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Reglas claras antes de la medianoche

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El río se veía negro desde la ventana del restaurante, con las luces del puente colgando encima como un collar barato y hermoso. Nico me servía vino y yo no podía dejar de mirarle las manos. —Estás nerviosa —dijo. —Estoy excitada. Es distinto. —Es lo mismo con mejor prensa. Nos reímos. Ocho años y todavía me hace reír así, con el chiste que llega medio segundo antes de que yo lo piense. Habíamos elegido Rosario porque acá nos habíamos escapado el primer fin de semana, cuando yo todavía no sabía si esto iba a durar tres meses o toda la vida. Y habíamos elegido esta noche porque hacía meses que la fantasía nos venía comiendo la cama: yo con otro, él mirando, la voz de Nico contra mi oreja describiéndome lo que veía mientras me hacía acabar. —Todavía podemos no hacerlo —dijo, y no era una advertencia, era un regalo. Siempre me deja la puerta abierta. —Ya sé. —Le agarré la muñeca—. Nico, ¿y si te gusta demasiado? Levantó las cejas. —¿Verme con él. Y si te das cuenta de que te gusta más mirarme que tenerme. Él dejó la copa. Se tomó su tiempo, como hace siempre cuando algo le importa. —Val, me gusta mirarte porque sos vos. Si fuera otra mina no me interesaría. Yo lo que quiero es verte la cara cuando se te va la cabeza. Esa cara la conozco yo. Bruno escribió a las once y media: *Estoy abajo. Sin apuro.* Le mostré la pantalla a Nico. Él pidió la cuenta. En la habitación había una lámpara de pie que tirábamos siempre hacia el rincón, la ventana entreabierta y el murmullo de la ciudad entrando en olas: una moto, una risa lejana, el colectivo de la esquina. Bruno llegó con una botella y esa forma de pararse que tienen los fotógrafos, midiendo la luz antes que a la gente. Veintinueve años, hombros anchos, la barba corta. —Bueno —dijo, dejando la botella—. Antes de cualquier cosa, ¿reglas? Nico se sirvió whisky. —Preservativo siempre. Sin fotos, obvio. —Obvio —dijo Bruno—. Guardé el celular en el auto, de hecho. —Eso es casi romántico —dije yo, y me tembló un poco la voz. —Y si Valeria dice basta, es basta —siguió Nico—. Aunque esté a la mitad de algo. Aunque yo esté a la mitad de algo. —Y si vos decís basta —le contestó Bruno, mirándolo derecho—, también. Se hizo un silencio raro, de tres personas descubriendo que la cosa iba en serio. Me reí sin querer, una risa de nervios que me salió chillona, y los dos se rieron atrás de mí, y ahí se rompió el hielo. Bruno se sentó en el borde de la cama. Yo estaba parada entre él y Nico, en el medio exacto de mi propia fantasía, con el vestido puesto y las piernas hechas de agua. —Vení —dijo Bruno. Fui. Me abrió las rodillas con las suyas y me besó despacio, sin manos, solo la boca, y esa paciencia me desarmó más que cualquier apuro. Cuando le agarré la nuca escuché el crujido del sillón: Nico se había sentado, el vaso apoyado en la rodilla, mirando. Sentirlo ahí me encendió de una manera que no supe explicar ni después. Bruno me bajó el cierre del vestido con una mano y con la otra me sostuvo la espalda para que no me cayera. El vestido quedó en el piso. Me besó el cuello, la clavícula, me mordió apenas arriba del corpiño y yo miré a Nico por encima de la cabeza de él. Tenía los ojos enormes. —Seguí —dijo Nico, ronco. Bruno me desabrochó el corpiño, me tomó un pecho entero con la boca y yo gemí más fuerte de lo que hubiese querido. Me empujó hacia la cama, me sacó la bombacha tirando despacio, y cuando me abrió las piernas y bajó, hubo un segundo, uno solo, en que todo se me vino encima. Me incorporé sobre los codos. —Pará. Pará un segundo. Bruno paró en el acto. Se sentó sobre los talones, las manos levantadas, tranquilo. —Todo bien —dijo—. Tomate el tiempo que quieras. Yo busqué a Nico. Estaba ahí, inclinado hacia adelante, y no había en su cara nada de lo que yo había temido durante meses. Ni rencor, ni esa sombra de dueño. Había hambre. Había orgullo. Me miraba como me miró la noche que le dije