Me reencontré con mi ex en un viaje de trabajo
Las cosas con mi esposo no estaban bien. Llevábamos meses en una de esas crisis silenciosas donde convives pero no te tocas, donde duermes en la misma cama pero podrían ser dos extraños. El sexo se había vuelto un trámite: rápido, mecánico, una o dos veces al mes cuando mucho. Él acababa, me daba un beso en la frente y se volteaba a dormir. Yo me quedaba mirando el techo preguntándome si eso era todo.
Se acercaba el congreso anual de la empresa. Tres días fuera de casa que, la verdad, nos venían bien a los dos para respirar.
El viernes tomé mi vuelo en la mañana. Me acomodé en mi asiento, le pedí una copa de vino a la azafata y me puse los audífonos. Estaba a punto de cerrar los ojos cuando lo vi pasar por el pasillo buscando su asiento.
Lo reconocí al instante. Más de veinte años sin verlo y lo identifiqué en medio segundo. El pelo entrecano, los hombros anchos, esa forma de caminar como si el mundo le perteneciera. Era mi ex. El hombre con el que estuve varios años antes de conocer a mi esposo. La relación más intensa y más destructiva de mi vida.
Con él descubrí cosas de mí que ni sospechaba. Tenía un dominio absoluto sobre mí: en todo, pero especialmente en el sexo. Me enseñó a disfrutar sin vergüenza, a pedir lo que quería, a gemir sin taparme la boca. Me conocía mejor que yo misma. Sabía exactamente qué botones apretar y en qué orden. Pero también me asfixió. Su control fue creciendo hasta que un día simplemente me dejó, así, de la nada, y me costó años recuperarme.
Pasó de largo sin verme. Se sentó unas filas atrás. Me tomé el vino de un trago, pedí otra copa y cerré los ojos. Pero en lugar de dormir, mi mente viajó años atrás y me inundaron los recuerdos de nuestros encuentros. De cómo me tocaba. De cómo me hacía acabar. De cómo nadie después de él me hizo sentir ni la mitad.
Al llegar tomé un taxi al hotel donde sería el congreso. Me registré, subí al quinto piso, me di un baño y decidí bajar al restaurante a almorzar antes de la primera sesión de la tarde.
Salí de mi habitación y me encontré cara a cara con él. Salía de la habitación de enfrente. Literalmente enfrente de la mía.
Nos quedamos viendo unos segundos que parecieron eternos hasta que él sonrió con esa sonrisa que los años no habían borrado.
—No puede ser.
—No puede ser.
Nos abrazamos largo. Sentí su colonia y algo dentro de mí se despertó como un animal que llevaba años dormido. Bajamos juntos al restaurante. Me contó que estaba en la ciudad por trabajo. Se había casado y divorciado, sin hijos. Le conté mi vida por encima. Pedimos vino. Después más vino. La conversación fue fluyendo desde lo superficial hacia algo más profundo, más peligroso.
—Nunca dejé de pensar en ti —me dijo mirándome a los ojos—. Dejarte fue el peor error de mi vida.
Debería haberme levantado. Debería haber dicho algo sobre mi esposo. Pero me quedé ahí, sosteniendo su mirada, sintiendo cómo el vino y sus palabras me iban desarmando pieza por pieza.
Quedamos en vernos a las seis, después de mi primera sesión del congreso. Pasé toda la tarde en la reunión sin escuchar una sola palabra. Solo podía pensar en él.
A las seis estaba en el bar del hotel. Él llegó minutos después. Se había cambiado: camisa oscura con los primeros botones abiertos, pantalón de vestir, ese porte que los años solo habían mejorado. Se sentó a mi lado en un reservado con privacidad.
Pedimos cócteles. La charla fluyó fácil, lubricada por el alcohol y por esa complicidad que al parecer nunca murió. Un trago y otro trago más, charla va y charla viene, y en algún momento sentí su mano posarse sobre mi muslo.
Fue como un electrochoque. Una corriente que me recorrió desde la pierna hasta la nuca. Su mano simplemente apoyada ahí, firme, sin moverse, pero comunicando todo. Años de distancia se evaporaron en un segundo. Mi cuerpo lo reconoció antes que mi mente.
