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La clienta que me pedia delivey hasta que un dia me pidió algo mas

17 min de lectura

Todo empezó hace como cuatro meses. Me asignaron un delivery a un edificio residencial de los bonitos, de esos con lobby de mármol y portero con uniforme. Último piso, penthouse. La señora Lucía. Había pedido una caja de vinos y unos quesos franceses. Subí con las bolsas y me abrió la puerta una mujer que me dejó con la boca abierta.

Tenía 48 años, eso lo supe después, pero se veía de menos. Alta, cabello castaño claro hasta los hombros, piel cuidada, ojos claros, y un cuerpo que no tenía nada que envidiarle a una de treinta. Caderas anchas, cintura marcada, pechos grandes que se notaban bajo una blusa de seda que traía medio desabotonada. Estaba descalza, con las uñas pintadas de rojo, y olía a un perfume que me atontó un segundo.

"Gracias, corazón, déjalo en la cocina", me dijo con una voz suave pero firme, de esas que te dan una orden y suenan a caricia

Entré, dejé las bolsas donde me indicó y cuando salí me puso en la mano una propina que era casi lo mismo que ganaba en medio día de reparto. Le agradecí y me fui. Eso fue todo la primera vez. Normal.

El tema es que empezó a pedir seguido. Muy seguido. Al principio dos veces por semana, después tres, después casi todos los días. Y siempre pedía que fuera yo el que le llevara el pedido. Mi jefe me decía "oye, tu clienta del penthouse preguntó por ti de nuevo", y mis compañeros me vacilaban diciendo que seguro me tenía ganas. Yo me reía, pero por dentro algo me decía que no estaban tan equivocados.

Con cada entrega, las cosas fueron cambiando. La segunda vez me abrió con un vestido cortito, casual, pero que le marcaba todo. La tercera vez con un short y una camiseta sin mangas que dejaba ver que no tenía nada abajo. La cuarta vez la encontré saliendo de la ducha, supuestamente, con una bata de seda que se le abría un poco por el frente cuando se agachaba a firmar el recibo. Me mostraba sin mostrar, si me entienden. Y cada vez las propinas eran más grandes.

A la quinta visita empezó a hacerme conversación. Me preguntaba por mis estudios, por mi vida, por si tenía novia. Yo le contaba tranquilo, me caía bien. Me enteré de que era empresaria, divorciada hacía tres años, que vivía sola en ese penthouse enorme y que se aburría bastante. "Esta casa es muy grande para una sola persona", me dijo una vez recostada en el marco de la puerta, mirándome con esos ojos claros que me ponían nervioso.

Un viernes de esos de calor insoportable, subí con su pedido sudando como loco. Traía una camiseta pegada al cuerpo y los brazos al aire. Cuando me abrió, noté que me miró de arriba abajo sin disimular. Tenía puesto un camisón de seda negro que le llegaba a medio muslo, con tirantes delgados, y se le transparentaba todo. Los pezones se le marcaban bajo la tela y pude ver que no traía nada más que eso encima. Se me secó la boca.

"Estás empapado, pobrecito", me dijo apoyándose en la puerta. "¿Por qué no pasas un momento? Te sirvo algo frío mientras descansas. Con este calor no deberían dejar que anden en moto."

Sabía que debía irme. Tenía más entregas. Pero algo en su mirada, en ese camisón, en el olor de su perfume mezclado con el aire acondicionado que salía del departamento, me hizo decir que sí.

Entré y me senté en un sillón de cuero que seguro costaba más que mi moto. El penthouse era impresionante: todo en tonos claros, ventanales enormes con vista a la ciudad, muebles de diseño, arte en las paredes. Ella fue a la cocina y volvió con dos vasos de limonada helada. Se sentó a mi lado, no en el otro sillón sino a mi lado, cruzando las piernas de una forma que el camisón se le subió hasta casi la cadera. Podía ver el inicio de su muslo blanco y torneado y tuve que tomar un trago largo de limonada para disimular lo que me estaba pasando abajo.

