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Me cogi a mi compañera , me volvió loco desde el primer día

11 min de lectura

Hay personas que entran a tu vida sin aviso y te desarman por completo. Fernanda fue exactamente eso. Un terremoto disfrazado de compañera de trabajo.

El primer día en la tienda, cuando el encargado me la presentó, ella me miró de una forma que no supe descifrar. No fue una mirada casual de "mucho gusto". Fue algo más. Sus ojos se quedaron en los míos dos segundos más de lo normal, como si estuviera leyendo algo en mi cara que ni yo mismo sabía que estaba escrito ahí. Después sonrió levemente, me dio la mano y siguió con lo suyo. Pero ese momento se me quedó grabado como una marca de fuego.

Yo tenía dieciocho años. Ella diecinueve, aunque cualquiera le habría dado más. Cabello largo, castaño, que le caía sobre los hombros como una cortina de seda. Alta, con un cuerpo que el uniforme de trabajo intentaba disimular sin éxito. Porque había cosas que la tela no podía esconder: la curva de su cintura, el movimiento de sus caderas cuando caminaba entre los pasillos, la forma en que la camiseta se ajustaba en los lugares exactos para volverme loco sin que ella aparentemente hiciera ningún esfuerzo.

O quizás sí lo hacía. Quizás lo sabía perfectamente. Y eso era lo peor.

Los primeros días traté de concentrarme en el trabajo. Aprender las funciones, memorizar procesos, demostrar que era responsable. Pero cada vez que Fernanda pasaba cerca, algo en mi cerebro se desconectaba. Podía estar ordenando inventario y de repente captaba su perfume, o escuchaba su risa al fondo del local, y todo lo demás dejaba de existir por un instante.

Lo más desconcertante era que cada vez que la miraba de reojo, la encontraba mirándome. No siempre. No de forma obvia. Pero lo suficiente como para que yo supiera que no me lo estaba inventando.

Entonces llegó ese día. El jefe no apareció. No recuerdo si estaba enfermo, si tenía una reunión, si se le dio la gana. Lo que recuerdo es que alguien abrió las cervezas del local y de pronto el ambiente cambió por completo. Se acabaron las formalidades. Las risas subieron de volumen. El trabajo pasó a segundo plano.

Yo bebía despacio, tratando de mantener el control, pero el alcohol hacía lo que siempre hace: bajar las defensas. Y las mías, con Fernanda cerca, ya estaban bastante bajas.

La observaba desde mi esquina del grupo. Estaba sentada con las piernas cruzadas, riéndose de algo que alguien dijo, y la forma en que echaba la cabeza hacia atrás al reír me dejaba ver la línea de su cuello, la clavícula, ese espacio suave donde la piel parece más delicada. Cada vez que me miraba, yo sentía una descarga eléctrica que me bajaba por la columna.

Así que hice lo que el alcohol y la atracción me dictaron: me senté a su lado. Cerca. Más cerca de lo estrictamente necesario entre compañeros de trabajo. Ella no se movió. No se alejó ni un centímetro.

Hablamos. Nos reímos. Nuestros brazos se rozaban y ninguno de los dos hacía nada por evitarlo. En algún momento, entre la tercera o cuarta cerveza, solté una frase sin pensarla demasiado:

—Saben, hace tanto que no tengo pareja que ya olvidé cómo se besa.

Lo dije al grupo, pero mis ojos estaban puestos en ella. Y Fernanda, sin dudar, sin bajar la mirada, con esa seguridad que me quitaba el aire, respondió:

—No te preocupes, eso tiene solución.

El grupo estalló en gritos y risas. Yo me ruboricé como un idiota. Ella me sostuvo la mirada con una sonrisa que era una mezcla perfecta entre inocencia y provocación. Y en ese momento supe que algo iba a pasar entre nosotros. No era cuestión de si, sino de cuándo.

La respuesta llegó más rápido de lo que esperaba.

A la hora de salida, cuando ya todos se estaban yendo, escuché que me llamaban desde la oficina del fondo. Su voz. Inconfundible.

Entré con el corazón golpeándome las costillas. Fernanda estaba apoyada contra el escritorio, con los brazos cruzados y esa mirada que ya conocía. La misma del primer día, pero ahora sin filtro, sin disimulo.