Seguía hablando. Me decía que estaba hermosa, que las canas me sentaban bien, que me había extrañado todos estos años. Y su mano no se movía de mi muslo. Yo fui separando las piernas milímetro a milímetro. Él lo notó y deslizó la mano un poco más arriba. Yo disfrutaba sintiéndolo ahí. En silencio, escuchándolo, sintiéndolo.
Con su otra mano me tomó la barbilla, me giró el rostro y me besó. No fue un beso tímido. Fue un beso con años de hambre acumulada. Su lengua buscó la mía y yo gemí contra su boca ahí mismo, en el bar del hotel.
Se levantó y fue al baño. Me quedé sola con el corazón desbocado y una humedad entre las piernas que hacía años no sentía. Cubierta por mi falda y protegida por el mantel, deslicé mi mano entre mis muslos. La tela de mi ropa interior estaba empapada. La aparté y empecé a acariciarme, sintiendo lo mojada que estaba, incapaz de creer lo que mi cuerpo estaba haciendo en un lugar público por un hombre que no era mi esposo. Mis dedos fueron entrando suavemente mientras esperaba que regresara. Todo mi sexo se estremecía con cada caricia.
Regresó. Ya había pagado la cuenta. Me tomó de la mano y subimos a las habitaciones.
Entramos a su cuarto. Del minibar sacó dos copas, sirvió licor y brindó por el reencuentro. Bebimos y me recostó en la cama.
Empezó a besarme con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sus labios se fundieron con los míos, nuestras lenguas se trenzaron con pasión. Fue bajando por mi cuello, abriéndome la blusa botón por botón hasta llegar a mis pechos. Los sacó del sostén y se entretuvo con mis pezones, mordiéndolos con la punta de los dientes.
Nada — absolutamente nada — me excita más que me muerdan los pezones. Y él lo sabía porque lo aprendió conmigo, años atrás. Un mordisco real, controlado pero intenso, atrapando el pezón y presionando lo justo para que el dolor se transformara en placer puro. Arqueé la espalda y solté un gemido que salió desde el fondo de mi vientre. Nadie me había hecho eso en años. Mi esposo me toca los pechos como si fueran de cristal. Este hombre los trataba como lo que son: carne viva que necesita sentir para despertar.
Alternaba entre uno y otro. Mordía, lamía, chupaba, volvía a morder. Estrujaba mis pechos con las manos mientras su boca se ensañaba con mis pezones. Yo gemía retorciéndome debajo de él. Podría haber acabado solo con eso.
Pasó su mano por mi sexo. Sintiendo mi humedad dijo con esa voz grave que me licuaba:
—Qué rica estás.
Me desnudó de la cintura para abajo. Me hizo separar las piernas y mi sexo quedó expuesto. Se arrodilló y le dio unas lamidas largas, recorriéndome de abajo hacia arriba. Después se concentró en mi punto más sensible con movimientos circulares que me arrancaban gemidos cada vez más agudos. Me devoraba como si mi sabor fuera lo único que necesitara para vivir.
Deslizó dos dedos dentro de mí mientras seguía con la lengua. Los curvó hacia arriba encontrando ese punto exacto y empezó a moverlos rápido. Yo me aferré a las sábanas, levantaba las caderas, gemía como hacía años no gemía. Estaba a punto de estallar.
Y paró. Así le gustaba siempre: mantenerme al borde sin dejarme caer. Su forma de control. Y yo, después de tantos años, seguía rindiéndome ante eso.
Entonces tomó el teléfono. Marcó un número y dijo algo que me heló y me incendió al mismo tiempo:
—Todo listo. Sube.
Colgó y me miró.
—¿Te acuerdas de la fantasía que nos quedó pendiente? La que siempre quisimos hacer y nunca se dio. Hoy la vamos a cumplir.
Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se abrió.
Entró un hombre joven. Alto, moreno, de complexión atlética, con una sonrisa amplia y unos ojos que transmitían confianza. Se quitó la camiseta revelando un torso esculpido. Se acercó a la cama con naturalidad, como si la situación le fuera familiar.
