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El fotógrafo que trajimos a la terraza

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La casa olía a eucalipto y a humedad de mar. Tomás cargó las maletas por la escalera de madera mientras yo abría las ventanas de la terraza y dejaba que el viento de otoño me despeinara. Abajo, Valparaíso se derramaba por los cerros como algo que alguien hubiera volcado sin querer, y el puerto brillaba con esas luces amarillas que no alcanzan a ser bonitas pero igual te aprietan el pecho. —Llega a las ocho —dijo Tomás detrás de mí, y me pasó una copa de vino. —Lo sé. Yo le escribí. Se rio con la garganta. Era una risa que yo conocía: la que usaba cuando estaba nervioso y no quería estarlo. Ocho años de matrimonio me habían enseñado a leerlo como se lee un plano, con sus cotas y sus líneas escondidas. —¿Y si me arrepiento? —preguntó. —Entonces cenamos, tomamos vino y Rodrigo se va a su hostal. Nadie firma nada, Tomás. Me abrazó por la espalda. Sentí su boca en mi cuello, la barba raspando, y también sentí —porque llevábamos meses hablando de esto en la cama, en susurros, con las manos ocupadas— cómo se le endurecía todo contra mi cadera de solo imaginarlo. —Es que se me para pensándolo —admitió—. Y después se me revuelve el estómago. Las dos cosas juntas. —Bienvenido —dije—. Yo llevo tres semanas así. Rodrigo llegó a las ocho y diez con una botella de carmenere y esa manera suya de entrar a los lugares mirando primero, hablando después. Fotógrafo, veintinueve, manos grandes de tanto sostener cámaras. Lo habíamos conocido en una inauguración donde yo montaba una muestra de paisaje; Tomás y él se habían hecho amigos rápido, con esa facilidad de los hombres que descubren que les gusta el mismo tipo de silencio. Cenamos frente a la chimenea. Congrio, pan amasado, demasiado vino. Rodrigo contaba de un viaje a Chiloé y yo notaba cómo me miraba la boca cuando yo hablaba, sin apuro, sin descaro, como quien encuadra. Tomás servía las copas. Tomás reía. Tomás tenía la mandíbula un poco más tensa de lo normal. —Marina me dijo que ustedes conversaron —soltó Rodrigo de pronto, dejando la copa—. De esto. El fuego crujió. Yo sentí el calor subirme por el escote. —Conversamos mucho —dije. —Bien. Porque yo no vine a meterme en el medio de nada. Si en algún momento alguno de los dos quiere parar, paramos y no pasa nada. Yo prefiero ir despacio. Tomás asintió. Se levantó a buscar otra botella y yo lo seguí con la vista hasta la cocina. Volvió con la cara compuesta, pero al sentarse me apretó la rodilla debajo de la mesa, fuerte, como si se estuviera afirmando de un pasamanos. Fui yo la que se levantó primero. Fui yo la que dijo "salgamos a la terraza" y agarré la manta de lana. Fui yo la que, con el mar rugiendo abajo y el frío mordiéndome los brazos, me di vuelta y besé a mi marido delante de otro hombre. Lo besé profundo, con lengua, con las manos en su nuca, y sentí a Rodrigo detrás de mí antes de que me tocara: el calor de un cuerpo que se acerca. Su mano se posó en mi cintura, apenas, pidiendo permiso. Yo separé la boca de Tomás lo justo para decir "sí" y entonces la mano de Rodrigo subió, me abrió el cuello con los dedos y su boca aterrizó ahí, en el punto donde el pulso me golpeaba como un animal. Se me doblaron las rodillas. Estaba entre los dos. El pecho de Tomás adelante, el de Rodrigo atrás, y yo temblando de frío y de otra cosa. Tomás me bajó el vestido de los hombros. Rodrigo me desabrochó el sostén con una sola mano y yo me reí, y mi risa se cortó en un jadeo cuando Tomás me tomó un pecho con la boca y Rodrigo me mordió el hombro. —Mírame —le dije a Tomás—. Quiero que me mires. Me llevaron al sillón grande de la terraza, el que daba al mar. Me tendieron ahí, y Tomás me abrió las piernas con las palmas y bajó. Conocía mi cuerpo de memoria: sabía exactamente dónde poner la lengua, con qué presión, cuánto esperar antes de meter los dedos. Me chupó el clítoris despacio y yo arqueé la espalda y busqué a ciegas la mano de Rodrigo, que se había arrodillado a mi lado y me acariciaba la cara. —Bésame —le pedí. Y me besó, mientras mi marido me comía. Fue eso lo que