La tía de la bodega me pidió que le arregle el caño y terminé arreglándole otra cosa
Voy a contar algo que no le he dicho a ninguno de mis causas y que si se enteran me matan de la envidia. Pero necesito soltarlo en algún lado porque me la vengo guardando hace rato y ya no puedo más, csm.
engo que hablarles de la tia Carmen. En mi barrio siempre hubo una tía que todos los chibolos mirábamos cuando pasaba, la típica que te hace voltear el cuello como búho y después comentas con tus causas "hermano, tremendo rabo". Esa tía era Carmen, la dueña de la bodeguita de la esquina. Tiene 45 años pero camina por el barrio como si tuviera 30. Blancona, caderona, con un culo que no le cabe en ningún pantalón y que cuando se pone esos buzos deportivos para ir a caminar por las mañanas, todos nos quedábamos mirándola como huevones. Cara bonita, sonrisa fácil, pechos medianos pero bien puestos. Separada hace años, el hijo se fue a estudiar a otra ciudad, así que vive sola arriba de la bodega. Siempre fue buena gente conmigo, me fiaba las galletas cuando era chibolo y me trataba como a un sobrino. Yo la respetaba, pero csm, eso no me impedía alucinármela cada vez que la veía agacharse a sacar las gaseosas de abajo del mostrador.
La cosa empezó hace como dos meses. Fui a comprar unas cosas a su bodega un domingo en la mañana y me atendió en pijama, una de esas pijamas cortitas que le marcaban todo el rabo. Me quedé mirándola más de lo debido y ella se dio cuenta, pero no dijo nada, solo me sonrió y me dio el vuelto rozándome los dedos.
"Oye, tú que sabes arreglar de todo", me dijo cuando ya me iba, "tengo un caño en la cocina que gotea hace días y me tiene loca. ¿Podrías subir a verlo cuando tengas un ratito? Te pago, obvio."
"Claro, tía Carmen, hoy en la tarde caigo", le dije haciéndome el tranquilo cuando por dentro estaba que explotaba. ¿Subir a su jato? ¿Ella sola? Csm, las manos me sudaban.
Caí a las cuatro. Subí las escaleras detrás de la bodega que llevan a su departamento y me abrió la puerta con un short y una camiseta suelta que le dejaba ver un hombro. Olía rico, se había perfumado. "Pasa, pasa, está por acá", me dijo caminando adelante de mí y yo mirándole ese culazo moverse de un lado al otro como hipnotizado. Csm, parecía un pendejo de quince pero no podía evitarlo.
El caño era una huevada, una empaquetadura gastada que cambié en diez minutos. Pero ella se quedó ahí parada en la cocina mirándome todo el rato mientras yo estaba agachado bajo el lavadero. Me hacía conversación, me preguntaba por mi vida, por la chamba, por si tenía flaca.
"No, tía, estoy solo", le dije saliendo de abajo del lavadero todo sudado.
"¿Cómo que solo? Un chico alto y guapo como tú", me dijo apoyada en el marco de la puerta. "Las chiquillas de ahora no saben lo que se pierden."
Me ofreció una gaseosa y nos sentamos en su sala a conversar. La cosa fluía chévere, ella se reía de todo lo que yo decía, me tocaba el brazo cuando hacía una broma, se me acercaba para hablarme bajito como si alguien nos pudiera escuchar. En un momento me di cuenta de que estábamos sentados bien pegados en el sillón y que su rodilla estaba contra la mía.
Me puse arrecho. Así de simple. La tenía ahí al lado, perfumada, con ese short que le marcaba todo, sola en su jato, riéndose con esa risa que me hacía hervir la sangre. Así que me la jugué. Me acerqué despacio, le puse la mano en la rodilla y la miré fijo.
"Tía Carmen, usted sabe que siempre me ha parecido la mujer más linda del barrio."