—Eres más bonita de lo que me habían dicho —me dijo con voz suave.
La combinación del alcohol, la excitación acumulada, los años de deseo reprimido y la presencia dominante de mi ex me quitaron toda resistencia. No dije que no. No dije que sí. Simplemente dejé que pasara.
Mi ex le hizo una señal. El joven se inclinó sobre mí y empezó a besarme el cuello bajando hasta mis pechos. Los acarició como descubriéndolos por primera vez y cuando su boca envolvió uno de mis pezones sentí que la temperatura subía diez grados.
Mientras él se dedicaba a mis pechos, mi ex retomó su posición entre mis piernas. Dos bocas en mi cuerpo al mismo tiempo: una en mis pechos, otra devorándome abajo. La sobrecarga era insoportable. Gemía sin control, sin pudor.
El joven fue bajando con su boca. Mi ex se apartó y le cedió el lugar. Su lengua era diferente: más agresiva, más hambrienta, con lamidas largas y profundas. Me agarraba los muslos con fuerza manteniéndome abierta mientras me devoraba. La diferencia entre los dos estilos — uno preciso y torturador, el otro apasionado y voraz — me tenía en una montaña rusa.
Entonces se incorporó y se quitó todo. Lo vi completo por primera vez. Lo que tenía entre las piernas era impresionante: largo, grueso, enorme. Entendí por qué mi ex lo había elegido.
Deslizó su cuerpo sobre el mío. Sentí la punta rozando mi entrada. Me miró a los ojos. Le agarré las caderas y lo atraje hacia mí.
La penetración fue lenta. Mi cuerpo se fue abriendo para recibirlo, adaptándose a un tamaño al que no estaba acostumbrada. Centímetro a centímetro fue entrando mientras yo me mordía el labio y le clavaba las uñas en la espalda. Cuando estuvo completo adentro los dos nos quedamos inmóviles, respirando pesado, conectados.
Empezó a moverse. Despacio primero, con embestidas largas y profundas que me arrancaban un gemido con cada una. Mis piernas lo envolvieron, mis talones presionando su espalda baja para sentirlo más adentro. Mi ex, a mi lado, me acariciaba el pelo y me susurraba al oído que estaba hermosa así, que me dejara ir, que no pensara en nada.
El joven acercó su boca y me besó profundo. Tierno y brutal al mismo tiempo. Yo gemía dentro de su boca mientras él aceleraba.
Mi ex le susurró algo. El joven se detuvo, salió de mí y se acostó boca arriba. Mi ex me tomó de la mano.
—Súbete encima de él.
Obedecí. Me monté sobre el joven, tomé su miembro y lo guié dentro de mí. Me fui sentando despacio, sintiendo cada centímetro llenarme. Empecé a moverme con un vaivén que fue ganando velocidad. Él me agarraba las caderas y me miraba desde abajo con admiración.
Entonces sentí las manos de mi ex en mi espalda. Se había colocado detrás de mí. Sus manos bajaron hasta mi trasero. Lo acariciaba, separando mis nalgas, explorando con los dedos. Yo sabía lo que venía. Lo supe desde que el joven entró por esa puerta.
La fantasía pendiente. La que nos quedó debiendo cuando éramos pareja. La doble penetración.
Sus dedos húmedos empezaron a jugar con mi otra entrada. Uno primero, despacio. Me estremecí pero no me detuve, seguía moviéndome sobre el joven. Después un segundo dedo. La sensación de ser abierta por ambos lados era abrumadora. Un tercer dedo. Yo jadeaba, me preparaba.
Retiró los dedos y sentí algo más grande posicionarse. Su miembro empujando con paciencia. Me incliné hacia adelante apoyándome en el pecho del joven, abriendo ángulo. Mi ex empujó y la punta entró.
—Despacio —le dije con voz ahogada—. Ve despacio.
Fue entrando milímetro a milímetro. El dolor inicial fue agudo pero breve, reemplazado por una sensación de plenitud absoluta. Dos hombres dentro de mí al mismo tiempo. Algo que mi cuerpo no conocía y que mi mente no podía procesar.