Hablamos un rato. De mi carrera, de sus negocios, de música. Era inteligente, graciosa, y tenía una forma de mirarte fijamente mientras hablabas que te hacía sentir el centro del universo. En un momento se le cayó una servilleta al piso y se agachó a recogerla, pero cuando se levantó se quedó más cerca de mí. Mucho más cerca. Podía sentir el calor de su pierna contra la mía y oler su pelo.

"¿Sabes algo?", me dijo sin mirarme, jugando con su vaso. "Hace mucho que no tengo compañía masculina en esta casa. Mi ex marido se fue hace tres años y desde entonces ha estado muy... silenciosa."

"¿Y eso?", le pregunté haciéndome el tranquilo, aunque el corazón me latía a mil.

Me miró directamente a los ojos. "Porque soy muy selectiva con quién dejo entrar."

Dejó el vaso en la mesa, se giró hacia mí y me puso la mano en el muslo. Así, directa, sin juegos. Su mano estaba fría por el vaso y sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo. No la movió. Solo la dejó ahí, apretando suavemente, mientras me miraba con una intensidad que me quitó el aire.

"Llevo semanas pidiéndote que vengas", me dijo bajito, "y no es por los quesos ni por el vino."

Pude haberme levantado. Pude haber dicho que tenía más entregas. Pero no hice ninguna de las dos cosas. Le agarré la mano que tenía en mi muslo y la subí un poco más, hasta donde mi erección ya no se podía disimular. Sentí cómo sus dedos rozaron mi dureza a través del pantalón y la vi abrir los ojos con sorpresa y deseo al mismo tiempo.

"Carajo...", susurró, apretándome por encima de la tela. "Sabía que no me equivocaba contigo."

Me besó. Ella me besó primero, tomándome de la nuca con la mano libre y pegando sus labios a los míos con una urgencia que me prendió de golpe. Su boca sabía a limonada y a algo más dulce, y su lengua me buscó con una habilidad que me confirmó que esta mujer sabía exactamente lo que quería y cómo conseguirlo.

Le devolví el beso con todo, agarrándola de la cintura y jalándola hacia mí. Ella se montó sobre mis piernas sin soltar mis labios, sentándose a horcajadas sobre mi regazo con ese camisón de seda que se subió completamente, y sentí su calor directamente contra mi entrepierna. No traía nada abajo. Nada. Su sexo estaba ardiendo contra mi pantalón y podía sentir la humedad que ya empezaba a traspasar la tela.

"Quítatela", me ordenó tirando de mi camiseta.

Me la saqué de un tirón y ella se quedó mirando mi torso con una cara de hambre que nunca había visto en nadie. Pasó sus manos por mis pectorales, mis abdominales, mis brazos, como si estuviera reconociendo cada músculo con la punta de los dedos.

"Estás durísimo", dijo mordiéndose el labio, "y no hablo solo de aquí arriba."

Movió las caderas contra mí y sentí cómo se frotaba contra mi verga dura, todavía atrapada en el pantalón. Le bajé los tirantes del camisón y la seda se deslizó hasta su cintura, liberando sus pechos. Eran grandes, firmes para su edad, con pezones rosados que ya estaban duros. Los tomé con las dos manos, los apreté, los masajeé mientras ella echaba la cabeza hacia atrás gimiendo.

Me metí un pezón a la boca y lo chupé con ganas, lamiéndolo, mordiéndolo suave mientras con la otra mano le pellizcaba el otro. Lucía gemía fuerte, sin vergüenza, moviendo sus caderas en círculos sobre mí, frotando su sexo mojado contra mi erección con una desesperación que me volvía loco.

"Llévame al cuarto", me dijo al oído con voz entrecortada. "Ahora."

Me levanté con ella encima, cargándola mientras me rodeaba la cintura con las piernas y el cuello con los brazos. Sabía dónde estaba la habitación porque la había visto al pasar. La llevé caminando, besándola todo el camino, sintiendo sus tetas aplastadas contra mi pecho y su humedad en mi vientre. La deposité en la cama más grande que había visto en mi vida, con sábanas que parecían de hotel cinco estrellas.

