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Con la masajista madura

2 min de lectura

Me lesioné la pierna en una caminata y terminé haciendo rehabilitación en una clínica cerca de mi casa. Nada fuera de lo normal… hasta que me tocó hacer las sesiones con Valeria.

La primera vez que la vi me llamó mucho la atención.

No era una chica joven, tendría unos cuarenta, pero tenía algo especial. Morena clara, cuerpo delgado pero con buenas curvas, cabello oscuro siempre recogido y una forma de hablar muy tranquila. Pero lo que más imponía era su actitud… esa seguridad de mujer que sabe perfectamente lo que provoca.

Desde el primer día me ponía nervioso tenerla tan cerca.

Durante las sesiones me hacía recostar mientras trabajaba mi pierna. Sus manos eran firmes, profesionales, pero el contacto, su perfume y lo cerca que estaba de mí me alteraban bastante. Yo trataba de mantener la calma, pensar en cualquier cosa, pero no siempre era fácil.

Las semanas fueron pasando y cada sesión se sentía más cómoda… demasiado cómoda. Empezamos a hablar más, a bromear, a mirarnos más de lo normal. Había algo raro entre nosotros, una tensión que se sentía pero nadie decía.

Hasta que pasó un día distinto.

Era invierno, llovía fuerte y cuando llegué al centro estaba prácticamente vacío. En recepción me dijeron que todos habían cancelado. Solo estaba ella.

—Hoy estamos tranquilos —me dijo sonriendo—, no hay nadie más.

No sé por qué, pero eso cambió todo.

La sala estaba en silencio, con las luces bajas y el sonido de la lluvia afuera. El ambiente se sentía más privado, más íntimo. Durante la sesión ella estaba más cerca que nunca y yo estaba completamente consciente de cada movimiento suyo.

Y bueno… mi cuerpo reaccionó.

Trataba de disimular, pero era imposible. Ella se dio cuenta enseguida de como se me paró el amiguito. Miró, levantó la vista y me sonrió con una tranquilidad que me descolocó.

—Relájate —me dijo—. Es algo normal.

Lo dijo como si nada, sin incomodidad, sin reproche. Eso solo hizo que todo se sintiera más intenso.

La sesión siguió, pero el ambiente ya era otro. Había una tensión fuerte entre los dos. Cada roce parecía durar un poco más, cada mirada era distinta.

En un momento nuestras miradas se cruzaron y nadie dijo nada.

El silencio se volvió pesado. Podía sentir su respiración cerca, el calor de su cuerpo, su presencia demasiado próxima. Ella me observaba con calma, como disfrutando mi reacción.

—La recuperación no siempre es solo física —me dijo en voz baja.

En ese momento supe que no estaba imaginando nada.

Había algo entre nosotros. Algo real.

Ella volvió a su postura profesional como si nada hubiera pasado, pero en su mirada quedaba esa chispa… esa intención que decía más que cualquier palabra.

Salí de la clínica con la cabeza hecha un lío y el cuerpo todavía alterado.

Pero también con algo muy claro:

quería volver a verla.

Continuaraa.......

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