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Viaje sola despues de mi divorcio y un moreno me hizo sentir viva de nuevo

17 min de lectura

 Los últimos dos años con mi ex fueron de pura rutina: llegaba cansado, yo cansada, nos dábamos un beso frío antes de dormir y ya. El sexo desapareció primero, después el cariño, y al final hasta las ganas de intentarlo. Firmamos los papeles sin drama, casi con alivio, y cada uno agarró su camino.

Ocho meses después del divorcio yo seguía sin tocar a nadie. No por falta de oportunidades, sino porque no me nacía. Me sentía como desconectada de esa parte de mí, como si el deseo se hubiera ido junto con el matrimonio. Mis amigas me decían "ya pues, sal, diviértete, estás regia", pero yo prefería quedarme en mi jato viendo series con mi gata. Patética, lo sé.

Hasta que la vida me mandó a una conferencia internacional de derecho corporativo en el extranjero. Mi jefe me dijo que era una oportunidad chévere para hacer contactos y representar al estudio. Acepté más por obligación que por ganas, pero cuando estuve en el avión sola, con mi pasaporte en la mano y una ciudad desconocida esperándome, sentí algo que no sentía hacía mucho: libertad. Nadie me conocía allá. Nadie sabía que era la divorciada triste que se quedaba en casa los sábados. Podía ser quien quisiera.

El hotel era lindo, moderno, con un lobby amplio y un bar en la terraza del último piso con vista a toda la ciudad iluminada. Los dos primeros días fueron pura conferencia: ponencias, paneles, almuerzos de networking donde todos intercambiaban tarjetas y sonrisas falsas. Yo cumplí, tomé notas, hice contactos. Pero las noches eran mías y no sabía qué hacer con ellas.

La tercera noche, después de una cena grupal con otros asistentes que terminó temprano porque todos estaban reventados, decidí subir al bar de la terraza a tomarme una copa sola antes de dormir. Me había puesto un vestido verde oscuro que me quedaba bien, ceñido pero elegante, con un escote en V que dejaba ver lo justo. Tacones negros, el pelo suelto. No me vestí así para nadie en particular, me vestí así para mí, para sentirme bonita aunque fuera solo frente al espejo.

Pedí un pisco sour, manías de una, y me senté en la barra mirando la ciudad. Estaba tranquila, disfrutando el silencio y el trago, cuando escuché una voz a mi lado que me erizó la piel.

"¿Está ocupado?"

Giré y lo vi. Alto, muy alto, un metro noventa fácil. Lo primero que noté fue su piel: morena oscura, como bronce pulido, de ese tono profundo que siempre me ha vuelto loca. Tengo que ser honesta en esto porque es parte de la historia: siempre he tenido una debilidad por los hombres morenos. Desde chiquita me fijaba en los chicos de piel oscura, me parecían los más guapos, los más atractivos. No sé si es un fetiche o simplemente mi tipo, pero ver a un hombre de piel morena oscura me hace algo adentro que no puedo explicar. Y este hombre era exactamente eso elevado a la máxima potencia.

Tenía el pelo negro corto, una barba recortada que le enmarcaba la mandíbula cuadrada, y unos ojos color miel que contrastaban con su piel oscura de una manera casi irreal. Vestía una camisa azul marino con los primeros botones abiertos, dejando ver su pecho, moreno también, con una cadena fina de oro. Sus antebrazos estaban descubiertos por las mangas arremangadas y pude ver los músculos definidos bajo esa piel que me moría por tocar.

"Para nada, siéntese", le dije tratando de sonar tranquila cuando por dentro me estaba derritiendo.

Se sentó, pidió un whisky y me miró con una sonrisa que mostraba unos dientes blanquísimos contra su piel oscura. "Soy Diego", dijo, y ahí noté el acento. Español. Castizo. Esas eses marcadas, esa forma de arrastrar las palabras que suena a música.

"Mucho gusto, Diego", respondí dándole la mano, y cuando su mano grande y morena envolvió la mía, más pequeña y clara, sentí un escalofrío que me recorrió entera. El contraste de nuestras pieles me fascinó. No le solté la mano de inmediato y él tampoco.

