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El carpintero que no bajó esa noche

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La carretera de subida ya venía tomada por el agua cuando Iván metió el coche entre los almendros. Yo llevaba media hora mirando el cielo por la ventanilla, ese cielo de otoño rondeño que se pone del color del plomo mojado, y pensando —como venía pensando desde hacía semanas— en las manos de Bruno. Su furgoneta seguía aparcada frente a la casa. Vi luz de bombilla desnuda en el salón, entre los ventanales que todavía no tenían cristal, tapados con plásticos que la tormenta hinchaba como pulmones. —Está terminando el machihembrado —dijo Iván, apagando el motor—. Le dije que no viniera hoy. —Y vino igual. No supe si lo dije con reproche o con otra cosa. Iván me miró un segundo de más antes de abrir la puerta. Bruno estaba en cuclillas junto a la chimenea, midiendo el marco de la viga. Se levantó al vernos, se limpió las manos en el pantalón, y me sonrió con esa naturalidad suya que llevaba semanas desarmándome: sin esconder nada, sin disculparse por mirar. —Se ha caído un pino en la curva de abajo —dijo—. No baja nadie esta noche. Comprobé el móvil. Sin cobertura. A los veinte minutos se fue la luz, y la casa entera quedó reducida al círculo naranja de la chimenea y a media docena de velas de obra que Bruno sacó de la furgoneta. Cenamos lo que había: pan, queso, tres botellas que Iván guardaba en el maletero porque Iván siempre guarda tres botellas en el maletero. Sirvió como sirve él, oliendo, girando la copa, explicando el suelo de pizarra y la altitud, y yo pensé que esa manera suya de ordenar el mundo era también su forma de tener miedo. La lluvia golpeaba las contraventanas con un ritmo que no daba tregua. Bruno se había quitado la sudadera. Tenía serrín pegado al antebrazo y yo me descubrí mirándolo demasiado rato. —Nora y yo llevamos diez años casados —dijo Iván de pronto, en la tercera copa, con esa voz plana que usa cuando ha decidido algo—. Y llevamos siete hablando de acostarnos con otra persona. Los dos. A la vez. El fuego crujió. Yo dejé la copa en el suelo con un cuidado ridículo. —Iván. —Es verdad. ¿O no es verdad? —Es verdad —dije, y sentí la cara ardiendo—. Pero se dice en la cama, no delante de… —Delante de él —completó Bruno, tranquilo—. Podéis decirlo delante de mí. Yo no me escandalizo. Se hizo un silencio que duró demasiado. Bruno se pasó la lengua por el labio, me miró a mí y luego a Iván, y dijo lo que llevaba semanas flotando entre las vigas: —Ella y yo llevamos un mes mirándonos. Supongo que lo sabes. —Lo sé —dijo Iván. No lo sabía. O sí. Nunca supe qué sabía Iván y qué decidía saber. —Yo no rompo nada de nadie —añadió Bruno—. Si esto es un juego vuestro y mañana os arrepentís, prefiero dormir en la furgoneta. Iván se levantó. Se acercó a mí, se puso en cuclillas delante de mi silla y me tomó la cara con las dos manos, como cuando teníamos veinticinco. —Dime que no —dijo bajito—. Dímelo y abro otra botella y hablamos del tiempo. Le miré. Vi el miedo debajo de la voz. Vi también las ganas, que eran suyas y eran mías y llevaban años durmiendo entre nosotros como un tercer cuerpo. —No quiero decir que no —susurré. Iván me besó. Delante de Bruno, largo, con lengua, sujetándome la nuca, y yo entendí que necesitaba ser él quien abriera la puerta. Que si otro la abría, se rompía. Me subió el jersey y me lo sacó por la cabeza sin dejar de besarme, y luego se apartó unos centímetros y dijo, sin volverse: —Ven. Bruno se levantó despacio. Se arrodilló a mi espalda, en la alfombra polvorienta que habíamos tirado sobre el suelo sin acabar, y su boca me tocó el hombro, la nuca, el sitio exacto detrás de la oreja que yo llevaba un mes imaginando. Solté un sonido que no reconocí. Me desabrochó el sujetador con dos dedos y Iván me bajó los vaqueros tirando de los tobillos. Cuatro manos, dos temperaturas distintas: las de mi marido, conocidas, precisas; las de Bruno, más ásperas, más grandes, con callo en la yema. Me tumbaron sobre la alfombra frente al fuego y me quedé desnuda entre los dos, con la lluvia machacando los plásticos y el resplandor moviéndose por las paredes sin enlucir. Bruno me abrió las piernas con las palmas, sin prisa, mirándome la cara mientras lo hacía. —¿Sí? —preguntó. —Sí. Bajó la boca. La primera lamida me arqueó entera. Lamía plano y despacio, de abajo