—Bueno, ya que estás aquí —dijo con voz tranquila—, quiero ayudarte con ese problemita que tienes.

—¿Y qué puedes hacer por mí? —le pregunté, intentando sonar seguro aunque las manos me temblaban.

No me respondió con palabras.

Dio dos pasos hacia mí, eliminando toda distancia, y antes de que pudiera procesar lo que pasaba, sus labios estaban sobre los míos.

Fue como si alguien encendiera un fósforo dentro de mi pecho. La besé con todo lo que tenía. Con las ganas acumuladas de semanas mirándola de lejos, de imaginarla, de desearla en silencio. Le acaricié las mejillas, el cuello, y mis manos bajaron por su cintura hasta sus caderas, atrayéndola hacia mí. Sentí sus manos subir por mi pecho, despacio, quemándome a través de la tela.

El beso era profundo, intenso, desordenado. Sabía a cerveza, a urgencia y a algo que no tiene nombre pero que se siente como un incendio. Estaba a punto de perder completamente el control cuando escuchamos pasos acercándose.

Nos separamos de golpe. Los dos agitados, con la respiración rota y los ojos diciéndose todo lo que la boca ya no podía decir.

Alguien pasó por el pasillo sin entrar. Falsa alarma. Pero el momento se había roto.

—Esto no termina aquí —me dijo ella al oído, tan cerca que sentí sus labios rozarme la piel. Y se fue.

Me quedé solo en esa oficina, apoyado contra la pared, tratando de recordar cómo se respiraba con normalidad.

Las semanas siguientes fueron una tortura deliciosa.

Me cambiaron de tienda. Ya no la veía todos los días. Pero nos escribíamos. Mensajes que empezaban inocentes y terminaban cargados de doble sentido. Audios nocturnos donde su voz se volvía más grave, más íntima, más peligrosa. Cada conversación era un juego de ajedrez donde los dos movíamos piezas hacia el mismo lugar, pero ninguno se atrevía a dar el jaque todavía.

Hasta que llegó la fiesta de la empresa.

La vi antes de que ella me viera a mí. Estaba al fondo del salón, con un vestido que no le había visto nunca. Negro, ajustado, que le abrazaba el cuerpo como si hubiera sido diseñado específicamente para destruirme. Llevaba el pelo suelto y algo de maquillaje que le oscurecía la mirada de una forma que me hizo tragar en seco.

Cuando nuestros ojos se encontraron a través del salón lleno de gente, el ruido desapareció. Todo desapareció. Fue como si el universo entero se redujera a ese hilo invisible que nos conectaba.

No nos acercamos de inmediato. Eso habría sido demasiado obvio. En cambio, pasamos la noche lanzándonos miradas a distancia. Cada vez que yo la buscaba con los ojos, ella ya me estaba mirando. Y cada vez que ella miraba hacia donde yo estaba, yo no podía apartar la vista. Era un juego de provocación silenciosa que me tenía al borde.

Llegó la madrugada. Una amiga nuestra se había pasado de copas y alguien tenía que llevarla a su casa. Fernanda se ofreció. Y yo, sin pensarlo un segundo, me ofrecí a acompañarla.

En el taxi, sentados a los lados de nuestra amiga dormida, nos mirábamos por encima de su cabeza. No necesitábamos palabras. El aire entre nosotros estaba tan cargado que estoy seguro de que hasta el taxista lo sentía.

—Es tarde para que tomes un taxi solo después —me dijo ella, con una naturalidad ensayada que no me engañó ni un poco—. Puedes quedarte en mi casa si quieres. Hay un sofá.

—Me parece bien —dije, tratando de sonar tranquilo mientras el corazón me retumbaba en los oídos.

Ella me miró con media sonrisa y añadió:

—Ya veremos si puedes dormir esta noche.

Vi al taxista mirarme por el retrovisor con una sonrisa cómplice. No pude evitar sonreír yo también.

Dejamos a la amiga descansando en un sillón de la sala. Fernanda desapareció un momento en su cuarto y regresó transformada. Se había puesto una pijama corta: un short diminuto que dejaba sus piernas completamente descubiertas y una blusa negra ajustada que no dejaba nada a la imaginación. La tela se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, y en la penumbra de la sala pude ver cada contorno, cada curva, cada detalle que llevaba semanas imaginando.

Me costó tragar.

