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Un tercero para el octavo aniversario

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La carretera hasta Villa Alba era una cinta de polvo entre olivos y, mientras Tomás conducía con la ventanilla baja, yo repasaba mentalmente la lista: velas, hielo, sábanas limpias, la botella de Ribera que compramos en Ronda, la playlist, el preservativo escondido en cada rincón sensato de la casa. Organizo cuando tengo miedo. Ocho años con este hombre me han enseñado que mi manera de arriesgarme es planificar el riesgo hasta que parece seguro. —A las diez —dije, cuando ya estábamos descargando las bolsas en el porche de madera. Tomás dejó la nevera portátil en el suelo. Sabía perfectamente de qué hablaba. Llevábamos meses hablándolo, en la cama, en la cocina, en ese tono de broma que usamos para tocar lo que quema. —A las diez —repitió—. Vale. Vale, sí. —Puedo llamarlo y decirle que no venga. —No quiero que le digas que no venga. —Se pasó la mano por la nuca, esa cosa que hace cuando calcula—. Quiero saber que puedo decirlo si hace falta. —Puedes decirlo. En cualquier momento. Es la regla número uno. Me besó en la sien, largo, y sentí su pulso en los labios. Los grillos ya habían empezado. Nico llegó a las diez y diez, con una botella de vino y esa manera suya de entrar en un sitio y leerlo entero antes de sentarse. Fotógrafo de eventos: se gana la vida sabiendo dónde está la tensión de una habitación. Cenamos en el porche, jamón, tomate, pan, la vela chisporroteando dentro del farol. Hablamos de cualquier cosa durante media hora hasta que Tomás, que gestiona los nervios con humor, dijo: —Bueno. ¿Ponemos las normas o improvisamos como idiotas? Nico se rio con la boca llena. —Normas. Siempre normas. Las pusimos en voz alta, con vino, y fue más caliente de lo que esperaba: nada de fotos, nada sin condón, cualquiera puede parar y se para de verdad, sin preguntas ni reproches. Yo decido quién me toca y cuándo. Tomás participa hasta donde quiera. —¿Y si quiero solo mirar? —dijo él, y lo dijo ligero, pero yo le vi el fondo. —Entonces miras —contestó Nico—. A mí me parece bien mirar y que me miren. Le puse la mano en el muslo a Tomás por debajo de la mesa. Estaba caliente y duro de tensión. Bajamos a la piscina porque hacía treinta grados a medianoche y porque el agua da excusas. Me quité el vestido de una vez, sin ceremonia, y me metí en ropa interior. Ellos se quedaron en bañador en el borde, con los pies dentro, dos siluetas contra la luz naranja del farol. Nadé hasta Tomás, me colgué de sus rodillas, le mordí el interior del muslo. Después nadé hasta Nico y no le mordí nada: solo me quedé mirándolo desde abajo, con el pelo pegado a la cara. —¿Puedo? —preguntó él, y no me lo preguntó a mí. —Puedes —dijo Tomás. Nico se dejó caer al agua y me besó ahí mismo, con el cloro en la boca, y fue un beso distinto, de alguien que no conoce mi mapa, que busca. Le desabroché el sujetador a mis propios pechos y se lo tiré a Tomás a la cara, para hacerlo reír. Se rio. Después se calló. Salimos del agua chorreando y Nico me tumbó en la tumbona de madera. Me bajó las bragas mojadas por los tobillos y me abrió las piernas con una calma que me puso el estómago del revés. Su lengua fue plana primero, ancha, y luego la punta, insistente sobre el clítoris, dos dedos entrando despacio, curvándose. Gemí más fuerte de lo que gimo, y me di cuenta a la mitad de que estaba gimiendo hacia Tomás. Él se había sentado en una silla, a dos metros, con una copa que no bebía. Me miraba. Tenía la polla dura marcada bajo el bañador y no se la tocaba. —Ven —le dije. —Estoy bien aquí. Y lo estaba. Ese era el problema: no era mentira. Estaba encendido mirando. Pero yo empecé a sentir el frío raro de correrme sola en compañía, esa distancia de estar siendo observada en lugar de acompañada. Nico me hizo acabar con la boca y los dedos, un orgasmo largo, sucio, que me arqueó entera contra la madera, y cuando abrí los ojos Tomás seguía a dos metros y la distancia era de kilómetros. Nico se puso el preservativo. Yo me giré, apoyé las rodillas en la tumbona, y