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El sommelier subió a nuestra habitación

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El puerto olía a diésel y a sal cuando bajamos del ascensor al restaurante del hotel. Diez años. Vicente me había puesto la mano en la espalda baja al entrar, ese gesto suyo de siempre, y yo pensé —con una tristeza que no dije— que hacía meses que su mano no significaba nada más que eso: una mano en mi espalda. El sommelier se llamaba Manuel. Lo supe porque lo dijo antes de descorchar, mirándome a mí y no a la botella. Veintinueve años, quizás, manos largas, esa calma de los que no tienen apuro por gustar. Sirvió un carignan del Maule y esperó. No dijo "notas de", no dijo nada. Esperó a que yo tomara el primer sorbo y recién entonces preguntó: —¿Y? —Tierra mojada —dije—. Y algo que quema al final. Sonrió apenas. Vicente, frente a mí, se rió y dijo "es chef, perdónala, todo lo describe como si fuera a cocinarlo". Manuel me sostuvo la mirada dos segundos más de lo necesario antes de retirarse, y yo sentí un tirón en el estómago que no reconocía desde hacía años. Lo peor —o lo mejor— fue darme cuenta de que Vicente lo había visto. Y de que se le habían puesto brillantes los ojos. Volvió tres veces a la mesa. La tercera, Vicente le preguntó a qué hora terminaba su turno y yo casi me atoro con el vino. En la 402, con la puerta apenas cerrada, mi marido me apoyó contra la pared y me besó como no me besaba desde el verano en que nos casamos. Le mordí el labio. Le desabroché dos botones. Y entonces habló contra mi boca, con la voz rota: —Quiero verte con él. Me quedé quieta. —Josefina. Llevo años pensándolo. No es que no te desee, es que… te deseo más cuando imagino que otro te mira. Cuando imagino tu cara. Esa cara que ya no me haces. Ahí estaba: la verdad debajo de diez años de servicio impecable. Sentí vértigo, rabia, un calor absurdo entre las piernas. Y sentí también lo que siempre siento cuando algo me sobrepasa: la necesidad de agarrar el cuchillo por el mango. —Bueno —dije, y me solté de sus manos, y caminé hasta la ventana con el puerto abajo, todo naranja y negro—. Pero lo hacemos como yo diga. —Josefina… —Yo llamo. Yo digo cuándo empieza y cuándo termina. Tú miras. Si quieres entrar, me lo pides a mí, no a él. Y si en cualquier momento uno de los dos dice *puerto*, se acaba, y él se va, y nosotros nos quedamos. ¿Aceptas? Vicente tragó saliva. Asintió. Le temblaba la mandíbula y tenía una erección que se le notaba desde donde yo estaba. Llamé a recepción. Pedí que subieran otra botella del carignan. Especifiqué quién. Manuel golpeó a los veinte minutos. Traía la botella y ya no traía el delantal. Entró, miró a Vicente sentado en el sillón, me miró a mí de pie junto a la cama con el vestido todavía puesto, y entendió todo sin que nadie explicara nada. Eso me gustó de él: no preguntó qué estaba pasando, preguntó qué querían que hiciera. —Descorcha —dije—. Y después sal a la terraza. La terraza de la 402 es un rectángulo de baldosas frías con una baranda de fierro y toda la bahía adelante. Se oían las grúas, un barco largo lamentándose lejos. Manuel se apoyó en la baranda con la copa en la mano. Yo salí descalza detrás de él. Vicente arrastró una silla hasta el umbral y se sentó ahí, en el borde exacto entre adentro y afuera, con su copa, como un hombre que se sienta a ver arder algo suyo. —No me toques todavía —le dije a Manuel. —No te iba a tocar todavía. Me bajé el cierre del vestido yo misma. Lo dejé caer sobre las baldosas. El aire de otoño me endureció los pezones de inmediato y sentí los dos pares de ojos como manos. Me tomé mi tiempo. Solté el broche del sostén, lo tiré a un lado. Me quedé en calzón, y después ni eso. —Ahora —dije. Manuel dejó la copa en la baranda y vino. Me besó primero el cuello, despacio, olfateándome casi, y después la boca, y su boca era distinta a la que conozco de memoria: más ancha, más lenta, con sabor a vino y a algo mineral. Me agarró el pelo en la nuca —firme, sin brusquedad— y me echó la cabeza hacia atrás para besarme la garganta, y yo gemí sin quererlo, un sonido animal que rebotó en la pared del hotel vecino. Escuché la silla de Vicente