casi me hizo acabar de inmediato: la doble sensación, dos bocas distintas, dos temperaturas. La lengua de Rodrigo era más lenta, más curiosa. La de Tomás sabía a ocho años. Le desabroché el pantalón a Rodrigo. La tenía dura, gruesa, caliente en mi mano, y cuando me la llevé a la boca lo escuché soltar el aire como si le hubieran pegado. La chupé mirando hacia abajo, hacia donde Tomás seguía entre mis muslos, y vi el instante exacto en que él levantó los ojos y me vio con otra verga en la boca. Se detuvo. Sentí el vacío entre las piernas y el corazón se me fue al suelo. Solté a Rodrigo. —Tomás. Estaba de rodillas en la madera, con la boca brillante de mí, respirando por la nariz. Los ojos le brillaban de una manera que no supe leer: rabia, deseo, miedo, todo mezclado. Rodrigo se echó atrás inmediatamente, sin decir nada, dándonos espacio. Ese gesto lo agradecí toda la vida. —Amor —dije, y me senté, y le tomé la cara con las dos manos—. Estoy acá. Estoy contigo. ¿Quieres parar? Él tragó. La mandíbula le vibraba. —No quiero parar —dijo, con la voz rota—. Quiero... quiero que sea conmigo. No quiero mirar de afuera. —Entonces ven adentro. Y algo se soltó en él. Se paró, se sacó la camisa de un tirón, se bajó los pantalones y me tomó de la nuca con una autoridad que hacía años no le veía. Me besó tan fuerte que me dolió el labio. Me dio vuelta sobre el sillón, de rodillas, con las manos en el respaldo y la cara al mar, y me penetró de una sola estocada, sin preámbulo, y yo grité contra el viento. —Rodrigo —dijo Tomás, jadeando, sin dejar de moverse—. Ven acá. Fue lo más excitante que escuché en mi vida: mi marido invitándolo, no permitiéndolo. Tomándose la noche en vez de sufrirla. Rodrigo se paró frente a mí y yo abrí la boca. Lo tomé todo, hasta la garganta, mientras Tomás me embestía por detrás con las manos abiertas en mis caderas. Los dos me atravesaban a distinto ritmo y yo era solo un lugar donde ellos dos se encontraban, un puente, un instrumento tenso vibrando entre el fuego de la casa y el frío del océano. Se me llenaron los ojos de lágrimas de puro exceso. La saliva me chorreaba por el mentón. Tomás me tiró el pelo y me obligó a arquearme y yo acabé así, sacudiéndome, con la boca llena, mordiendo apenas, gimiendo un sonido que no tenía forma de palabra. Después me quisieron los dos a la vez de otra manera. Tomás se recostó y me sentó sobre él, cara a cara, y me abrazó fuerte, la boca en mi oreja diciéndome cosas que solo eran nuestras: mi amor, mi vida, qué rica eres, quédate conmigo. Y Rodrigo detrás, con lubricante, con una paciencia infinita, un dedo primero, después dos, después él, entrando despacio hasta que sentí las dos cosas al mismo tiempo y creí que me partía en luz. —Respira —me dijo Tomás—. Estoy aquí. —Estoy aquí —repetí yo, sin saber a quién se lo decía. Se movieron alternados, encontraron un ritmo, y yo dejé de pensar. Acabé dos veces más, la segunda casi llorando, colgada del cuello de mi marido. Rodrigo se vino primero, con un gruñido corto y digno; Tomás después, dentro de mí, apretándome tan fuerte contra su pecho que al día siguiente tuve marcas. Nos quedamos los tres bajo la manta, sudados, con la piel enfriándose. Nadie habló mucho. Rodrigo me pasó agua. Tomás le dio la mano, un apretón simple, de hombre a hombre, que valía como un tratado de paz. Al amanecer escuché la puerta. Rodrigo se había vestido en silencio, había dejado las copas en el lavaplatos y una nota corta en la mesa: *Gracias por confiar. Cuídense. R.* Nada más. Ni un mensaje después, ni una insinuación. Fue elegante hasta el final. Volví a la cama. Tomás estaba despierto, mirando el techo. —¿Estás bien? —pregunté. —Estoy raro —dijo—. Pero bien raro. —Se giró hacia mí—. Pensé que te iba a perder. En un segundo, cuando te vi con él, pensé "la voy a perder". —Y no me perdiste. —No. —Me pasó el pulgar por el labio hinchado—. Te vi. Te vi de verdad, Marina. Hace años que no te veía así. Me acurruqué contra él. Afuera, el mar seguía haciendo lo suyo, indiferente y enorme. —Feliz aniversario —le dije. Se rio bajito, con la boca en mi pelo, y no soltó.

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