LA IRRESISTIBLE SEDUCCIÓN DE LA SRA. GEORGINA 8
Aquà tienes el capÃtulo con el diálogo susurrado de Karina integrado mientras los observa y se masturba a escondidas:
CapÃtulo 8: Sombras, alcohol y voyeurismo
El sol del mediodÃa caÃa a plomo sobre la casa de playa, pero la verdadera temperatura se medÃa en las miradas. Tras el incidente de la madrugada, Yael esperó encontrar a una Karina distante o sospechosa durante el desayuno frente al mar. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario. Karina se despertó con una energÃa vibrante, extrañamente cariñosa y complaciente, lanzando comentarios de doble sentido que hacÃan que a Yael se le erizara la piel.
—Te ves cansado, mi amor... —dijo Karina mientras le servÃa café, rozándole los hombros por detrás—. Se ve que el insomnio y el aire fresco de la terraza frente al mar no te dejaron descansar anoche.
Georgina, sentada al otro lado de la mesa con un pareo transparente sobre un bikini blanco, bebió un sorbo de su jugo sin perder la compostura, pero sus ojos devoraron a Yael por encima del borde del vaso.
—El ambiente de aquà es asÃ, hija —intervino Gina con voz aterciopelada—. Despierta instintos que uno tenÃa bien guardados. Por eso sugerà que hoy en la noche salgamos a bailar. Hay un club en la marina, a diez minutos. Música, luces, unas copas... nos va a venir bien a los tres.
Karina aplaudió entusiasmada, encantada con la idea de salir a disfrutar de la costa. Yael solo pudo asentir, sintiendo que la trampa alrededor de él se cerraba cada vez más, alimentada por el deseo y la adrenalina.
A las once de la noche, la discoteca de la marina era un hervidero de gente, música electrónica retumbando en las paredes y luces estroboscópicas cortando la penumbra. Gina vestÃa un vestido negro ajustado con un escote pronunciado en la espalda que no dejaba nada a la imaginación; Karina, deslumbrante con un vestido corto de lentejuelas, no dejaba de bailar pegada a Yael en medio de la pista.
Tras varias rondas de shots de tequila, el alcohol comenzó a surtir efecto. Karina, acalorada y entusiasmada, le gritó al oÃdo a Yael por encima de la música:
—¡Voy al baño a retocarme el maquillaje y a pedir otra ronda! ¡No te muevas!
Apenas Karina se perdió entre la multitud hacia la zona de baños, Georgina apareció como una sombra a espaldas de Yael. Su mano se deslizó con descaro por la cadera del joven hasta apretarle el trasero con fuerza.
—Te vi cómo la mirabas bailar... pero sé que en quien estás pensando es en mà —le susurró Gina al oÃdo, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. Ven conmigo, rápido.
Sin darle tiempo a protestar, Gina lo tomó de la mano y lo arrastró hacia el pasillo trasero del antro, una zona de paso restringido hacia las salidas de emergencia donde la iluminación era casi nula y el retumbo de la música se escuchaba ahogado.
—¿Qué haces, Gina? Karina va a regresar en cualquier momento... —dijo Yael intentando sonar firme, aunque ya la estaba acorralando contra la pared de concreto.
—Que nos busque si quiere... —desafió ella con la respiración entrecortada.
Gina le subió el vestido negro hasta la cintura de un solo tirón. No llevaba pantis. El olor a su perfume mezclado con su propio deseo llenó el estrecho pasillo. Se abrió de piernas y se tomó de las cadenas decorativas de la pared.
—Cógeme aquÃ, Yael. Métemela ya antes de que nos cache alguien.
La provocación fue demasiado para Yael. La adrenalina de estar en un lugar público, donde cualquier empleado o cliente podÃa dar la vuelta a la esquina, lo cegó por completo. Se desabrochó el pantalón, sacó su miembro erecto y, sin más preámbulos, la embistió de un solo golpe seco, sepultándose dentro de ella.
