Los vi hacerlo por la rendija y no fui capaz de cerrar la puerta
Lo dije en el postre, con la cuchara todavía en la boca, porque si esperaba un segundo más me lo iba a tragar otros ocho años.
—Quiero verte con otra mujer.
Víctor dejó el vaso. No dijo nada durante un tiempo que a mí me pareció geológico. Afuera, quince pisos abajo, Rosario zumbaba con esa mansedumbre de sábado, y el río era una franja negra al fondo del ventanal.
—¿Verme —dijo al fin— o que lo haga?
—Verte. Escondida. Que no sepa que estoy.
Se me quemaba la cara. Llevaba meses con esa imagen adentro como una astilla: Víctor encima de alguien que no era yo, y yo mirando desde un rincón oscuro, sin que nadie me mirara a mí. Me daba vergüenza hasta pensarlo mientras me tocaba, y sin embargo me tocaba pensándolo. Casi siempre.
—Beatriz. —Me tomó la mano—. ¿Esto es porque conmigo ya no…?
—Es porque con vos quiero todo. Y esto es parte de todo.
Le llevó cuatro días. Víctor es ingeniero: necesita cálculo, coeficiente de seguridad, permiso firmado por triplicado. Volvió el miércoles con una lista de reglas escritas en el celular, y me enamoré un poco más de él por eso. Preservativo siempre. Si alguno de los dos dice "listo", se termina, sin explicaciones. Nada de mentiras después. Y la número cinco, que la escribió él solo: *si Beatriz quiere salir, sale.*
Irene la habíamos conocido en un rodaje de catálogo, tres meses atrás. Fotógrafa, veintinueve, esa clase de mujer que te sostiene la mirada dos segundos más de lo necesario y después se ríe de vos por incomodarte. Le escribí yo. Le dije la verdad a medias: que queríamos invitarla, que Víctor y yo estábamos abriendo algo, que ella me parecía la persona con menos miedo que conocía.
Contestó en once minutos: *Me encanta que me usen para eso. ¿Sábado?*
El sábado ordené el departamento tres veces. Puse luces bajas, esa playlist de lounge que suena a hotel caro, hielo, gin. Y armé el escondite: el vestidor del cuarto tiene puertas corredizas de listones, y si dejaba una abierta veinte centímetros y me sentaba en el puf, tenía la cama entera y no me veía nadie. Lo probamos. Víctor se acostó y me preguntó desde ahí:
—¿Me ves?
—Te veo todo.
—¿Y estás bien?
Ya estaba mojada. No se lo dije.
Irene llegó a las diez con una botella de vino y el pelo húmedo. Vestido negro, borceguíes, cero maquillaje salvo la boca. Nos besó en la mejilla a los dos y se paró frente al ventanal como si el paisaje fuera suyo.
—Qué obscenidad de vista tienen.
—Es lo único caro que compramos en la vida —dijo Víctor.
—Mentira. —Se dio vuelta, apoyó la espalda en el vidrio—. También me compraron a mí esta noche.
Víctor se rió y se le fue el aire junto. Yo serví. Hablamos veinte minutos de nada: de un cliente insoportable, de un fotógrafo que le robó una idea, de que en el edificio de enfrente nunca cierran las cortinas. Después Irene apoyó la copa y preguntó, con la naturalidad de quien pide sal:
—¿Y cómo lo hacemos? ¿Los tres, o vos mirás?
Se me detuvo algo en el pecho.
—¿Por qué preguntás eso?
—Porque me escribiste vos, no él. —Se encogió de hombros—. Y porque hay una silla en el vestidor que no estaba la última vez que fui a dejar la campera.
Víctor me miró. Le hice un gesto mínimo con la cabeza.
—Mirás —dijo ella, y sonrió despacio, y no fue una sonrisa de burla; fue de hambre—. Bueno. Entonces te voy a dar algo lindo para mirar. —Se acercó a mí, tan cerca que le sentí el vino en el aliento—. Pero después salís. Vas a salir, Beatriz.
—No sabés eso.
—Sé eso.
Me metí en el vestidor con el corazón golpeándome en la garganta y me senté en el puf con las rodillas contra el pecho. Escuché los borceguíes cayendo en el pasillo. Escuché la risa de Víctor, corta, nerviosa. Y después entraron.
Verlo besarla fue lo peor y lo mejor que me pasó ese año. Lo peor duró seis segundos: un tirón feo en el estómago, ganas de gritar que pararan. Después el tirón se dio vuelta como una media y se convirtió en otra cosa, en un calor espeso que me bajó por el vientre y me abrió las piernas sola.
