Lo vi en una boda después de 6 años y terminamos en su habitación
Hay cosas que una guarda tanto tiempo adentro que necesitan salir de alguna forma, y si no puedo contárselo a nadie que me conozca, al menos lo dejo aquí, donde nadie sabe mi nombre ni mi cara. Esta es la historia de la noche que me reencontré con Sebastián después de seis años sin verlo, sin tocarlo, sin oler su piel. Seis años pensando que lo había superado hasta que la vida me demostró que estaba muy equivocada.
Sebastián fue mi primer amor real. No el de la adolescencia, sino el que te sacude entera a los veintidós años, cuando ya creés que sabés algo del mundo y resulta que no sabés nada. Estuvimos juntos un año y medio, un año y medio en el que descubrí lo que era desear a alguien con cada centímetro de mi cuerpo. Él era cinco años mayor que yo, ingeniero, con esa seguridad tranquila de los hombres que no necesitan levantar la voz para que los escuches. Tenía las manos grandes, la espalda ancha y una forma de mirarme que me hacía sentir completamente desnuda aunque estuviera vestida. Cuando le ofrecieron un puesto en España, los dos sabíamos que era su oportunidad. Intentamos la distancia dos meses y fue un desastre. Cortamos por teléfono una noche de jueves y lloré toda la semana.
Después de él tuve otras parejas. Dos novios, algunos encuentros casuales. Buen sexo, a veces. Pero ninguno me hizo sentir lo que Sebastián. Con él no era solo coger, era algo más profundo, como si nuestros cuerpos hablaran un idioma que solo entendíamos nosotros dos.
Ahora viene lo que quiero contar.
Hace tres meses me llegó la invitación a la boda de Marcela, una amiga en común. La ceremonia era en una hacienda preciosa a las afueras de la ciudad, de esas con jardines enormes, luces colgantes entre los árboles y habitaciones para que los invitados se quedaran a dormir. Fui sola. Estaba soltera hacía cuatro meses y no tenía ganas de llevar a nadie de relleno.
Me puse un vestido negro ajustado, de esos que te marcan todo sin ser vulgar, con la espalda descubierta hasta la cintura. Me sentía bien, sexy, dueña de mí misma. Llegué a la ceremonia, me senté en la tercera fila, y cuando giré la cabeza para saludar a alguien que me hablaba desde atrás, lo vi.
Sebastián.
Estaba tres filas más atrás, del otro lado del pasillo. Camisa blanca arremangada hasta los codos, barba de tres días, el pelo un poco más largo que antes. Me miró y sonrió con esa media sonrisa que me desarmaba a los veintidós y que, aparentemente, seguía desarmándome a los veintiocho. Sentí un golpe en el pecho, literal, como si alguien me hubiera empujado. Le devolví la sonrisa como pude y me di vuelta tratando de concentrarme en la ceremonia, pero no escuché ni una palabra del cura. Solo podía sentir su mirada en mi espalda desnuda, quemándome.
Después de la ceremonia vino el cóctel en los jardines. Intenté evitarlo, no por indiferencia sino por miedo a lo que me provocaba. Pero la hacienda no era tan grande y él me encontró junto a la barra de tragos.
"Tanto tiempo", me dijo, y su voz me recorrió la columna vertebral como un escalofrío.
"Seis años", respondí, tratando de sonar casual mientras por dentro me temblaba todo.
Nos abrazamos. Fue un abrazo largo, más largo de lo que debería ser entre dos ex que supuestamente ya no sienten nada. Sentí su perfume, distinto al de antes pero igual de embriagante, y sus manos en mi cintura, justo donde empezaba la piel descubierta de mi espalda. Sus dedos rozaron mi piel y tuve que morderme el labio para no suspirar.
"Estás hermosa", me dijo al oído antes de separarse, y yo sentí que me mojaba un poco ahí mismo, con un susurro.
Durante la cena nos sentaron en mesas distintas. Mejor así, pensé, necesitaba distancia. Pero nuestras miradas se cruzaban constantemente por encima de los centros de mesa y las cabezas de los demás invitados. Cada vez que lo pillaba mirándome, él no desviaba los ojos. Me sostenía la mirada con esa intensidad que me recordaba a las noches en su departamento, cuando me miraba así antes de desnudarme lento, prenda por prenda.
Cuando empezó la fiesta y la música, me fui a bailar con las amigas de Marcela. Bailé, tomé, me reí. Estaba pasándola bien de verdad. Pero él se fue acercando, primero al grupo, después a mí. Y cuando sonó una canción lenta, me tomó de la mano sin preguntar y me jaló hacia él.