que sí, que me mudaba con él. —¿Estás bien? —me preguntó. —Necesitaba verte —dije. —Estoy acá. —Se levantó, se arrodilló al lado de la cama, me corrió el pelo de la cara y me besó, y con la boca todavía pegada a la mía dijo—: Sos lo más lindo que vi en mi vida. Dejate. Y me dejé. Bruno volvió a bajar y esta vez me abrí sola. Tenía la lengua ancha, lenta, y sabía exactamente cuándo apretar y cuándo dejarme respirar. Nico me sostenía la mano y me hablaba al oído: *mirá cómo te chupa, mirá cómo te movés, estás empapada, Val*. Le clavé las uñas. Con la otra mano le agarré el pelo a Bruno y lo apreté contra mí y acabé casi enseguida, de golpe, un orgasmo corto y furioso que me dobló en la cama. —Dios —dije, riéndome, temblando—. Dios. Bruno subió, con la boca brillante, y Nico lo miró y algo pasó entre ellos, un acuerdo de hombres que no me excluía sino que me ponía en el centro. Me arrodillé en el borde del colchón. Le desabroché el jean a Bruno y se la saqué, gruesa, caliente, y me la metí en la boca mientras Nico, atrás mío, se sacaba la camisa. Sentí sus manos en mis caderas, sus dedos entrando en mí, y gemí alrededor de Bruno con la garganta llena. Escuchaba a Nico respirar como cuando está por perder el control. —Cogémela vos —le dijo Bruno—. Yo espero. —No —contesté yo, sacándomela de la boca—. Los quiero a los dos. Nico se puso el preservativo y me penetró de una, de atrás, agarrándome del pelo, y yo volví a bajar la cabeza sobre Bruno. Cada empujón de Nico me hundía la boca más adentro. La habitación se llenó de un sonido animal, carne contra carne, mi propia voz ahogada, el ruido de la ciudad allá afuera como si el mundo siguiera igual. Bruno me acariciaba la mejilla con el pulgar, cuidándome, aflojando cuando me faltaba el aire. Después me di vuelta. Nico se sentó contra el respaldo y yo me subí encima de él de frente, ensartándome despacio, apoyándole la frente en la frente. —Te amo —le dije, y era literal, era la cosa más literal que dije en mi vida. —Yo también, mi amor. Ahora dejalo entrar. Bruno se puso el forro y se acomodó atrás mío. Me pasó la mano por la espalda, la lengua entre los omóplatos, y yo apoyé el pecho contra el de Nico y me abrí. Entró en mi boca no, entró en mí junto con él, apretados los dos, y grité contra el cuello de Nico. Fue demasiado y fue exacto. Empezaron a moverse desacompasados y después encontraron el ritmo, uno entrando cuando el otro salía, y yo dejé de pensar. Dejé de tener apellido. Nico me sostenía la cara con las dos manos para verme. —Ahí está —decía—. Ahí está mi mujer. Acabé por segunda vez, larga, retorciéndome, y no paré. Bruno se vino atrás mío con un gruñido corto, apretándome las caderas hasta dejarme marcas, y Nico duró dos minutos más solamente porque quiso, porque me miraba, y cuando se dejó ir me abrazó tan fuerte que me sacó el aire. Quedamos los tres tirados, sudados, respirando en desorden. Bruno se rió primero. —¿Alguien quiere agua? —Sos un caballero —dijo Nico, y le tiró una almohada. Nos quedamos hablando hasta que empezó a aclarar. De fotografía, del río, de una banda que a Bruno le gusta y a mí no. Yo desnuda entre dos hombres desnudos, comiendo maníes de un frasco del minibar, con una naturalidad que me daba risa. Bruno se vistió cuando la ventana se puso gris. Me besó en la boca, tranquilo, y le dio la mano a Nico. —Gracias por invitarme. Y por confiar. —Gracias a vos por respetar todo —dijo Nico. —Si alguna vez repiten —dijo Bruno desde la puerta—, ya saben. Cuando se cerró la puerta, Nico me abrazó por atrás. Yo miré el río, que a esa hora se había puesto color plata sucia, hermoso igual. —¿Estás bien? —me preguntó. —Estoy mejor que bien. —Me di vuelta—. Tenía miedo de que verme con él te alejara. —Val. —Me apretó la cara con las dos manos, como recién—. Nunca en la vida te deseé tanto como esta noche. —Entonces lo repetimos. —Feliz aniversario —dijo, y me llevó otra vez a la cama.

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En #trio

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