Nos sentamos juntos en silencio. La amiga dormía a un metro de nosotros. La oscuridad nos envolvía. Y la tensión era tan espesa que podía masticarse.

—Me duelen los hombros —dije, buscando cualquier excusa para acercarme más.

—Ven, recuéstate —me dijo, palmeando su regazo.

Me recosté sobre ella y sentí la suavidad de su cuerpo debajo de mi cabeza. Sus manos empezaron a masajearme los hombros, con movimientos lentos, firmes. Pero no había nada profesional en ese masaje. Era una caricia disfrazada. Una invitación.

Mis manos encontraron sus piernas. Empecé por las rodillas, apenas rozándola con las yemas de los dedos, y fui subiendo lento. Muy lento. Sintiendo cómo se le erizaba la piel bajo mis dedos, escuchando cómo su respiración se iba haciendo más corta, más pesada.

Ella había dejado de masajearme los hombros. Ahora sus manos estaban debajo de mi camisa, tocándome el pecho con las palmas abiertas, recorriendo mis abdominales con una lentitud que me estaba enloqueciendo.

No aguanté más. Me giré, le tomé el rostro y la besé. Fue un beso distinto al de la oficina. Más profundo. Más seguro. Más hambriento. Ella me correspondió con la misma intensidad, enredando sus dedos en mi pelo, mordiéndome el labio inferior de una forma que me hizo perder la razón.

Le besé el cuello, ese punto exacto debajo de la oreja que había estado imaginando durante semanas, y sentí cómo todo su cuerpo se tensaba, cómo sus uñas se clavaban en mi espalda. El dolor se mezcló con el placer y se volvieron la misma cosa.

—Aquí no —susurró, con la voz entrecortada—. Ven conmigo.

Me tomó de la mano y me guió en la oscuridad hasta un cuarto apartado al fondo de la casa. Cerró la puerta detrás de nosotros y me miró. En la penumbra, sus ojos brillaban con algo que iba más allá del deseo. Era determinación. Era hambre. Era la certeza de que esto iba a pasar y que los dos lo queríamos con la misma desesperación.

Se apoyó contra la pared y me atrajo hacia ella con una mano en mi camisa.

Lo que pasó después lo guardo como uno de los recuerdos más intensos de mi vida. Fue urgente, fue desordenado, fue real. Nos descubrimos en la oscuridad, con las manos y con la boca, aprendiendo el cuerpo del otro como si fuera un idioma secreto que solo nosotros podíamos hablar. Ella era fuego. Se movía con una seguridad que me superaba, me sorprendía, me hacía sentir que estaba en las manos exactas donde necesitaba estar.

Intentábamos ser silenciosos, pero el silencio era lo más difícil. Cada vez que encontraba un punto que la hacía temblar, ella se mordía el labio para no gritar, me miraba con los ojos entrecerrados y yo sentía que el mundo entero se reducía a esa habitación, a ese momento, a ella.

Fue intenso. Fue generoso. Fue como saltar al vacío con los ojos abiertos y descubrir que no te importa si hay red abajo.

Cuando todo se calmó, nos quedamos sentados en el piso, uno al lado del otro, jadeando, riéndonos en voz baja como dos cómplices que acaban de hacer la travesura más grande de su vida.

—Tengo que decirte algo —le dije, todavía sin aire.

—¿Qué?

—Ya recordé cómo se besa.

Se rio. Una risa baja, ronca, hermosa. Me empujó el hombro y apoyó la cabeza en mí.

—Eres un idiota —murmuró.

Pero la forma en que lo dijo sonaba exactamente igual a "quiero repetir esto cada día de mi vida".

Al amanecer me fui de su casa caminando, con el frío de la madrugada golpeándome la cara y el recuerdo de su piel quemándome por dentro. El mundo se veía distinto. Los colores más vivos, el aire más limpio, las calles más grandes.

Antes de llegar a la esquina, me vibró el celular. Un mensaje de ella.

"La próxima vez no te vas tan temprano."

Sonreí como un idiota durante todo el camino a casa.

Y sí, hubo próxima vez. Y la que siguió después. Y muchas más.

Pero la que nunca voy a olvidar es esa primera noche. La noche en que Fernanda me demostró que hay personas que llegan a tu vida para encenderte todo lo que no sabías que estaba apagado.

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