LA IRRESISTIBLE SEDUCCIÓN DE LA SRA. GEORGINA 11
La tarde en la casa de playa avanzaba con un sol radiante que se colaba por los ventanales de la recámara principal. Tras los momentos de tensión y dominación de la noche anterior, el ambiente entre los tres se había transformado en un terreno de juego completamente desinhibido, donde las reglas convencionales ya no existían.
Karina y Georgina se encontraban sentadas al borde de la cama king size, con las sábanas de lino revueltas y la piel aún tibia por la intensidad del día. Yael estaba de pie a unos pasos, observándolas con una mezcla de autoridad y morbo absoluto, disfrutando de ver cómo ambas mujeres se habían volcado por completo a complacerlo y a complacerse entre ellas bajo su atenta mirada.
—Ya demostraron que saben obedecer en todo, pero quiero ver qué tanto se atreven cuando están juntas por mí —ordenó Yael con voz firme, cruzándose de brazos y señalando el centro de la cama—. Desnúdense por completo y acérquense.
Georgina esbozó una sonrisa cómplice y perversa. A sus años, la experiencia le daba una seguridad desbordante; miró a su hija con ojos hambrientos y se deslizó hacia ella sin dudarlo. Karina, con las mejillas encendidas y la respiración ya agitada por la anticipación, se acomodó de espaldas contra las almohadas, abriendo las piernas con una sumisión voluntaria que encendía aún más la escena.
—Hazle lo que te enseñé, mamá... enséñale cómo se debe tratar a una mujer cuando Yael está mirando —susurró Karina con la voz ronca, mordiéndose el labio inferior mientras clavaba los ojos en su novio.
Georgina se colocó entre los muslos abiertos de su hija. Con movimientos lentos y calculados, tomó un dildo de silicona oscura que yacía en la mesita de noche, un juguete pesado y firme que brillaba con el lubricante. Sin apartar la vista de Yael, que asentía con la cabeza exigenriéndoles que no desperdiciaran un solo segundo, Gina se posicionó justo frente a la entrepierna de Karina.
—Míranos bien, Yael... mira cómo tu novia se pone humedita nada más de verme tocarla —bromeó Gina con una risa sorda y cargada de lujuria, antes de presionar la punta del dildo contra la entrada empapada de Karina.
Karina soltó un gemido ahogado y gutural —¡Ahhh, mierda... métemelo ya!— que hizo eco en las paredes de la habitación, arqueando la espalda de inmediato al sentir la fricción y la penetración lenta.
—¡Sí, mamá... métemelo así, duro! —gimió Karina, agarrándose de las sábanas con fuerza mientras sentía cómo el juguete comenzaba a entrar y salir de su cuerpo en embestidas rítmicas guiadas por las manos expertas de su madre—. ¡Dámelo rico, hazme sentir lo que me hace este cabrón!
Georgina aumentó la velocidad, sujetando la base del dildo con firmeza mientras metía y sacaba el juguete de su hija con movimientos profundos y mecánicos, provocando sonidos húmedos y desesperados que llenaban toda la estancia. Los pechos firmes de Karina rebotaban al compás de cada estocada, y su rostro reflejaba un éxtasis absoluto, dividida entre el placer que le daba el juguete en su interior y la mirada dominante de Yael, que se había acercado para acariciarle el cabello y apretarle el cuello con suavidad.
—Estás haciendo un gran trabajo con tu hija, Gina... pero quiero que le metas los dedos también, que se ahogue en su propia leche —ordenó Yael con voz ronca, rozándole los labios a Georgina con los suyos antes de separarse un poco para observar el espectáculo completo.
Gina, sin perder el ritmo con el dildo, deslizó los dedos libres de su mano derecha directamente sobre el clítoris inflamado de Karina, frotándolo con círculos rápidos y precisos. Karina convulsionó de inmediato, soltando un grito ahogado —¡Ay, Dios... me vengo, me vengo!— y apretando los muslos alrededor de las caderas de su madre, mientras su cuerpo entero entraba en un espasmo de placer salvaje.
Cuando Karina colapsó sobre las sábanas, temblando y completamente vaciada de energía, Georgina se apartó con los labios brillantes de humedad, jadeando y con la mirada fija en Yael, sabiendo perfectamente que ahora le tocaba a ella recibir el siguiente nivel de la noche.
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