Se quitó el camisón por completo y quedó completamente desnuda sobre las sábanas blancas. Su cuerpo era una obra de arte: la piel cuidada, sin una marca, las curvas en su lugar, el vello entre sus piernas recortado y fino. Me quedé parado al borde de la cama mirándola y ella abrió las piernas lentamente, mostrándome su sexo húmedo y rosado.

"¿Te gusta lo que ves, repartidor?", me provocó con esa sonrisa que me derretía.

"Me encanta", le dije desabrochándome el pantalón.

Me lo bajé todo junto con el bóxer y mi verga saltó libre, dura, palpitante, apuntándola directamente. Lucía se apoyó en los codos para verla mejor y se le abrió la boca.

"Ven acá", dijo con voz ronca, haciéndome señas con el dedo.

Me arrodillé en la cama y ella se incorporó, sentándose al borde frente a mi entrepierna. Tomó mi verga con las dos manos, la acarició de arriba abajo sintiendo su grosor, sus venas, su calor, y después me miró a los ojos y se la metió a la boca.

Casi me caigo de la impresión. Esta mujer chupaba como si fuera lo que mejor sabía hacer en la vida. Su lengua hacía cosas increíbles, presionaba, giraba, lamía el frenillo con una precisión que me hacía temblar las piernas. Se la metía profundo, sacándola para lamerla entera y volverla a tragar, todo mientras me agarraba de las nalgas jalándome hacia ella para que entrara más. Sus labios succionaban con una fuerza perfecta, ni mucho ni poco, justo lo necesario para sentir que me iba a volver loco.

"Csm, qué rico...", gemí sin poder controlarme, agarrándole el pelo con las dos manos.

Me la chupó un rato largo, con calma, saboreándome como si no tuviera prisa, alternando entre chuparla profundo y lamerme los huevos con una dedicación que me tenía al borde. Pero no quería acabar así. La detuve levantándola suavemente del mentón.

"Ahora me toca a mí", le dije empujándola hacia atrás en la cama.

La recosté, le abrí las piernas y me arrodillé entre ellas. Me quedé un segundo mirando su sexo de cerca: rosado, húmedo, hinchado de deseo, hermoso. Bajé mi boca y la besé ahí suavemente primero, como si fuera sus labios. Lucía se estremeció entera. Después pasé mi lengua de abajo hacia arriba, despacio, abriéndome camino entre sus pliegues, probando su sabor que era almizclado y caliente.

"¡Ay, Dios!", gritó agarrándose de las sábanas.

Le encontré el clítoris con la punta de la lengua y empecé a trabajarlo en círculos, succionándolo suavemente, presionando, lamiendo. Metí dos dedos dentro de ella mientras la lamía y sentí cómo me apretaba, caliente y mojadísima, sus paredes pulsando contra mis dedos. Curvé los dedos hacia arriba buscándole el punto y cuando lo encontré soltó un grito que retumbó en toda la habitación.

"¡Ahí, ahí, no pares! ¡Me voy a venir!", gritaba retorciéndose bajo mi boca.

Aceleré el ritmo de mi lengua y mis dedos y sentí cómo sus piernas me apretaban la cabeza mientras su cuerpo entero se tensaba. Acabó en mi boca con un orgasmo largo que la hizo temblar de pies a cabeza, agarrándome del pelo con fuerza, empujando sus caderas contra mi cara mientras yo seguía lamiendo suavemente hasta que dejó de convulsionar.

No le di tiempo de recuperarse. Me subí sobre ella, la besé para que se probara en mis labios y puse la cabeza de mi verga en su entrada mojadísima. La rocé contra sus labios un par de veces, provocándola.

"No me hagas esperar", me rogó clavándome las uñas en la espalda.