Bailamos pegados. Su mano en la parte baja de mi espalda, sobre mi piel, sus dedos acariciándome suave mientras nos movíamos apenas. Podía sentir su cuerpo contra el mío, su pecho firme, y algo más abajo que empezaba a endurecerse contra mi cadera. No dije nada. Él tampoco. Solo nos mirábamos y el aire entre nosotros se hacía más espeso con cada segundo.
"No dejé de pensar en ti", me dijo bajito, y yo sentí que el corazón se me salía.
"Mentiroso", le dije, aunque quería creerle con toda mi alma.
"Es la verdad. Volví hace dos meses. Cuando vi que Marcela nos había invitado a los dos, supe que iba a verte."
No respondí. Solo apoyé mi mejilla en su cuello y respiré su olor como si fuera oxígeno después de seis años de asfixia. Su mano bajó un poco más, rozando donde terminaba mi espalda y empezaba la curva de mis nalgas. Apreté mis caderas contra las suyas y sentí claramente su verga dura presionando contra mí a través de la tela.
"Vamos a caminar", le dije. No era una pregunta.
Salimos de la fiesta sin que nadie nos viera, o al menos eso quiero creer. La hacienda tenía un sendero iluminado con faroles que llevaba a un jardín trasero, más oscuro, más privado. Caminamos en silencio unos metros hasta que él me tomó del brazo, me giró hacia él y me besó.
Dios, ese beso.
Fue como si los seis años se evaporaran en un segundo. Su boca sabía a whisky y a algo dulce que no pude identificar. Me besó profundo, con lengua, tomándome la cara con las dos manos mientras yo le agarraba la camisa con los puños para no caerme. Sentí todo mi cuerpo encenderse de golpe, como si hubieran prendido un fósforo adentro mío. Mi entrepierna palpitaba, podía sentir cómo me mojaba mientras su lengua jugaba con la mía y sus manos bajaban por mi cuello, mis hombros, mi espalda.
"Te necesito", le dije entre besos, y no me importó sonar desesperada porque lo estaba. Seis años de necesitarlo se comprimieron en esas dos palabras.
"Mi habitación está en el segundo piso", dijo con la respiración entrecortada.
Subimos casi corriendo. En las escaleras me empujó suavemente contra la pared y me besó el cuello, mordiéndome el lóbulo de la oreja mientras su mano se metía por la abertura lateral de mi vestido y me acariciaba el muslo. Gemí bajito y él me tapó la boca con un beso, sonriendo contra mis labios. Llegamos a su puerta, la abrió como pudo mientras yo le desabotonaba la camisa desde atrás, besándole la nuca, pasando mis manos por su pecho.
Apenas entramos y cerró la puerta, me tomó de la cintura y me giró hacia él. Me miró un segundo, solo un segundo, con esos ojos oscuros llenos de hambre, y me bajó un tirante del vestido, después el otro. El vestido cayó al piso y quedé en ropa interior negra delante de él. Me miró de arriba abajo y pude ver cómo su mandíbula se tensaba del deseo.
"Sos más linda de lo que te recordaba", dijo con voz ronca.
Me acerqué y le terminé de sacar la camisa. Le besé el pecho, le mordí un pezón, bajé con la lengua por sus abdominales mientras mis manos le desabrochaban el cinturón. Se lo saqué de un tirón y le bajé el pantalón junto con el bóxer. Su verga saltó libre, gruesa, dura, palpitante. Me acordaba de ella. Me acordaba de cada vena, de su forma, de cómo me llenaba. La tomé con la mano y la acaricié despacio, sintiendo cómo él se estremecía bajo mi toque. Pasé mi pulgar por la cabeza, que ya brillaba con líquido preseminal, y me la llevé a la boca.
Lo chupé lento al principio, saboreándolo, recordando exactamente qué le gustaba. La punta de mi lengua haciendo círculos en su glande, mis labios apretando mientras subía y bajaba. Él echó la cabeza hacia atrás y gruñó, enredando sus dedos en mi pelo. Me la metí más profundo, sintiendo cómo tocaba el fondo de mi garganta, y él empujó sus caderas hacia adelante con un gemido que me empapó la ropa interior. Me encantaba hacerlo gemir, me encantaba tener ese poder. Seguí chupando, alternando entre succionarla fuerte y lamerla suave, usando mi mano en la base para masajearla al ritmo de mi boca.
"Para", me dijo jalándome suavemente del pelo, "o me voy a venir y todavía no te toqué como quiero."