Cuando estuvo completo adentro, los tres nos quedamos quietos un momento. Yo respiraba entrecortado, con los ojos cerrados, sintiendo las dos presencias pulsando dentro de mí.
Y empezaron a moverse.
En alternancia. Cuando uno entraba, el otro salía. Un vaivén sincronizado que creaba una sensación continua, una ola de placer que no bajaba nunca. Perdí la noción de todo. Del tiempo, del lugar, de quién era. Solo existían las manos en mis caderas, los cuerpos moviéndose dentro del mío, mis gemidos que ya eran gritos, el sudor que nos empapaba a los tres, el sonido de la carne contra la carne.
El orgasmo llegó como una avalancha. Empezó desde lo más profundo de mi vientre, creció como una ola gigante y me explotó en todo el cuerpo. Grité sin importarme quién escuchara. Temblé sin control. Me contraía alrededor de los dos al mismo tiempo y cada contracción generaba otra oleada que extendía el orgasmo más y más. Fue el más largo, el más intenso y el más devastador de toda mi vida. Nada de lo que había vivido antes se acercaba siquiera.
Ellos sintieron mis contracciones y aceleraron. Casi simultáneamente los sentí terminar: uno dentro de mí por delante, el otro por detrás. El calor de los dos llenándome al mismo tiempo prolongó mi propio orgasmo hasta que mi cuerpo simplemente se apagó.
Nos separamos despacio. Me quedé boca abajo sobre las sábanas, incapaz de moverme, con todo escurriéndome entre los muslos. Mi ex me alcanzó una toalla. Me limpié con manos temblorosas, me vestí como pude y crucé al pasillo hacia mi habitación.
Miré el celular: 11:20 de la noche. Ni una llamada ni un mensaje de mi esposo. Ni siquiera un "buenas noches". Nada. Como si yo no existiera. Y en lugar de culpa, sentí rabia. Rabia contra él por no buscarme. Por los años de indiferencia. Por las noches de sexo vacío.
Me metí a la ducha. El agua caliente me caía por el cuerpo y podía sentir cada punto donde me habían tocado, besado, mordido, penetrado. Cerré los ojos y todo volvió. Me acaricié bajo el agua y acabé otra vez, rápido, con fuerza, con la imagen de los dos dentro de mí grabada detrás de mis párpados.
Me acosté pensando en lo que había vivido. Pero también pensando en algo que me daba vértigo: todavía me quedaban dos días en esa ciudad. Y me quedé dormida ilusionada con lo que podría pasar.
Al día siguiente en la tarde recibí un mensaje de mi ex:
"¿Cómo estás de fiel hoy? Tengo un conocido que muere por conocerte. No te vas a arrepentir."
Me temblaron las manos. Mi cuerpo decía que sí. Mi cabeza me gritaba que parara. Esa noche por fortuna el presidente de la empresa ofreció una cena especial que se prolongó hasta la medianoche. Fue mi excusa para evadir a mi ex que estaba desatado. Un día después regresé a casa.
Mi esposo estaba en el sofá viendo televisión. Me recibió con un "hola" sin despegar los ojos de la pantalla. No me abrazó. No me besó. No preguntó nada.
—Bien —le dije a una pregunta que no hizo.
Subí a nuestra habitación. Dejé la maleta sin abrir. Me senté en la cama y me pregunté cuántas noches más podría acostarme ahí sin morirme por dentro.
Saqué el teléfono. Tenía un último mensaje de mi ex:
"Fue increíble volver a tenerte. Estaré en tu ciudad el mes que viene. ¿Cenamos?"
Lo miré un rato largo. Miré la puerta. Escuché la televisión sonando abajo. Pensé en mi esposo, en mis hijos, en la vida que había construido.
Borré el mensaje.
Pero no borré su número.
Y cada noche, cuando las luces se apagan y mi esposo se duerme dándome la espalda, cierro los ojos y vuelvo a esa habitación de hotel. Siento las manos, las bocas, la plenitud. Siento el orgasmo que me cambió para siempre. Y me pregunto cuánto tiempo más voy a aguantar antes de abrir ese contacto y escribirle.
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