él entró de una embestida honda que me sacó el aire. Empezó a follarme despacio, agarrándome la cadera, y yo estiré el brazo hacia Tomás y él no lo cogió. —Para —dijo. Nico paró en seco. Salió de mí sin discutir, se sentó en el borde, respirando. Tomás dejó la copa. Le temblaba la mandíbula. —Estoy celoso —dijo—. Celoso de verdad, no del gracioso. Y a la vez esto es lo más caliente que he visto en mi vida y no sé qué hacer con las dos cosas al mismo tiempo. —Se pasó la mano por la cara—. Me da miedo que si me meto ahí deje de ser tuyo. Y me da miedo que si no me meto, tú te vayas sin mí. Me senté, desnuda, empapada, con el corazón golpeando. —Yo no quiero que mires desde la esquina, Tomás. Quiero que mires desde dentro. Nico habló bajo, sin moverse: —Yo no vine a ocupar tu sitio. Esta noche es vuestra. Yo estoy invitado. Hubo un silencio largo, de grillos. Y después Tomás se levantó, se quitó el bañador y vino. Subimos a la habitación porque yo quería una cama grande y sábanas limpias, porque planifiqué eso también. Tomás me besó primero, largo, buscándome en la boca hasta que dejé de pensar, y sentí sus manos en mi cara con esa autoridad de ocho años. Detrás de mí, la boca de Nico bajó por mi columna. —Así —dije—. Los dos. Me tumbaron entre los dos y perdí el orden de las cosas. Una boca en un pezón y unos dedos abajo; después dos bocas en mi cuello a la vez y yo riéndome, gimiendo, con los ojos cerrados. Cogí la polla de Tomás con la mano y la de Nico con la otra, y ese peso doble, simétrico, me hizo apretar los muslos. —Túmbate —le dije a Tomás. Me senté encima de él y bajé despacio hasta tenerlo entero dentro, y ese sí era mi cuerpo reconociendo el suyo, el encaje exacto. Me incliné para besarlo mientras lo montaba y le hablé al oído: —Estoy contigo. Aunque haya alguien más, estoy contigo. —Ya lo sé —jadeó—. Ahora ya lo sé. Y entonces él mismo giró la cabeza y le dijo a Nico: —Ven aquí. Nico se acercó por el lado de la cama. Me cogí a él, lo metí en mi boca, y la coordinación fue torpe y perfecta: cada vez que Tomás empujaba desde abajo yo bajaba la garganta sobre Nico, y el ritmo se cerró solo. Tomás me miraba chuparle la polla a otro hombre mientras me follaba y estaba más duro de lo que lo había sentido en años. Le clavé las uñas en el pecho. —Dilo —le pedí. —Que te está encantando —dijo, con la voz rota—. Que estás preciosa así. Me corrí encima de él con Nico en la boca, temblando, y me tuve que apoyar para no caerme. Después me pusieron a cuatro patas. Tomás se quedó delante, de rodillas, y me sostuvo la cara con las dos manos mientras Nico entraba por detrás, otra vez con condón, más fuerte ahora, con las palmas en mis nalgas. Yo lamía a Tomás mirándolo a los ojos y cada embestida de Nico me empujaba contra su boca. Fue brutal, largo, ese tipo de placer que se vuelve casi insoportable. Sentí el segundo orgasmo llegar como un derrumbe y grité contra el vientre de Tomás. Nico salió, se arrancó el preservativo y se corrió sobre la parte baja de mi espalda con un gruñido ahogado. Tomás me tumbó boca arriba en ese mismo instante, me abrió las piernas y entró él, todavía sensible yo, todavía temblando, y me folló mirándome a la cara, sin apartar los ojos ni una vez, hasta vaciarse dentro con un gemido que no le había oído nunca. Los tres nos quedamos ahí, respirando, el ventilador dando vueltas. Nico se fue al amanecer. Se despidió en el porche con una camiseta arrugada y esa discreción suya de saber cuándo sobra. —Gracias por invitarme —dijo—. De verdad. Tomás le dio la mano y luego un abrazo corto, de tío. Nos quedamos los dos con café, viendo cómo la luz volvía rosa la sierra. Yo tenía el cuerpo deshecho y la cabeza extrañamente clara. —¿Estás bien? —pregunté. —Estoy raro. —Sonrió—. Raro bien. —Bebió—. Pensaba que mirar era rendirse. Y resulta que era otra manera de estar. Le cogí la mano. —Feliz aniversario. —Feliz aniversario. —Me miró de lado, con la ceja levantada—. ¿Cuándo dijiste que Nico tenía libre el próximo puente? Me reí tan fuerte que asusté a los pájaros. No hizo falta contestar.

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