voy a decir que no y te voy a lastimar peor. Bruno se rió sin ganas, con los ojos húmedos. —Vine sabiendo que era una sola noche. Lo que no sabía era que iba a doler igual. Diego, que había estado callado todo ese tiempo, le alcanzó la ropa. No con desprecio. Con una especie de solidaridad tremenda, de hombre a hombre. —Te agradezco —dijo—. En serio. Y ahora andate. Bruno se vistió. En la puerta se dio vuelta, me miró una última vez con esa manera de fotógrafo, como guardándome, y se fue. Diego cerró con llave. Se volvió hacia mí y por primera vez en toda la noche no había ningún cálculo en su cara. —¿Estás bien? —Estoy bien. Vení. Me cogió despacio, de frente, mirándome a los ojos, sin apuro, con las manos entrelazadas a las mías contra la almohada. No hubo reglas ni permisos ni público. Acabé por tercera vez con la boca contra su cuello y él acabó adentro mío diciendo mi nombre como si lo estuviera aprendiendo de nuevo. Después nos quedamos ahí, pegoteados, escuchando el río que no se escucha. —Ocho años —dijo. —Taninos cansados —dije. —Mejor que nunca —corrigió, y me besó la sien.

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