Me levanté y nos besamos de nuevo, su verga caliente presionando contra mi vientre desnudo. Me desabrochó el sujetador con una mano, como siempre supo hacerlo, y mis pechos quedaron libres. Se agachó y me lamió un pezón, succionándolo con sus labios mientras pellizcaba el otro con los dedos. Yo arqueaba la espalda y le sujetaba la cabeza contra mi pecho, gimiendo sin pudor. Cada succión en mis pezones me mandaba una descarga eléctrica directo al clítoris.
Me empujó suavemente hacia la cama. Me acosté y él se arrodilló entre mis piernas, me sacó la tanga deslizándola lento por mis muslos, mirándome a los ojos mientras lo hacía. Cuando me la quitó, se quedó un segundo mirando mi sexo como quien admira algo que extrañaba mucho, y sentí cómo el aire fresco de la habitación me acariciaba lo mojada que estaba. Podía sentir mi humedad escurrirse.
"Estás empapada", dijo pasando un dedo entre mis labios, separándolos suavemente. Temblé entera.
Bajó su boca hacia mí y sentí su lengua caliente recorrerme de abajo hacia arriba, lenta, plana, abriéndose paso entre mis pliegues. Grité. No gemí, grité, porque la sensación fue tan intensa después de tanto tiempo deseándolo que mi cuerpo no pudo contenerse. Su lengua encontró mi clítoris y empezó a hacer esos movimientos circulares que nadie después de él supo replicar. Succionaba, lamía, presionaba con la punta y luego con toda la lengua. Mis manos se aferraron a las sábanas y mi espalda se arqueó mientras mis caderas se movían solas contra su boca.
Metió dos dedos dentro de mí mientras me lamía el clítoris y sentí cómo me estiraba deliciosamente. Los curvó hacia arriba, encontrando ese punto que me hacía ver luces, y empezó a moverlos al ritmo de su lengua. Yo ya no controlaba los sonidos que salían de mi boca, eran gemidos, jadeos, palabras incoherentes. Le apreté la cabeza con mis muslos y sentí cómo mi primer orgasmo me arrasaba como una ola gigante. Todo mi cuerpo se tensó, mis piernas temblaron, y acabé en su boca con un grito largo que seguramente se escuchó en la fiesta. Él no paró, siguió lamiendo suavemente mientras los espasmos recorrían mi cuerpo y yo sentía que me derretía en esa cama.
No me dejó recuperarme. Se subió sobre mí, me besó con su boca todavía húmeda de mí y yo me saboreé en sus labios. Sentí la cabeza de su verga posarse en mi entrada, justo ahí, sin entrar, provocándome. La frotaba contra mis labios mojados, deslizándola por mi clítoris hinchado, haciéndome sufrir.
"Métela", le rogué. "Por favor, te lo pido."
Me miró a los ojos y empujó. Su verga entró de un solo movimiento, gruesa, caliente, llenándome por completo. Ambos gemimos al mismo tiempo, un sonido gutural, animal, de puro alivio. Era como volver a casa después de un exilio de seis años. Se quedó quieto un instante, enterrado completamente en mí, nuestras frentes juntas, respirando el mismo aire.
"Te extrañé tanto", susurró, y empezó a moverse.
Sus embestidas eran lentas al principio, profundas, sacando su verga casi por completo para volver a meterla entera. Yo sentía cada centímetro de él, cada vena, cada pulsación. Envolví mis piernas alrededor de su cintura y lo atraje más hacia mí con mis talones en sus nalgas. Nuestros cuerpos se recordaban, encajaban perfecto, como si el tiempo no hubiera pasado.
El ritmo fue subiendo. Sus caderas golpeaban contra las mías con más fuerza, más rápido, y yo podía escuchar el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando, mezclado con nuestros gemidos y el crujir de la cama. Me tomó una pierna y me la puso sobre su hombro, cambiando el ángulo, y la penetración se hizo tan profunda que sentí que me partía en dos de placer. Golpeaba un punto dentro de mí que me hacía ver estrellas.
"Más fuerte", le pedí clavándole las uñas en la espalda, y él obedeció. Sus embestidas se volvieron brutales, duras, deliciosas. El cabecero golpeaba contra la pared y a mí me importaba nada. Cada golpe de sus caderas me sacudía entera y yo sentía que mi segundo orgasmo se acercaba como un tren.
De pronto se detuvo, me dio vuelta poniéndome boca abajo, y me levantó las caderas. Me penetró desde atrás con fuerza y solté un gemido ahogado contra la almohada. En esa posición lo sentía aún más grueso, más profundo. Me agarró el pelo con una mano y me jaló la cabeza hacia atrás mientras con la otra me daba una palmada en la nalga que me hizo gemir de sorpresa y de placer.
"Sos mía", me dijo al oído inclinándose sobre mi espalda, y yo le creí, en ese momento le pertenecía completamente.
