El nombre que dije un martes
La mesa estaba puesta desde las siete y yo seguía cambiando las velas de lugar. Tomás me miraba desde la cocina con el repasador al hombro, ese gesto suyo de ingeniero que calcula cargas.
—Repasame las reglas —dijo, y sonaba a broma pero no lo era del todo.
—Uno: nada pasa si yo no lo digo en voz alta. —Acomodé la última vela—. Dos: vos podés parar la noche cuando quieras, con una palabra, sin explicar nada.
—Tres —siguió él—: nadie se enamora.
—Esa la inventaste vos ahora.
—Sí. —Se acercó, me tomó la cara con las dos manos. Tenía los dedos tibios y olía a romero—. Pero la firmo igual.
Diez años. Diez años y esta idea que empezó como una fantasía murmurada en la oscuridad, entre risas, y que después volvió, y volvió, hasta que un martes cualquiera le dije el nombre: Ezequiel. Y Tomás no se puso pálido. Se puso curioso. Así maneja él el miedo: lo convierte en preguntas.
Ezequiel llegó a las nueve con una botella de malbec y esa manera suya de ocupar poco espacio. Fotógrafo, veintinueve, la misma calma insoportable de cuando compartíamos el taller de tipografía en la facultad y me miraba trabajar sin decir una palabra durante cuarenta minutos.
—Doce pisos —dijo, asomándose al balcón—. Se ve el río.
—Se ve todo —contesté.
Comimos. Tomás sirvió, contó la anécdota del puente que casi diseña mal, Ezequiel se rió con los hombros. Hablamos de la facultad: del profesor que dormía en clase, de la noche en que nos quedamos encerrados en el laboratorio de fotografía revelando hasta las cuatro de la mañana.
—Esa noche —dijo Ezequiel, girando la copa— estuve a punto de besarte.
Tomás no se movió. Yo sentí el calor subirme por el cuello.
—Lo sé —dije.
—¿Lo sabías?
—Estuve dos horas esperando.
Se hizo un silencio de esos que tienen textura. Tomás dejó los cubiertos, se limpió la boca con la servilleta, y habló con una tranquilidad que me enamoró de nuevo:
—Marina y yo hablamos mucho antes de invitarte. Quiero que sepas exactamente qué es esto. Ella quiere cerrar algo. Yo quiero mirar. Vos podés decir que no en cualquier momento, igual que nosotros.
Ezequiel lo miró largo. Después me miró a mí.
—Necesito que me lo pidas vos —me dijo—. Con palabras.
Ahí entendí por qué había esperado diez años. Este hombre no avanzaba un centímetro sin permiso.
—Te estoy pidiendo que me beses —dije—. Acá, ahora, con mi marido en la sala.
Tomás se levantó, agarró su copa y se sentó en el sillón de una plaza, contra la pared, a tres metros. Cruzó las piernas. No dijo nada. Solo asintió una vez, hacia mí.
Ezequiel se paró y vino hasta mi silla. Me apartó el pelo del cuello con dos dedos, despacio, como si estuviera encuadrando. Su boca tocó la mía y fue lento, terriblemente lento, y yo escuché mi propia respiración quebrarse. Diez años comprimidos en un beso.
—Más —dije contra su boca—. Podés tocarme arriba del vestido.
Sus manos bajaron por mis costillas, me tomaron de la cintura, me levantaron de la silla. Me besó la mandíbula, el cuello, y yo abrí los ojos para buscar a Tomás. Estaba ahí, inclinado hacia adelante, los codos en las rodillas, la copa olvidada en el piso. No había miedo en su cara. Había hambre.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Estoy más que bien —dijo, con la voz ronca—. Seguí.
—Bajame el cierre —le dije a Ezequiel.
El vestido cayó al piso con un sonido de nada. Quedé en ropa interior negra, descalza, entre dos hombres, y el aire del balcón entró tibio y me erizó la piel entera.
Ezequiel se arrodilló. Me besó el vientre, la cadera, el interior del muslo, y ahí se detuvo, esperando.
—Sacámela —dije—. Y usá la boca.
Bajó la bombacha por mis piernas, me hizo abrir un poco más, y cuando su lengua me tocó tuve que agarrarme del respaldo de la silla. Lo hacía como fotografiaba: paciente, atento, buscando el ángulo exacto hasta que encontró uno que me arrancó un gemido largo que rebotó en las paredes. Dos dedos entraron en mí y curvaron y yo miré a Tomás por encima del hombro de Ezequiel.
Tomás se había abierto el pantalón. Se tocaba, sin apuro, mirándome, y el descubrirlo me atravesó más fuerte que la lengua.
—Vení —le dije—. Quiero tenerte cerca.
Se acercó y se sentó en el borde de la mesa, a mi lado, y me besó mientras Ezequiel seguía abajo. Le agarré la pija con la mano, dura y conocida, y la moví al ritmo de lo que me estaban haciendo. Tomás gimió en mi boca.