Me contó que era ingeniero, que estaba en la ciudad por un proyecto de infraestructura, que llevaba un mes allá y se aburría las noches en el hotel. Tenía 40 años, estaba soltero, sin hijos. Hablamos de todo y de nada: de nuestros trabajos, de viajes, de comida, de lo raro que era estar lejos de casa. Su acento español me encantaba, cada palabra que decía sonaba más rica, más intensa. Y cuando se reía, echaba la cabeza hacia atrás mostrando ese cuello moreno y fuerte que yo no podía dejar de mirar.

Pedimos otro trago, y otro. La conversación fluía tan natural que perdí la noción del tiempo. En algún momento noté que nos habíamos acercado en la barra hasta quedar con las rodillas casi tocándose. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo y oler su perfume, algo amaderado y especiado que me hacía querer acercarme más.

"Oye, ¿has cenado?", me preguntó. "Conozco un sitio aquí cerca que está de muerte."

No había cenado. Le dije que sí y salimos del hotel juntos. Caminamos unas cuadras por calles que yo no conocía pero que con él a mi lado se sentían seguras. Me puso la mano en la espalda baja para guiarme al cruzar una calle y su palma caliente en mi piel, justo donde el vestido dejaba un poco de espalda al descubierto, me hizo tragar saliva. Su mano era enorme y oscura contra mi espalda clara. Quería que no la quitara nunca.

El restaurante era pequeño, íntimo, con velas en las mesas y música suave. Pedimos vino tinto y algo para picar. La conversación se puso más personal: me contó de su última relación, yo le conté del divorcio sin entrar en detalles tristes. "Te entiendo", me dijo mirándome a los ojos. "A veces las cosas simplemente se acaban y hay que tener los cojones de aceptarlo." Me gustó que no me tuviera lástima.

Con el vino vino la confianza. Empezamos a coquetear más abiertamente. Me dijo que tenía unos ojos preciosos, yo le dije que tenía la sonrisa más bonita que había visto en mucho tiempo. En un momento, debajo de la mesa, su rodilla presionó contra la mía y ninguno de los dos se movió. Después su mano encontró la mía sobre la mesa y la acarició con el pulgar, despacio, dibujando círculos en mi muñeca. Cada caricia era un cortocircuito. Ver sus dedos morenos entrelazados con los míos me tenía hipnotizada.

Salimos del restaurante pasada la medianoche. La ciudad estaba más tranquila, las calles medio vacías, el aire tibio. Caminamos sin rumbo, él con su mano en mi cintura, yo recostada en su hombro que me quedaba a la altura perfecta para apoyar mi cabeza. Llegamos a una esquina con un farol viejo y poca gente. Se detuvo, me giró suavemente hacia él y me miró desde arriba con esos ojos miel que brillaban bajo la luz.

"Llevo toda la noche queriéndote besar", dijo.

"¿Y qué esperas?", le respondí.

Me tomó la cara con las dos manos, esas manos enormes y morenas que me cubrían las mejillas enteras, y me besó. Sus labios eran gruesos, suaves, cálidos. Me besó lento al principio, solo labios, y yo le respondí abriéndome para él. Cuando su lengua encontró la mía sentí que las piernas me fallaban. Me agarré de su camisa, de sus brazos duros, y él me pegó contra su cuerpo. Podía sentir su pecho firme contra mis senos, su cintura contra la mía, y más abajo, algo que crecía contra mi vientre y que me arrancó un gemido involuntario contra su boca.

Nos separamos un segundo, respirando agitados, mirándonos.

"Vamos al hotel", le dije. No pregunté, no insinué. Lo dije directamente porque después de ocho meses mi cuerpo había despertado de golpe y no iba a dejarlo dormir de nuevo.

Caminamos rápido, casi trotando, tomados de la mano. En el ascensor del hotel no aguantamos: me arrinconó contra la pared y me besó el cuello, la clavícula, el borde del escote, mientras yo le metía las manos por la camisa sintiendo su piel caliente y firme bajo mis dedos. Dios, su piel. Era suave como seda sobre músculos duros, y ese tono moreno oscuro me enloquecía. Pasé mis uñas suavemente por sus abdominales y sentí cómo se le erizaba la piel bajo mis dedos claros. El contraste visual me excitó tanto que apreté mis muslos para contener lo que ya sentía desbordarse entre mis piernas.