arriba, y luego se quedaba en el clítoris con la punta de la lengua haciendo círculos pequeños y tercos. Iván se había sentado a mi lado; me sujetaba una teta, me pellizcaba el pezón, y me miraba a mí, no a Bruno, buscándome los ojos. —Dime lo que sientes —me pidió. —Que me estoy corriendo ya, joder… Bruno me metió dos dedos y curvó, y yo me corrí contra su boca a los dos minutos, sin dignidad, agarrándole el pelo con una mano y la camisa de Iván con la otra. Oí a mi marido decir «Dios» en voz baja, y no era queja: era otra cosa, más ronca, más urgente. Me di la vuelta. Le desabroché a Iván el pantalón con las manos temblando y me lo metí en la boca allí mismo, de rodillas, mientras Bruno se desnudaba detrás de mí. Iván me sujetaba el pelo apartado de la cara, mirándome desde arriba, y de pronto sentí a Bruno abrirme con la punta. —Espera —dijo Iván, y por un segundo se me heló todo—. Espera… quiero verlo. Se apartó, se sentó frente a mí con la espalda contra la piedra de la chimenea, y se quedó ahí, con la polla en la mano, mirando. Bruno me penetró entero de una embestida lenta y yo grité contra el suelo. Era grueso. Empujaba con las caderas y con las manos a la vez, agarrándome del hueso de la cadera, y cada golpe me arrastraba unos centímetros por la alfombra. Yo miraba a Iván. Iván me miraba a mí. Y en su cara no había lo que yo había temido durante siete años —asco, dolor, arrepentimiento—, sino una concentración absoluta, casi devota, la misma con la que huele un vino antes de decidir si le gusta. —Está preciosa —dijo Bruno, sin parar—. Deberías verla desde aquí. Iván se levantó y se puso de rodillas delante de mí. Me abrió la boca con el pulgar y volvió a metérmela, y entonces sí: los dos a la vez, uno empujando por detrás y otro sujetándome la cara, y yo en medio, atravesada, sin poder pensar, gimiendo con la boca llena mientras la tormenta reventaba fuera y el fuego me quemaba un costado. Me corrí otra vez así, con Bruno dentro y con la mano de Iván en mi garganta, y las piernas me fallaron. Cambiaron. Iván me tumbó de espaldas, se puso encima y entró en mí despacio, mirándome de cerca, besándome como si quisiera comprobar que seguía siendo yo. Y era yo. Nunca había sido tan yo. Bruno se sentó a mi lado y me acarició el pelo, la cara, y yo giré la cabeza y le chupé mientras mi marido me follaba, y en algún momento las manos de los dos coincidieron sobre mi vientre y se quedaron ahí, quietas, una encima de otra. Iván se corrió dentro con un sonido que le salió del pecho. Bruno terminó poco después sobre mis tetas, sobre la mano de Iván, sobre la mía, y luego los tres nos quedamos tirados sobre esa alfombra sucia, respirando, escuchando llover. Nadie habló durante mucho rato. Bruno se durmió el primero, boca abajo, con una manta de obra por encima. Iván me abrazó por detrás. Sentí su corazón contra mi espalda, todavía a mil. —¿Estás bien? —le pregunté. Tardó. —Sí. Y no. Estoy… —buscó la palabra como busca las palabras del vino—. Estoy aliviado. Llevaba siete años convencido de que si te veía con otro se me caía algo encima. Y no se ha caído nada. —¿Seguro? —Seguro. Lo que ha pasado es peor. —Me apretó más—. Me ha gustado demasiado. Nos quedamos callados. Fuera, la lluvia empezó a aflojar. Amaneció gris y limpio, con olor a tierra y a leña vieja. Bruno se vistió el primero, sin dramatismo, y se puso a recoger las herramientas como si fuera un martes cualquiera. Antes de salir se paró en la puerta. —No os hagáis daño por mí —dijo—. Ha sido de los dos. Yo solo pasaba por aquí. Se fue. Oímos la furgoneta bajar la pista entre charcos. Iván y yo nos quedamos frente a la chimenea apagada, con el ventanal roto dejando entrar el frío de la sierra. Me di cuenta de que llevábamos años sin mirarnos así, sin coartada, sin lista de tareas entre los dos. —No vamos a fingir que no ha pasado —dije. —No. —Y no sé si quiero repetirlo. —Yo tampoco sé si quiero. —Se rio, cansado—. Pero ya sé que puedo. Y tú también. Le busqué la mano. Estaba fría y pegajosa y era la mano de siempre. —Entonces no era la fantasía lo que nos faltaba —dije. —No —admitió—. Era decirla en voz alta. Recogimos las velas consumidas, doblamos la manta y bajamos a Ronda en silencio, un silencio distinto al de la subida: no incómodo, sino nuevo, como una habitación recién vaciada que todavía no sabes cómo vas a amueblar.

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