Csm, la tía cambió la cara al toque. Se paró del sillón como si la hubiera pinchado y me dijo: "No, no, no. Para ahí. Yo te conozco desde que eras un mocoso, te he vendido caramelos. No está bien."
Me palteé horrible. Le pedí disculpas, le dije que se me había pasado la mano, que fue el momento. Ella se calmó, me dijo que no pasaba nada pero que mejor me fuera. Bajé las escaleras con el rabo entre las piernas, nunca mejor dicho, y me fui a mi jato pensando que la había cagado monumental.
Pasaron como diez días. Nada. Ni un mensaje. Cuando iba a la bodega me atendía normal pero fría, puro "hola" y "chau". Yo ya la daba por perdida, pensaba "ya fue, la cagaste, sigue tu vida".
Hasta que un martes en la noche me llega un mensaje: "Hola, disculpa que te moleste. La chapa de mi puerta se malogró y no puedo cerrar bien. ¿Podrás venir mañana a revisarla? Me da miedo dormir con la puerta así."
Leí ese mensaje como diez veces. ¿Me estaba pidiendo que vuelva a su jato? ¿Después de lo que pasó? O de verdad se le malogró la chapa o me estaba dando una segunda oportunidad. Sea lo que sea, le respondí al toque: "Mañana a las 6 caigo, tía."
Al día siguiente me bañé bien, me puse ropa limpia, un poco de colonia que tenía guardada, y subí a su jato con mi caja de herramientas. Me abrió con un vestidito suelto de esos de estar en casa pero que le quedaba de la ptm. Se le marcaban las caderas, el culo, todo. Y cuando me saludó con un beso en la mejilla, noté que se había maquillado un poquito y estaba perfumada de nuevo. Ahí dije: "Esta tía no me llamó solo por la chapa."
Fui a revisar la puerta. La chapa sí estaba medio jodida, así que la desarmé y me puse a trabajar. Ella se sentó en una silla cerca mirándome, con un vinito en la mano, haciéndome conversación. Esta vez el ambiente era diferente. Más relajado, más íntimo. Me preguntó si quería un trago y le dije que sí, me sirvió un vaso de vino y brindamos ahí en el pasillo como dos huevones.
Terminé con la chapa y ella me dijo: "¿Te quedas un rato? Compré pizza."
Nos sentamos a comer pizza y tomar vino en su cocina. La conversación se puso más personal: me contó que se sentía sola desde que su hijo se fue, que extrañaba tener compañía, que las noches eran largas. Me miraba de una forma distinta a la vez anterior, ya no con susto sino con algo más. Con ganas.
"¿Sabes?", me dijo después del segundo vaso de vino, "me sentí mal por cómo reaccioné el otro día. No estuvo mal lo que me dijiste, me asusté nomás. Hace mucho que un hombre no me dice algo bonito."
Ahí supe que era mi momento. Pero esta vez no fui directo como la primera vez. Me acerqué despacio, le quité el vaso de la mano, se lo dejé en la mesa y me quedé mirándola. Ella no se movió. Le acomodé un mechón de pelo detrás de la oreja y le acaricié la mejilla.
"Tía Carmen...", empecé a decir.
"No me digas tía", me cortó bajito.
Y ella me besó. Ella a mí. Me agarró de la camiseta, me jaló hacia ella y me plantó un beso que me dejó sin aire. Sus labios sabían a vino y su lengua me buscaba con una urgencia que me puso duro al instante. Le agarré la cintura y la apreté contra mí, sintiendo esas caderas anchas y ese culo enorme contra mis manos.
Nos besamos como locos en esa cocina, parados entre la mesa y la refri, tirando vasos, sin importarnos nada. Le metí las manos por debajo del vestido y le agarré el culo con las dos manos, ese culo que me había quitado el sueño desde chibolo. Era enorme, firme, caliente, y se desbordaba de mis manos. Carmen gemía contra mi boca mientras yo se lo apretaba y la pegaba contra mi erección.