Llegamos a su piso. Abrió la puerta torpemente mientras yo le besaba la nuca y le desabotonaba la camisa desde atrás. Entramos y apenas cerró la puerta me cargó. Así, sin esfuerzo, como si yo no pesara nada. Me tomó de los muslos, yo le rodeé la cintura con las piernas y la nuca con los brazos, y me llevó así hasta la cama besándonos todo el camino.

Me bajó sobre la cama con cuidado y se quedó de pie frente a mí, quitándose la camisa que ya tenía medio desabotonada. Me quedé mirándolo con la boca abierta. Su torso era una obra de arte: hombros anchos, pectorales marcados, abdominales definidos sin ser exagerados, todo cubierto por esa piel morena oscura que brillaba bajo la luz tenue de la habitación. Tenía unos brazos fuertes con venas que se le marcaban. Me senté en el borde de la cama y lo toqué. Puse mis manos claras sobre su pecho oscuro y las deslicé lentamente hacia abajo, sintiendo cada músculo, cada textura. Ver mis manos sobre su piel era hermoso, el contraste me ponía a mil.

"Me encanta tu piel", le susurré besándole el pecho, lamiendo su clavícula, mordisqueándole un pezón. Sabía salado, a perfume y a hombre, y su olor me nublaba la cabeza. Él me tomó del pelo suavemente y echó la cabeza hacia atrás con un gemido ronco que vibró en su pecho.

Me levantó la barbilla y me dijo: "Tu turno, guapa." Me paré y él me dio vuelta, me apartó el pelo del cuello y me besó la nuca mientras bajaba el cierre de mi vestido con una lentitud que me torturaba. El vestido cayó al piso y quedé de espaldas a él en ropa interior verde que hacía juego. Sentí sus manos recorrerme la cintura, las caderas, subir por mis costados hasta mis senos que cubrió con sus palmas por encima del sujetador. Ver sus manos morenas sobre mi piel clara en el reflejo del ventanal me prendió como una hoguera. Me desabrochó el sujetador y mis pechos quedaron libres en sus manos. Los amasó suavemente, pellizcó mis pezones con sus dedos oscuros y yo gemí recostándome contra su pecho desnudo.

Me giró de nuevo hacia él y me miró de arriba abajo. "Joder, qué guapa eres", dijo con esa voz grave y ese acento que me desarmaba. Se agachó y tomó un pezón en su boca, chupándolo con sus labios gruesos mientras con la otra mano masajeaba mi otro pecho. Su boca era caliente y húmeda y la succión me mandaba descargas directo entre las piernas. Alternaba entre los dos, lamiendo, mordisqueando, chupando, y yo le sujetaba la cabeza contra mi pecho gimiendo sin vergüenza.

Me recostó en la cama y se arrodilló para sacarme la última prenda. Deslizó mi ropa interior por mis piernas mirándome con ojos hambrientos y cuando quedé completamente desnuda ante él, me abrió las piernas suavemente y se quedó mirando un instante. "Estás empapada", dijo pasando un dedo largo y moreno entre mis labios, abriéndolos, y yo temblé entera al ver su dedo oscuro hundirse entre mi piel rosada. El contraste visual casi me hace acabar ahí mismo.

Bajó su boca hacia mí y sentí su lengua gruesa y caliente lamerme de abajo hacia arriba, lenta, firme. Grité. Después de ocho meses sin que nadie me tocara, sentir su boca en mi sexo fue como una explosión. Lamía con una dedicación que me hacía perder la razón, su lengua recorría cada pliegue, succionaba mi clítoris, lo presionaba con la punta haciendo círculos. Sus manos morenas me sujetaban los muslos abiertos mientras su cabeza oscura se hundía entre mis piernas blancas y esa imagen me volvía loca, era exactamente la fantasía que siempre tuve. Metió dos dedos dentro de mí mientras lamía mi clítoris y los curvó hacia arriba, encontrando ese punto exacto. Arqueé la espalda, me agarré de las sábanas y acabé con un orgasmo que me hizo temblar de pies a cabeza, gritando cosas sin sentido mientras él seguía lamiendo suavemente hasta que mi cuerpo dejó de convulsionar.

