LA IRRESISTIBLE SEDUCCIÓN DE LA SRA. GEORGINA 10
La puerta de la recámara principal de la casa de playa se cerró con un golpe seco que hizo temblar los cristales. Yael giró la llave en la cerradura, guardó la llave en el bolsillo de su pantalón y se dio la vuelta lentamente. Su mirada ya no era la del joven intimidado por la situación; era fría, calculadora y destilaba una autoridad oscura que hizo que el ambiente en la habitación cambiara de golpe.
Gina y Karina se quedaron en medio de la estancia, observándolo con una mezcla de sorpresa y un morbo primitivo que les recorría la columna.
—Arrodíllense. Las dos. Ahora —ordenó Yael con voz ronca, cortante y sin admitir objeción.
Gina parpadeó, con una sonrisa desafiante intentando asomarse a sus labios, pero antes de que pudiera decir una sola palabra, Yael cruzó la habitación en dos zancadas, la tomó del cabello con fuerza y la obligó a caer de rodillas frente a él, tirando de su cabeza hacia abajo.
—A ti no te pedí opiniones, Gina. Te dije que te arrodillaras —le siseó al oído, soltándola con desprecio antes de volverse hacia Karina—. Y tú... quítate esa ropa ridícula. Gatea hasta mis pies y demuéstrame qué tan sumisa puedes ser cuando realmente me perenezces.
Karina sintió que el estómago se le hacía nudo de pura excitación. La autoridad repentina y cruel de Yael la descolocó por completo; sin pensarlo dos veces, dejó caer los tirantes de lo que le quedaba puesto, se arrodilló en el piso de madera y avanzó a gatas, arrastrándose hasta quedar postrada frente a los zapatos de Yael.
—Así me gusta, pinche perra... obediente y dispuesta a todo —dijo Yael con una sonrisa cínica, levantándole la barbilla a Karina con la punta de su zapato antes de bajar y agarrarla del pelo con fuerza para obligarla a abrir la boca—. Chúpamela. Y si me muerdes o te mueves sin mi permiso, te juro que te voy a dejar encerrada en el baño toda la noche.
Karina obedeció de inmediato, metiéndose la verga de Yael hasta la garganta con desesperación, tragándose las embestidas en su boca mientras las lágrimas de excitación se le acumulaban en los ojos.
Gina, desde el suelo a un lado, contemplaba la escena con la respiración entrecortada, tocándose los pechos con desesperación al ver a su propia hija reducida a un objeto bajo el control absoluto de Yael.
—Y tú, vieja metiche... —le habló Yael a Gina sin dejar de follarle la boca a Karina—, agacha la cabeza y masturbate viéndonos. Quiero oír cómo te tocas mientras tu hija le traga la leche a tu novio. Si no te escucho mojarte, ninguna de las dos sale de aquí.
Gina, temblando de deseo y dominada por el mandato de Yael, metió los dedos en su propia vagina con furia, gimiendo en voz baja mientras obedecía la orden de convertirse en espectadora obligada de la humillación de su hija.
—Yael... por favor... cógeme duro, hazme lo que quieras... —suplicaba Karina con la voz ahogada por la verga, con hilos de saliva escurriéndole por la barbilla.
—Cállate y no hables a menos que te dé permiso —le cortó Yael con frialdad.
Sustituyó la boca de Karina y, agarrándola del cuello con una mano para asfixiarla ligeramente, la levantó del piso y la azotó de espaldas contra la cama. La despojó de lo poco que llevaba y, sin una pizca de suavidad, le separó los muslos con violencia.
—Te voy a coger como a la puta que eres, Karina. Y tu mamá va a mirar cada segundo para que aprenda quién manda aquí —gruñó Yael, dejándose caer sobre ella con embestidas bestiales, secas y despiadadas que hacían que la cama crujiera con fuerza contra la pared.
Cada golpe de su cadera iba acompañado de un azote seco con la palma de su mano abierta contra las nalgas de Karina, dejándole la piel roja y ardiendo, mientras Karina gritaba de placer y dolor, pidiendo más, completamente entregada a su dominación.
Al otro lado de la cama, arrodillada y viéndolo todo con los ojos inyectados de lujuria, Gina se masturbaba frenéticamente, rogando en silencio para que Yael terminara con Karina y le tocara el turno de recibir el castigo de su amo.
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