—Al dormitorio —dije, porque las piernas ya no me sostenían.
Caímos en la cama los tres. Le saqué la camisa a Ezequiel, le desabroché el cinturón, y cuando lo tuve en la mano me sorprendió cuánto lo deseaba, cuánto tiempo llevaba deseándolo sin saber dónde guardarlo. Me lo llevé a la boca mientras Tomás se acomodaba detrás de mí, me abría las piernas con la rodilla y entraba de una sola vez.
Grité con la boca llena. Fue demasiado y fue exacto. Tomás me sostenía de las caderas y empujaba fuerte, más fuerte de lo habitual, y yo entendí que estaba tan encendido que le temblaban las manos.
—Miralo —le dijo Tomás al oído—. Mirá cómo te mira.
Ezequiel me tenía agarrada del pelo, sin tirar, apenas guiando, y me miraba con una fijeza de lente abierto. Lo solté un segundo para hablar:
—Quiero cambiar. Quiero que Eze me coja mientras te chupo.
—Decilo de nuevo —pidió Tomás.
Lo dije de nuevo, más sucio, y él se rió y salió de mí y me dio vuelta.
—Con forro —dije—. Está en la mesa de luz.
Ezequiel se lo puso sin decir palabra. Se detuvo en la entrada, apoyado, esperando.
—Sí —dije—. Ahora.
Entró despacio y después no tan despacio. Era distinto: otro ángulo, otro peso, otro ritmo, y mi cuerpo respondió con una sorpresa que me hizo arquear la espalda. Tomás se puso de rodillas frente a mi cara y yo lo tomé en la boca, y por un rato larguísimo no hubo más que los tres sonidos: el de la cama, el mío ahogado, el de las respiraciones desacompasadas.
—Marina —jadeó Ezequiel—. Marina, hace diez años que…
—Ya sé. —Le solté a Tomás lo suficiente para hablar—. Cogeme más fuerte y no te vas a acordar de nada.
Lo hizo. Me agarró de los hombros y empujó y yo sentí la primera ola subir desde muy abajo. Tomás me metió la mano entre las piernas, me frotó el clítoris con esos dos dedos que conocen mi cuerpo mejor que yo, y esa combinación —mi marido tocándome mientras otro me llenaba— me hizo estallar de una manera que no tenía nombre todavía. Me sacudí entera, apreté, mordí el hombro de Tomás para no gritar tan fuerte, y grité igual.
Ezequiel se vino inmediatamente después, con la frente contra mi espalda, en silencio, como todo lo suyo. Se retiró, se tumbó de costado.
Tomás me dio vuelta otra vez y entró en mí con las dos manos en mi cara.
—Sos mía —dijo, y no era posesión, era pregunta.
—Soy tuya —le contesté—. Mirame.
Se vino adentro mío mirándome a los ojos, temblando, y yo lo abracé con las piernas y con los brazos y le dije al oído todas las cosas que solo le digo a él.
Después hubo un silencio de sábanas revueltas y ventana abierta. Alguien se rió, creo que fui yo. Tomamos agua de la misma botella.
Ezequiel se fue cuando el cielo ya estaba gris claro sobre el río. Se vistió en la penumbra, sin torpeza. En la puerta me tomó la mano y me la apretó una vez.
—Gracias por decir las cosas en voz alta —dijo—. Nunca me habían dejado ser tan honesto.
—¿Estás bien?
Sonrió con medio lado de la boca.
—Estoy cerrado. —Después miró a Tomás—. Cuidala. Aunque no le hace falta.
Y se fue. No prometió llamar. No dijo "repetimos". La puerta se cerró y quedó ese silencio que no era incómodo, solo enorme.
Volví a la cama. Tomás estaba boca arriba, un brazo bajo la nuca, mirando el techo con las primeras luces.
—Decime la verdad —le pedí, apoyando la cabeza en su pecho.
—La verdad es que me morí de celos durante cuatro segundos —dijo—. Y después me di cuenta de que los celos eran parte del calor. —Me acarició el pelo—. Y que en toda la noche vos me miraste a mí. Todo el tiempo.
—Porque sos vos.
—¿Lo cerraste?
Lo pensé de verdad antes de contestar. Diez años de un fantasma se habían disuelto en una noche de sudor y palabras dichas fuerte.
—Lo cerré —dije—. A él lo cerré.
—¿Y lo otro?
Levanté la cabeza para verle la cara. Estaba sonriendo apenas, con esa curiosidad suya que se come el miedo.
—Lo otro —dije, y le mordí el hombro donde ya tenía la marca— no sé si es una puerta cerrada. Pero si algún día la volvemos a abrir, la abrimos los dos. Hablando. Como hoy.
—Feliz aniversario, Sosa.
—Feliz aniversario.
Nos dormimos con la ciudad despertándose doce pisos abajo, y ninguno de los dos soltó la mano del otro.
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