No me dejó recuperarme. Se incorporó y se desabrochó el pantalón. Yo me apoyé en los codos para verlo y cuando se lo bajó junto con el bóxer, se me cortó la respiración. Su verga era grande, gruesa, oscura, completamente erecta y palpitante. Sobresalía orgullosa de un vello recortado y la vi pulsar con cada latido de su corazón. Me mordí el labio mirándola, fascinada por su tamaño y por ese color moreno intenso que la hacía verse aún más imponente.

Me senté en el borde de la cama y la tomé con las dos manos. Era caliente, dura como piedra y suave como terciopelo al mismo tiempo. La acaricié de arriba abajo, sintiendo sus venas hinchadas bajo mis dedos claros, y el contraste visual me tenía delirando. Acerqué mis labios a su glande y lo besé, lo lamí en círculos con la punta de la lengua y lo escuché gruñir desde arriba. Abrí la boca y me la fui metiendo poco a poco, era gruesa y tuve que abrir bien para tomarla, pero lo hice con ganas, con hambre de meses acumulados. La chupé con ritmo, metiendo lo que podía, usando mis manos en la base, babeando, sintiendo cómo él me tomaba del pelo y guiaba mi cabeza con suavidad. Su verga sabía a piel limpia y a preseminal salado, y yo la devoraba con devoción mientras él gemía en español cosas que me ponían más caliente.

"Para, para, que me corro", me dijo tirando suavemente de mi pelo. Me levanté y nos besamos, su verga dura presionada entre nuestros vientres, el contraste de nuestros cuerpos pegados, su moreno contra mi claro, reflejándose en el ventanal de la habitación.

Me acostó en la cama, se puso entre mis piernas y sentí la cabeza de su verga presionar en mi entrada. Frotó su glande entre mis labios mojados, deslizándolo por mi clítoris sensible, provocándome. Lo agarré de las nalgas y lo jalé hacia mí.

"Métela ya", le rogué, "te necesito adentro."

Empujó. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome, llenándome. Gemí largo y profundo, clavándole las uñas en la espalda. Era grande y la sentía en cada rincón de mi interior. Se quedó quieto un momento, enterrado en mí, nuestras frentes juntas, jadeando los dos.

"¿Estás bien?", me preguntó con ternura.

"Chévere", le dije sonriendo, "no pares."

Empezó a moverse. Despacio al principio, sacando su verga casi por completo para volver a enterrarla, haciéndome sentir cada centímetro de su grosor. Me levanté para mirarnos donde nos uníamos: su verga oscura entrando y saliendo de mí, brillante de mis fluidos, era la imagen más erótica que había visto en mi vida. Gemí más fuerte y él aceleró el ritmo.

Sus embestidas se hicieron más fuertes, más rápidas. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación junto con nuestros gemidos y su cama crujiendo. Me levantó una pierna sobre su hombro y la penetración se hizo más profunda, sentí que tocaba fondo y me gustó, me encantó ese dolor delicioso. Con cada golpe de sus caderas morenas contra mis muslos claros yo sentía que me acercaba a otro orgasmo.

"Más fuerte", le pedí arañándole la espalda, "dame más."

Me embistió con fuerza, sin contenerse, y yo lo recibía levantando mis caderas para encontrar cada golpe. De pronto se salió, me dio vuelta y me puso en cuatro. Sentí su mano acariciar mi espalda de arriba abajo, como admirándome, y luego una palmada en la nalga que me hizo gemir. Me penetró de nuevo desde atrás de un solo empujón y casi pierdo la cabeza. En esa posición lo sentía enorme, llenándome toda, y sus embestidas eran demoledoras. Me agarraba de las caderas con sus manos grandes y oscuras, jalándome hacia él con cada golpe, y yo podía sentir sus testículos golpeando contra mi clítoris con cada arremetida.

