El viaje que lo cambió todo.
Hacía cinco meses que había firmado los papeles del divorcio. Cinco meses de cenas para una, de sábanas frías, de un cuerpo que había olvidado lo que era ser tocado. Me sentía apagada, como si alguien hubiera bajado el volumen de todo.
Cuando la consultora me envió a Buenos Aires para una capacitación de dos semanas, lo recibí como un respiro. Otro aire. Otra yo, quizás.
El grupo de trabajo era amable, ruidoso, diverso. Hicimos buena química desde el primer día. Pero fue el último viernes donde todo cambió.
Decidimos celebrar en una milonga de San Telmo. Me arreglé sin pensarlo demasiado, o eso me repetí mientras me miraba al espejo. Elegí un vestido negro que me conocía el cuerpo de memoria: sin mangas, espalda descubierta hasta el borde de lo atrevido, ajustado en la cintura y suelto justo donde hacía falta para insinuar sin mostrar. Tacones altos, de esos que me cambian la postura, el paso, la actitud. Me gustan porque me hacen sentir cada músculo de las piernas al caminar, y sé lo que provocan.
Debajo, solo lo esencial. Una pieza mínima de encaje negro.
Me di una última mirada en el espejo del hotel y algo se encendió. Por primera vez en meses, me gusté. Me deseé a mí misma.
El lugar era perfecto: mesas pequeñas, luces apenas suficientes para adivinar los rostros, olor a madera vieja y malbec, y un bandoneón que sonaba como si le estuviera contando un secreto a alguien.
Tomé un par de copas de vino que me soltaron la risa y las ganas de bailar. Estábamos pasándola bien cuando Camila, una de las compañeras del curso, me dijo que vendría un amigo suyo con alguien más.
No le di importancia hasta que los vi entrar.
Sebastián era alto. Muy alto. Tenía las manos grandes, los hombros anchos, y unos ojos oscuros con una intensidad que me obligó a desviar la mirada la primera vez que se posaron en los míos. Sonreía despacio, como quien sabe el efecto que causa y no tiene apuro.
Cuando Camila nos presentó y él me tomó la mano, sentí un calor que me subió por el brazo, me cruzó el pecho y me llegó al estómago. Me solté quizás demasiado rápido. Él lo notó. Me di cuenta por cómo se le curvó apenas la comisa de los labios.
La noche avanzó entre baile y conversación. Yo trataba de no mirarlo, pero mis ojos volvían a él como por gravedad. Algo en su presencia me ponía nerviosa de una manera que no sentía hacía años. Me descubrí cruzando las piernas distinto, humedeciéndome los labios sin razón, acomodándome el pelo cada vez que sentía su mirada.
Cerca de la una, cuando la música se volvió lenta, se acercó.
—¿Bailás?
Fue más una invitación que una pregunta. Acepté intentando parecer casual, pero el corazón me latía en la garganta.
Me rodeó la cintura con una mano y yo le pasé los brazos por el cuello. Mi frente apenas le llegaba al hombro. Al principio hablamos, reímos, pero poco a poco las palabras se fueron apagando y quedó solo el movimiento. Mi cuerpo contra el suyo. Su mano en mi espalda baja, sobre la piel desnuda, y cada uno de sus dedos era un punto de fuego.
Me apretó suavemente y quedé pegada a él. Mis pechos aplastados contra su torso, mis caderas rozando las suyas al compás de algo que ya no era solo música. Sentí que temblaba y me odié por eso. Pero él lo notó.
—¿Por qué temblás? —me susurró al oído. Su aliento me rozó el cuello y se me erizó hasta el último centímetro de piel.
No pude contestar. Solo hice más presión contra su pecho y dejé escapar algo entre suspiro y gemido que me avergonzó. Pero en vez de alejarme, él me apretó un poco más, y entonces lo sentí. Su cuerpo reaccionando al mío. Duro. Innegable. Y en vez de incomodarme, algo dentro de mí se encendió como una llama que llevaba meses esperando una chispa.
Me tomó la barbilla, me levantó el rostro y me miró un segundo eterno antes de besarme. Sus labios eran firmes, cálidos, sabían a whisky y a decisión. Le devolví el beso y todo el bar desapareció.
Seguimos bailando así, enredados, rozándonos, hablándonos con el cuerpo lo que no nos atrevíamos a decir todavía. Cada contacto era una promesa. Cada roce, una provocación calculada. Yo sentía la tela del vestido como un estorbo, como lo único que me separaba de algo que mi cuerpo estaba pidiendo a gritos.
Cuando el lugar cerró, quedamos los cuatro: Camila con su pareja y nosotros. Sebastián sugirió continuar la noche en su departamento, que quedaba a unas cuadras. Camila me miró con complicidad. Yo dije que sí antes de pensarlo.
Caminamos por las calles empedradas. Él iba a mi lado, cerca, sin tocarme, y esa distancia mínima era más eléctrica que cualquier caricia. Yo sentía mi propia piel hipersensible, como si cada poro estuviera despierto y esperando.
Subimos por una escalera antigua. Departamento de techos altos, una guitarra apoyada en la pared, olor a café y a libros. Camila y su pareja se perdieron en el balcón con una botella de vino. Sebastián bajó las luces, puso música —un piano suave, apenas un murmullo— y se acercó a mí.
—¿Seguimos donde quedamos? —dijo, y me ofreció la mano.
Bailamos de nuevo. Pero esta vez no había nadie mirando. Sus manos bajaron por mi espalda desnuda, lentas, como memorizando cada centímetro. La piel se me enchinó entera. Yo le pasé las manos por el pecho, sintiendo su calor a través de la camisa, los latidos acelerados que me decían que él estaba tan encendido como yo.
Me besó el cuello, despacio, justo debajo de la oreja, y sentí que las rodillas se me aflojaban. Me aferré a sus hombros. Su boca fue bajando por mi cuello hasta el hombro, pequeños besos húmedos que me arrancaban suspiros que ya no me importaba disimular. Sus manos me recorrían la cintura, las caderas, el borde del vestido, jugando con el límite entre la tela y mi piel.
Me miró a los ojos y vi en ellos algo que me hizo temblar de una manera completamente nueva: hambre. Pero controlada. Paciente. Como quien sabe que lo mejor se disfruta lento.
—Llevame a donde quieras —le dije, y mi propia voz me sonó irreconocible. Ronca. Urgente.
Me tomó de la mano y me llevó por un pasillo hasta su habitación. La ciudad entraba por un ventanal enorme, Buenos Aires brillando como si la noche fuera solo nuestra. Me paré frente a él y lo miré. El corazón me latía en todo el cuerpo.
Acercó sus manos al borde de mis tirantes. Se detuvo. Me pidió permiso solo con la mirada. Yo asentí apenas, y sentí cómo la tela resbaló por mis hombros, por mis brazos, por mi cintura, hasta caer al piso en un susurro.
El aire fresco me tocó la piel y se me erizó todo. Él me miró de arriba abajo, despacio, como quien contempla algo que no quiere olvidar. Nadie me había mirado así en años. Me sentí hermosa. Me sentí viva.
Lo que vino después no sabría contarlo con palabras que le hagan justicia. Solo diré que esa noche descubrí cosas de mi cuerpo que no conocía, que temblé y grité y me dejé llevar sin vergüenza, que sus manos me recorrieron como si yo fuera un mapa que quería aprender de memoria, que perdí la noción del tiempo y de todo lo que no fuera él y yo y esa cama y esa ciudad brillando afuera.