—¡Agh... sÃ, carajo! —ahogó Gina un gemido, clavándole las uñas en los hombros mientras Yael comenzó a embestirla con violencia y ritmo acelerado.
Lo que ninguno de los dos sabÃa era que Karina, al cambiar de ruta buscando una salida menos saturada, se habÃa adentrado en el pasillo lateral. Al escuchar los ruidos ahogados y el chasquido húmedo de los cuerpos, se detuvo en seco en la penumbra de la esquina.
A través de la escasa luz y el destello intermitente de una luz roja del techo, Karina los vio.
El impacto inicial le congeló la respiración, pero en lugar de sentir rabia o celos, una ola de calor abrasador le recorrió todo el cuerpo. Vio a su madre entregada por completo, con la cabeza echada hacia atrás y el vestido subido, y a su novio tomándola de las caderas con ferocidad, embistiéndola sin piedad contra la pared. El espectáculo erótico era tan crudo, prohibido y salvaje que sus piernas temblaron.
Sin poder apartar la vista, Karina se recargó contra la pared oscura del pasillo. Con los ojos dilatados y la respiración cortada, deslizó lentamente su mano temblorosa por debajo de su propio vestido corto de lentejuelas. Sus dedos encontraron su ropa interior empapada de excitación; apartó la tela a un lado y comenzó a frotarse el clÃtoris con desesperación, mordiéndose el labio inferior mientras el ritmo frenético de los dedos la consumÃa.
—Dios mÃo... mi mamá... la estás cogiendo como a una puta... y a mà me encanta... —susurró Karina en un soplo casi inaudible contra la pared, con los ojos fijos en el ir y venir de la espalda de Yael.
—Más rápido, Yael... métemela toda, rómpeme la panocha como anoche... —gemÃa Gina en un susurro desesperado que retumbaba en los oÃdos de Karina.
—SÃ, dale duro, Yael... dales a las dos... —murmuró Karina entre dientes, frotándose cada vez más rápido mientras el sudor y la adrenalina la desbordaban.
Yael aumentó la velocidad de las estocadas, apretándole las nalgas a Gina con fuerza hasta que sintió los espasmos de la madre apretándolo por dentro. Con un último empujón profundo, Yael se vino dentro de ella con un gruñido sordo, manteniendo su cuerpo pegado al de Gina mientras ambos jadeaban exhaustos.
En el mismo instante en que su madre alcanzaba el orgasmo, Karina, con un último susurro ahogado: —Agh... Yael...— y los dedos bañados en sus propios jugos, se vino con fuerza contra su mano, apretando los muslos y conteniendo el aliento para no ser descubierta.
Con el cuerpo temblando y el corazón a mil por hora, Karina se limpió disimuladamente con un pañuelo de papel que llevaba en el bolso y se escabulló en silencio hacia la parte iluminada del antro, dejando que sus pupilas dilatadas y su sonrisa encendida delataran el secreto que ahora compartÃan.
Minutos después, Yael y Gina regresaron a la mesa arreglándose la ropa de prisa y tratando de disimular la respiración agitada.
—Perdón la tardanza, Karina, tu mamá se sintió un poco mareada por el alcohol y la acompañé a tomar aire... —se excusó Yael, sintiendo la gota de sudor frÃo en la espalda.
Karina los miró a ambos de arriba abajo. Su mirada se posó en el cuello rojo de Yael y luego en los labios ligeramente hinchados de su madre. SabÃa exactamente lo que acababa de pasar y lo que su cuerpo habÃa sentido al presenciarlo. Lejos de cualquier reclamo, Karina se acercó a Yael, le pasó un brazo por la cintura y le dio un beso lento y cargado de intención en los labios, para luego mirar fijamente a su madre a los ojos.
—No se preocupen... —dijo Karina con una voz suave pero cargada de una insinuación brutal—. Sé perfectamente lo acalorado que puede ponerse este lugar. ¿Qué les parece si nos regresamos ya a la casa de playa? Siento que la noche apenas va a empezar para los tres.
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