Su mano soltó mi pelo y bajó por mi vientre hasta encontrar mi clítoris. Me lo frotaba en círculos mientras me cogía con un ritmo demoledor. Era demasiado. La combinación de su verga dentro de mí, sus dedos en mi clítoris y sus palabras en mi oído me llevaron al borde. Acabé por segunda vez con tanta intensidad que mis brazos cedieron y caí de cara en la almohada mientras temblaba incontrolablemente. Podía sentir cómo mi sexo se contraía alrededor de su verga y él gemía al sentirlo.
Pero no había terminado. Me giró de nuevo, boca arriba, y se inclinó para besarme con una ternura que contrastaba con la brutalidad de un momento antes. Me levantó las dos piernas, me las puso sobre sus hombros y me penetró de nuevo, lento esta vez, mirándome a los ojos. Había algo en su mirada que iba más allá del deseo, era algo que no habíamos sabido nombrar a los veintidós y que ahora, a nuestros casi treinta, se sentía enorme.
Empezó a moverse más rápido, su respiración se aceleraba, y yo sabía que estaba cerca. Le apreté las nalgas con mis manos, empujándolo más profundo.
"Acaba en mí", le dije mirándolo a los ojos. "Quiero sentirte."
Eso lo enloqueció. Sus embestidas se volvieron erráticas, frenéticas, y sentí cómo su verga pulsaba dentro de mí. Gruñó con fuerza, enterró su cara en mi cuello y lo sentí venirse, caliente, abundante, llenándome mientras su cuerpo entero se estremecía sobre el mío. Yo lo abracé con todo, piernas, brazos, todo, sintiendo cada espasmo suyo como si fuera propio, y para mi sorpresa un tercer orgasmo me sacudió justo cuando él terminaba, uno más suave pero igual de intenso, como una réplica del terremoto.
Nos quedamos así, abrazados, él todavía adentro de mí, sintiendo cómo nuestras respiraciones se acompasaban lentamente. Me besó la frente, las mejillas, los párpados, la punta de la nariz. Y después los labios, suave, como pidiendo permiso de nuevo.
"No me quiero ir", dijo sin moverse.
"Entonces no te vayas", respondí.
Se salió de mí despacio y yo sentí el vacío inmediatamente, y después la calidez de su semen escurriendo entre mis piernas. Se acostó a mi lado y me abrazó por la espalda, pegando su pecho a mí, enredando sus piernas con las mías. Me besó el hombro, la nuca, detrás de la oreja.
Nos quedamos dormidos así.
Me desperté al amanecer con la luz entrando por la ventana de la hacienda. Él seguía abrazándome, su respiración cálida en mi cuello. Me di vuelta despacio para mirarlo dormir y sentí una mezcla de felicidad y miedo que me apretó el pecho. Felicidad porque esa noche había sido la más intensa de mi vida, no solo por el sexo que fue increíble sino por todo lo que sentí reconectando con él. Y miedo porque ya sabía lo que era perderlo y no estaba segura de poder sobrevivirlo dos veces.
Se despertó, me miró con esos ojos todavía adormilados y me sonrió. Esa media sonrisa de mierda que me destruye.
"Buenos días", dijo.
"Buenos días", respondí.
"¿Desayunamos?"
Y desayunamos. Y hablamos. Hablamos de los seis años, de lo que hicimos, de lo que no, de por qué ninguno buscó al otro y de por qué ahora sí. Me dijo que había vuelto definitivamente, que no quería seguir lejos. No hicimos promesas grandes ni planes a futuro. Solo quedamos en vernos, en no dejar que pasaran otros seis años.
Eso fue hace tres meses. Nos hemos visto muchas veces desde entonces. El sexo sigue siendo tan increíble como esa noche, a veces mejor, porque cada vez nos conocemos más y nos atrevemos a más. Pero lo que más me gusta es lo que viene después, la intimidad de quedarnos juntos en silencio, sus dedos dibujando líneas imaginarias en mi piel mientras vemos una película que ninguno mira de verdad.
No sé si esto va a funcionar. No sé si estamos siendo valientes o estúpidos al intentarlo de nuevo. Pero sé que esa noche en la hacienda me recordó algo que había olvidado: que el mejor sexo de tu vida no es solo cuestión de cuerpos, es cuestión de almas que se reconocen. Y la mía reconoció a la suya en el mismo instante en que lo vi sentado en esa boda, como si nunca se hubiera ido.
Si alguien lee esto y se siente identificada, o identificado, solo quiero decirle algo: no dejen pasar seis años. Si hay alguien que les hace sentir así, búsquenlo. El orgullo se olvida, los orgasmos de esa intensidad no.
Besos a quien llegó hasta aquí.
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