"Vamos al cuarto", me dijo con la voz entrecortada.
Me llevó al cuarto jalándome de la mano, cerró la puerta y se sacó el vestido de un tirón. Tenía un calzón sencillo y un sujetador blanco, nada de encaje ni nada fino, pero csm, con ese cuerpo no necesitaba nada de eso. Se veía espectacular. Le quité el sujetador y le salieron esas tetas que tanto había imaginado, no eran enormes pero estaban firmes y tenían los pezones paraditos. Se las agarré, se las chupé, y ella me sacaba la camiseta desesperada.
Me empujó a la cama y se arrodilló para bajarme el pantalón. Cuando me sacó la verga le brillaron los ojos y se la metió a la boca sin pensarlo. La chupaba con ganas, con hambre de meses o años sin tener a un hombre, me la lamía de arriba abajo mirándome con esos ojos que me decían que estaba disfrutando cada segundo.
La paré porque no quería acabar ahí. La levanté, le bajé el calzón y por fin vi ese culo en todo su esplendor, a centímetros de mi cara. Tremendo. La tiré boca arriba en la cama, le abrí las piernas y me puse a comerle todo. Estaba mojadísima y sabía rica, le lamí el clítoris mientras le metía los dedos y la tía gritaba tapándose la boca con la almohada para que no la escucharan los vecinos.
"¡Cállame, por favor, que me van a escuchar!", me decía entre gemidos, y yo le daba más fuerte con la lengua.
Acabó en mi boca, temblando entera, agarrándome del pelo. No le di respiro. Me subí, la abrí de piernas y la penetré de un solo golpe. Carmen soltó un grito ahogado y me clavó las uñas en la espalda. Estaba apretada, caliente, y sentirla fue como cumplir un sueño de toda la adolescencia. Le di con todo, sin contenerme, viéndole rebotar las tetas con cada golpe mientras ella se mordía el labio para no gritar.
La puse en cuatro y casi me desmayo de la vista. Ese culazo blanco y enorme ahí para mí, ofreciéndose. Le di una nalgada que le dejó la mano marcada y la penetré desde atrás agarrándola de las caderas. Le di duro, con rabia acumulada de años de mirarla pasar por el barrio sin poder tocarla. Ella hundía la cara en la almohada gritando cosas que no se entendían.
Cuando sentí que ya no aguantaba, la giré boca arriba y acabé en sus tetas mientras ella me pajeaba mirándome con una sonrisa de satisfacción que nunca voy a olvidar. Me desplomé a su lado y nos quedamos un rato ahí, sudados, riéndonos bajito como dos cómplices.
"Nadie puede saber", me dijo acariciándome el pecho. "Imagínate que se enteran en el barrio."
"Caleta total, Carmen. El que come callado repite."
Me invitó un café, comimos las sobras de la pizza, me dio un beso en la puerta y bajé las escaleras con una sonrisa de huevón que no me la quitaba nadie.
Desde esa noche nos vemos cada semana. Yo subo caleta, siempre con mi caja de herramientas por si algún chismoso me ve en las escaleras. "La tía Carmen me pidió que le arregle no sé qué", digo si alguien pregunta. Nadie sospecha nada.
Les juro que el sexo con ella es una locura. Tiene la experiencia de una mujer que sabe lo que quiere y las ganas de alguien que está recuperando el tiempo perdido. Y ese culo, csm, ese culo vale cada riesgo de que me agarren subiendo sus escaleras.
Lo más gracioso es que mis causas del barrio siguen alucinándola cuando pasa con su buzo deportivo. El otro día estaba con mi pata y me dice "huevón, mira ese rabo, quién fuera" y yo ahí callado, tomándome mi gaseosa sin decir ni mierda. Si supieran que yo soy el que le está dando mantenimiento a domicilio, se mueren de la envidia.
Pero como digo siempre: el que come callado, repite. Y yo pienso repetir bastante, csm.
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