Ella le sacó la camisa de un tirón. Víctor le bajó los breteles y el vestido cayó al piso; no tenía corpiño y tenía las tetas más chicas que las mías, con los pezones oscuros y parados, y cuando él le puso la boca ahí ella echó la cabeza atrás y dijo "así, así" con una voz que no era la de la sala. Yo me llevé la mano al short y me encontré empapada. Ni disimulé. Metí los dedos y empecé a moverme al ritmo de ellos.
Víctor la acostó y le abrió las piernas y bajó. Desde mi ángulo le veía la nuca, el movimiento lento de la mandíbula, y le veía a ella los pies clavándose en el colchón. Conozco esa lengua. Sé exactamente qué está haciendo, en qué círculo, con cuánta presión, y verlo hacérselo a otra —oírla decir mierda, mierda, no pares, con el acento de ella y no el mío— me puso más loca que cualquier cosa que hubiera sentido en la cama en años. Me mordí el labio para no hacer ruido. Irene se vino con la mano en el pelo de Víctor, tirándole, temblándole los muslos alrededor de la cara de mi marido.
—Vení —dijo ella, ronca, y se sentó y le abrió el cinto.
Se la chupó mirando hacia el vestidor. A mí. Con los ojos abiertos y clavados en la ranura donde ella sabía que yo estaba, y se la sacaba de la boca y le pasaba la lengua por toda la extensión sin dejar de mirar. Víctor gemía con la cabeza tirada atrás, sin idea. Yo me estaba masturbando con la mano entera adentro del short, sin respirar, a punto de venirme y sin querer venirme todavía.
Se puso el preservativo ella. Se subió encima y bajó de una vez, de golpe, y los dos hicieron el mismo sonido animal. Empezó a moverse, las manos apoyadas en el pecho de él, el pelo cayéndole en la cara, y Víctor le agarraba la cintura y la subía y la bajaba. La cama sonaba. El departamento entero sonaba.
Y entonces Víctor giró la cabeza hacia el vestidor y dijo, entre dientes, jadeando:
—Beatriz.
No una pregunta. Un llamado.
Abrí la puerta. Salí con el short empapado y las piernas flojas, y ninguno de los dos se detuvo; Irene siguió cabalgándolo y estiró una mano hacia mí.
—Te dije.
Me arrancó la remera. Me besó con la boca todavía con gusto a Víctor, hondo, sin permiso, y yo se lo devolví con una furia que no me conocía. Víctor me metió la mano en el short y encontró el desastre que era yo y dijo "Dios mío" y no supe si por eso o por lo que le hacía Irene adentro.
Me saqué todo. Me subí a la cama de rodillas y Irene me empujó hacia adelante hasta que quedé sentada sobre la cara de mi marido, mirándola a ella, y sentí la lengua de Víctor abriéndome desde abajo mientras ella me agarraba las tetas y me mordía el cuello. Nos movimos las dos sobre él, encima, sostenidas una en la otra, y en algún momento nos estábamos besando otra vez y yo tenía la mano entre sus piernas, en el punto donde él la penetraba, tocándolos a los dos al mismo tiempo, sintiéndolo entrar y salir de ella con las yemas de mis dedos.
Me vine así, con la boca de Víctor devorándome y la lengua de Irene en la mía, gritando algo que no era una palabra. Ella se vino después, o al mismo tiempo, no sé; se derrumbó sobre mí y me clavó los dientes en el hombro. Y Víctor me sacó de encima con una fuerza que no le conocía, me puso en cuatro al lado de ella y me cogió así, mirándome la espalda, hasta que se vino con la frente apoyada entre mis omóplatos, diciendo mi nombre, solamente mi nombre, tres veces.
Quedamos los tres tirados, transpirados, la sábana hecha una soga. Irene se rió sola en el techo.
—Los odio. Recién ahora me doy cuenta de lo bien que se llevan.
Se fue a la una y media, vestida, fresca, con la botella de vino sin terminar bajo el brazo y un beso en la boca para cada uno. Sin números, sin promesas. Perfecta.
Víctor cerró la puerta y volvió a la cama. Nos quedamos frente a frente, la ciudad titilando detrás del vidrio, sin tocarnos todavía.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Estoy acá —dije—. Nunca estuve más acá.
Me miró un rato largo. Y lo que había en esa mirada no era culpa, ni miedo, ni la pregunta de siempre. Era yo, entera, por primera vez en ocho años sin nada guardado en un vestidor.
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