La penetré de un solo movimiento. Lento pero firme, sintiéndome entrar en ese calor apretado y húmedo que me recibió como un guante. Los dos gemimos al mismo tiempo. Me quedé quieto un instante adentro de ella, enterrado hasta el fondo, sintiendo cómo palpitaba a mi alrededor. Después empecé a moverme.

Al principio despacio, sacándola casi por completo para volver a enterrarla entera, disfrutando de cada centímetro. Lucía me clavaba los talones en las nalgas jalándome más profundo, gimiendo con cada embestida. Aceleré el ritmo y el sonido de nuestros cuerpos chocando llenó esa habitación lujosa. Sus tetas rebotaban con cada golpe y yo le agarré una con la mano, apretándola, pellizcándole el pezón mientras le daba con fuerza.

"¡Más fuerte, dame más fuerte!", me gritó, y obedecí.

Le metí unas embestidas que hacían crujir la cama entera. La agarré de los muslos, le levanté las piernas hasta mis hombros y la penetré desde un ángulo que la hizo gritar. Desde ahí le llegaba al fondo y ella lo sentía, lo sentía porque se le ponían los ojos en blanco y solo atinaba a agarrarse de lo que pudiera mientras yo no paraba de darle.

"¡Me vengo otra vez!", chilló, y sentí cómo su interior me apretaba la verga con unas contracciones que casi me hacen acabar a mí también. Pero aguanté. No había venido hasta acá para una sola ronda.

La dejé recuperarse un segundo, salí de ella y le di vuelta poniéndola boca abajo. Le levanté las caderas acomodándole una almohada debajo y su culo quedó en alto, perfecto, redondo, ofreciéndose. Le di una nalgada que le dejó la piel roja y ella gimió de gusto. La penetré desde atrás de un solo empujón y los dos soltamos un sonido animal.

En esa posición la sentía aún más apretada y podía ir más profundo. La agarré de las caderas y empecé a cogerla con un ritmo demoledor, viendo cómo sus nalgas temblaban con cada impacto de mi pelvis. Ella hundía la cara en la almohada tratando de ahogar los gritos pero no podía, se le escapaban unos gemidos que me prendían más.

"¡Así, así, no pares, desgraciado!", me decía con la voz ahogada.

Le agarré el pelo, le jalé la cabeza hacia atrás y le hablé al oído: "¿Esto era lo que querías cuando me pedías delivery todos los días?"

"Sí, carajo, esto era lo que quería", confesó entre gemidos. "Llevaba semanas imaginándome esto."

Eso me enloqueció. Le di con todo lo que tenía, sin contenerme, sintiendo cómo la cama se movía de lugar con cada embestida. Ella acabó por tercera vez y esta vez yo sentí que ya no podía más. La presión me subía desde los huevos, cada fibra de mi cuerpo se tensaba.

"¿Dónde acabo?", le pregunté con la voz cortada.

Se giró rápido, se arrodilló frente a mí en la cama y me agarró la verga con las dos manos.

"En mi boca", dijo abriéndola de par en par. "Quiero probarte."

Me masturbó con fuerza mirándome a los ojos y en segundos sentí la explosión. Me vine con unos chorros largos y calientes que ella recibió en la lengua, tragándose todo sin desperdiciar una gota, chupando y lamiendo hasta la última pulsación mientras yo temblaba entero con el orgasmo más brutal que había tenido en mi vida.

Me desplomé en la cama. Ella se acostó a mi lado, se limpió la comisura de los labios con el dedo y me sonrió con esa elegancia que no perdía ni después de lo que acabábamos de hacer.

"Eres exactamente lo que necesitaba", dijo acariciándome el pecho.

Nos quedamos un rato ahí, hablando como si fuera lo más normal del mundo. Me contó que llevaba meses sin estar con nadie, que yo le había llamado la atención desde la primera entrega. "Tienes algo", me dijo, "una energía que esta casa necesitaba."

Cuando me iba a ir, me puso un sobre en la mano. Lo abrí y había varios billetes que sumaban más de lo que yo ganaba en dos semanas de reparto.

"Ni se te ocurra rechazarlo", me dijo antes de que pudiera abrir la boca. "Es una propina. Por el excelente servicio."