crujir. Manuel bajó. Me chupó un pezón hasta que me dolió y siguió bajando, arrodillándose en las baldosas frías, y me abrió las piernas con las dos manos como quien abre un libro pesado. Su lengua llegó justo donde tenía que llegar y me tuve que agarrar de la baranda. Tenía el puerto entero delante de los ojos, las luces temblando, y la boca de un desconocido comiéndome con una paciencia que me estaba volviendo loca: dos dedos adentro, curvados, la lengua girando arriba, sin apuro, sin ese ritmo ansioso de los hombres que quieren terminar el trámite. —Mírame —dijo Vicente desde la silla, con la voz áspera. Giré la cara. Estaba con el pantalón abierto, la mano encima de sí mismo, los ojos enormes. Le sostuve la mirada mientras Manuel me chupaba, y verlo a él mirándome fue lo que me quebró: me vine así, agarrada del fierro helado, con las rodillas fallando y un grito que ahogué contra mi propio hombro. Todavía temblando, lo hice pararse. —Sácate todo. Manuel obedeció sin ninguna prisa. Era delgado, más de lo que parecía vestido, y la tenía dura y gruesa contra el vientre. Lo empujé hasta la tumbona, lo senté, y me arrodillé entre sus piernas. Me lo metí a la boca entera de una vez, hasta el fondo, hasta que se me llenaron los ojos de agua, y lo oí decir "mierda" en un susurro y agarrarse del borde de la tumbona sin tocarme la cabeza. Le chupé mirando de reojo a mi marido. Yo sabía lo que estaba haciendo. Yo era la que estaba dirigiendo cada segundo de esto y esa certeza me tenía empapada. —Condón —dije, levantándome—. Está en mi neceser, Vicente. Se lo trajo él. Ese fue el momento: mi marido, de pie, entregándole un preservativo al hombre que se iba a coger a su mujer. Le tembló la mano. Manuel lo miró a los ojos, esperó, y solo cuando Vicente asintió con la cabeza lo abrió. Me subí encima. Lo bajé de a poco, sintiendo cómo me abría, y me quedé quieta arriba de él con las manos en su pecho, respirando. Después empecé a moverme. Al principio lento, girando la cadera, buscando el ángulo; después con ganas, con rabia casi, dándome contra él, con las tetas botando y el pelo pegado a la cara. Manuel me agarró la cintura y empujó desde abajo, sincronizándose, y de repente estábamos cogiendo de verdad, fuerte, sonoro, con el eco de las baldosas y los barcos allá abajo. —Ven acá —le dije a Vicente. Vino. Se arrodilló al lado de la tumbona. Lo besé mientras el otro me penetraba, le mordí la boca, le agarré la mano y me la puse en el cuello. Y ahí se rompió. Manuel me dio vuelta —me puso de rodillas en la tumbona, de espaldas a él— y me tomó del pelo, y me dijo algo al oído que no alcancé a escuchar entero pero que me hizo reír de puro placer. Y Vicente se paró de golpe. —Ya —dijo—. Ya, para. Todo se detuvo. Manuel salió de mí de inmediato, dio dos pasos atrás, las manos arriba, sin una palabra. Me senté en la tumbona, desnuda, con el corazón golpeando. Mi marido estaba temblando entero, no de rabia: de miedo. —No dijiste puerto —le dije, suave. —No quiero decir puerto. —Se pasó las manos por la cara—. Quiero… quiero que sea mío eso. Cuando te ríes así. Eso es mío, Josefina. Me levanté y lo agarré de la nuca con las dos manos, pegada a él, pegajosa y caliente y todavía abierta. —Es tuyo —le dije—. Yo elegí esto. Yo llamé. Yo lo hice subir. Y ahora te voy a decir lo único que importa: te elijo a ti todas las noches, huevón, hace diez años. Esto fue para volver a mirarte. Lo besé. Y sentí cómo se le soltaba el cuerpo entero contra el mío. Cuando nos separamos, Manuel ya se estaba abotonando la camisa, tranquilo, sin resentimiento ni burla. Recogió las copas. En la puerta se detuvo un segundo. —Feliz aniversario —dijo, y se fue. Vicente me tomó en brazos, torpe, y me llevó adentro y me tiró sobre la cama y se me metió entre las piernas sin ninguna delicadeza, y por primera vez en años me cogió como si tuviera algo que perder. Me sostuvo la cara con las dos manos todo el rato, obligándome a mirarlo, y yo lo miré, y me vine otra vez con él adentro diciéndome cosas al oído que no voy a repetir nunca. Después nos quedamos escuchando el puerto. Su mano en mi espalda baja. Esta vez significaba todo.

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