"Qué rica estás, joder", gruñía detrás de mí, y su acento español diciéndome esas cosas era gasolina pura en mi fuego.

Me agarró el pelo, me jaló la cabeza hacia atrás y aceleró el ritmo hasta que sentí que mi cuerpo explotaba. Mi segundo orgasmo fue bestial, grité contra la almohada, mis piernas temblaron, sentí cómo mi sexo se contraía apretando su verga y él gimió al sentirlo. No paró, siguió cogiéndome a través de mis espasmos y eso prolongó el orgasmo hasta que sentí que iba a desmayarme de placer.

Se salió un segundo, me giró boca arriba de nuevo y se acostó sobre mí. Me besó con ternura, contrastando con la brutalidad de un momento antes, y sentí todo su peso sobre mí, su piel morena cubriendo la mía, su calor envolviéndome. Me penetró de nuevo suavemente y empezó a moverse en un vaivén lento, profundo, mirándome a los ojos. No era solo sexo en ese momento, había algo más, una conexión que no esperaba sentir con alguien que conocía hacía apenas unas horas.

"Eres increíble", me susurró al oído, y algo dentro de mí se quebró dulcemente. Después de meses sintiéndome invisible, apagada, un hombre hermoso me miraba como si fuera lo más valioso del mundo.

Sentí que su ritmo cambiaba, se aceleraba, su respiración se cortaba. Estaba cerca. Lo abracé con las piernas, lo apreté contra mí.

"Acaba", le dije besándolo. "Quiero sentirte."

Empujó con fuerza unas veces más, gruñó contra mi cuello y lo sentí pulsarme dentro, caliente, abundante, llenándome mientras todo su cuerpo se estremecía. Yo lo apreté con todo, brazos, piernas, mi interior, y un tercer orgasmo suave me recorrió como una ola cálida mientras él terminaba. Nos quedamos abrazados, él adentro de mí, nuestros corazones latiendo fuerte, nuestras respiraciones calmándose juntas.

Se salió de mí despacio y sentí su calidez escurrirse. Se acostó a mi lado y me jaló hacia su pecho. Apoyé mi cabeza en esa piel morena que tanto me gustaba y la besé. Él me acariciaba el pelo, la espalda, me daba besos en la frente.

"Hacía mucho que no me sentía así", le confesé.

"Yo tampoco", dijo apretándome más.

Nos quedamos dormidos abrazados, su cuerpo oscuro envolviendo el mío como una manta cálida y segura.

Me desperté con la luz de la mañana entrando por el ventanal. Él dormía todavía, boca arriba, con un brazo sobre mi cintura. Lo miré un rato largo: su pecho subiendo y bajando, su piel brillando con la luz dorada del amanecer, sus rasgos relajados. Era hermoso. Me permití ese momento de contemplarlo sin prisa.

Cuando despertó me sonrió perezosamente y dijo con voz ronca de sueño: "Buenos días, guapa."

"Buenos días", le respondí.

Desayunamos juntos en la terraza del hotel, donde la noche anterior todo había empezado. Tomamos café, comimos tranquilos, hablamos como si nos conociéramos de toda la vida. No fue incómodo, no hubo arrepentimiento. Me sentía liviana, renovada, como si alguien hubiera encendido de nuevo una luz que llevaba apagada demasiado tiempo.

Antes de despedirnos me dio un beso largo y me dijo: "Quiero volver a verte." Le di mi número sin dudarlo.

Volé de regreso a mi ciudad con una sonrisa que no me cabía en la cara. Mis amigas notaron el cambio de inmediato. "¿Qué te pasó?", me preguntaron. "Nada", les dije, "el viaje estuvo chévere." Por dentro me moría por contarles pero preferí guardar el secreto, hacerlo solo mío un tiempo más.

Diego y yo seguimos hablando. Nos escribimos todos los días, nos mandamos audios largos, hacemos videollamadas que a veces terminan con menos ropa de la que empezamos. Él viene el mes que entra a mi ciudad por trabajo y ya sé que esas noches no vamos a dormir mucho.

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