Me fui a mi cuarto esa noche con la cabeza dándome vueltas. No podía creer lo que había pasado. Me bañé, me tiré en la cama y me quedé mirando el techo con una sonrisa de huevón que no me cabía en la cara.

A las dos horas me llegó un mensaje de un número desconocido: "¿El repartidor hace entregas los miércoles también? Porque tengo un pedido urgente que solo tú puedes traerme."

Le contesté al toque: "Para usted, señora, atención las 24 horas."

El miércoles volví. Esta vez no hubo limonada ni charla. Me abrió la puerta en una bata cortísima de encaje y me jaló adentro antes de que la puerta terminara de cerrarse. Me empujó contra la pared del pasillo y me besó con una voracidad que me puso duro al instante. Sus manos me sacaron la camiseta mientras yo le abría la bata y agarraba sus tetas con las dos manos.

"Te extrañé", me dijo mordiéndome el labio.

"Son dos días, Lucía", le dije riéndome.

"Fueron eternos", respondió bajándose al piso.

Se arrodilló ahí mismo, en el pasillo de su penthouse, me bajó el pantalón y empezó a chuparme la verga contra la pared con una desesperación que me hizo cerrar los ojos y golpear la cabeza contra el muro del puro placer. Me la trabajaba con fuerza, profundo, rápido, como si hubiera estado pensando en hacerlo todos esos dos días.

Pero yo no quería acabar en el pasillo. La levanté, la cargué y la llevé al sillón de cuero de la sala. La senté en el borde y me arrodillé para devolverle el favor. Le abrí las piernas y me hundí en su sexo con la boca, lamiéndola con hambre mientras ella me agarraba del pelo y gritaba sin contenerse. Le comí todo hasta hacerla acabar en mi cara, temblando, empapándome.

Sin esperar me puse de pie, la agarré de las caderas y la giré para que se apoyara en el respaldo del sillón, dándome la espalda. Le levanté la bata y le metí la verga de un solo golpe que la hizo gritar mi nombre. La cogí ahí parada, doblada sobre el sillón, agarrándola del pelo con una mano y dándole nalgadas con la otra mientras ella pedía más y más.

"¡Eso es, dale, no pares, repartidor!", gritaba apretando el cuero del sillón.

El morbo era insoportable. Esa mujer elegante, refinada, dueña de un penthouse que valía millones, ahí doblada sobre su sillón carísimo pidiendo que el delivery le diera más fuerte. Le di con todo hasta que los dos acabamos, ella con un orgasmo que le dobló las rodillas y yo vaciándome dentro de ella con un gruñido que me salió del alma.

Nos desplomamos juntos en el sillón, sudados, jadeando, riéndonos como dos locos.

"Esto se va a volver costumbre", me dijo pasándome los dedos por el abdomen.

"¿Te quejas?", le pregunté.

"Para nada. Pero mi cartera sí se va a quejar", dijo riéndose.

Esa noche me fui con otro sobre, más gordo que el primero, y con un perfume caro que me regaló porque "quería que oliera a alguien con clase cuando anduviera por ahí".

Han pasado cuatro meses desde esa primera vez. Nos vemos dos o tres veces por semana. A veces en su penthouse, a veces me lleva a comer a restaurantes donde una entrada cuesta lo que yo gano en un día. Me ha regalado ropa, un celular nuevo, y siempre me deja plata que me ayuda a pagar la universidad y el alquiler sin matarme trabajando.

Pero no es solo por eso que voy. El sexo con Lucía es de otro planeta. Cada vez es diferente, cada vez probamos algo nuevo, cada vez me sorprende con algo. Tiene la experiencia de una mujer que sabe lo que quiere y la energía de alguien que está recuperando el tiempo perdido. Y yo tengo 24 años y las ganas de darle todo lo que necesita.

Mis patas me preguntan de dónde saco para mis cosas nuevas. Les digo que me están yendo bien las propinas. No mienten del todo.

Continuará

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