LA IRRESISTIBLE SEDUCCIÓN DE LA SRA. GEORGINA 13
La transición de la libertad aislada de la casa de playa a la fría y ruidosa realidad de la ciudad no hizo más que endurecer las reglas de Yael. Para él, la sumisión de Georgina y Karina ya no podía confinarse a las sábanas de una recámara; necesitaba comprobar que ambas seguían obedeciendo incluso bajo la mirada inofensiva de la sociedad.
La oportunidad perfecta llegó un sábado por la noche. Yael las invitó a cenar a un restaurante de categoría, un sitio de luces tenues, música ambiental suave y mesas separadas por cortinas discretas, donde las familias y parejas de la alta sociedad local acudían a dejarse ver.
Georgina lucía un elegante vestido negro de corte conservador que acentuaba su madurez y elegancia; a su lado, Karina llevaba un entallado vestido corto que disimulaba apenas la agitación interna con la que había cargado desde el trayecto en auto. Ambas intentaban mantener la compostura de siempre, pero el aire que se respiraba en la mesa era denso, cargado con la sombra invisible de las órdenes de su amo.
Yael se sentó exactamente en medio de las dos, en un semicírculo de piel que les impedía escapar de su campo visual. Durante los primeros minutos, mientras revisaban el menú con falsa tranquilidad, Yael mantuvo las manos tranquilas sobre la mesa, pero su voz, baja y cortante, comenzó a taladrarles la mente.
—Me aburre verlas tan quietas, tan dignas, fingiendo lo que ya no son —murmuró Yael con total parsimonia, sirviéndose vino en la copa sin mirarlas a los ojos—. Quiero ver qué tan buenas actrices son. Y qué tan obedientes cuando la gente las rodea.
Karina tragó saliva, sintiendo que el corazón le latía desbocado en la garganta. Georgina, por su parte, apretó ligeramente la servilleta de tela sobre sus rodillas, con las mejillas encendidas por el anticipado terror y la excitación.
—Las quiero mojadas. Ahora —ordenó Yael en un susurro apenas perceptible, inclinándose hacia delante mientras se acomodaba la servilleta en el regazo para ocultar las manos—. Y no quiero ver una sola queja. Metan las manos debajo de la mesa. Gina, le tocas la entrepierna a tu hija; Karina, le haces exactamente lo mismo a tu madre. Y más les vale sonreír y platicar de la cena mientras se destrozan por dentro.
El mandato cayó como un balde de agua helada, pero el eco del placer reciente y el miedo a la furia de Yael actuaron como un resorte eléctrico.
Con los rostros iluminados por la luz cálida de las velas, ambas mujeres cruzaron una mirada furtiva, cómplice y perversa. Por fuera, la escena era la imagen misma de la civilidad: una madre madura y su hija conversando educadamente con el joven que las acompañaba. Por debajo del mantel, la realidad era un infierno de carne y lubricación.
Georgina fue la primera en deslizar la mano derecha por debajo de la mesa. Sus dedos expertos, con las uñas perfectamente cuidadas, tantearon el muslo de Karina hasta deslizarse directamente bajo la tela del vestido, encontrando una zona ya empapada por el puro terror del momento. Al mismo tiempo, Karina estiró el brazo, metiendo la mano con descaro y firmeza entre las piernas de su propia madre, rozando los labios húmedos de Gina con la palma abierta.
—Mira nomás cómo están... qué asquerosamente obedientes son las dos —susurró Yael con una sonrisa sádica, rozando con su propia mano la rodilla de Georgina por fuera, obligándola a mantener el equilibrio mientras su hija la torturaba por debajo.
—Sí, amor... estamos pidiendo a gritos que nos calles la boca —murmuró Karina con una sonrisa forzada, mientras charlaba con total naturalidad sobre el clima con su madre, al tiempo que introducía dos dedos dentro de la vagina de Gina, encontrándola hirviendo y completamente a su merced.
Georgina contuvo un jadeo agudo que estuvo a punto de convertirse en un grito, obligándose a morderse el labio inferior hasta dejarlo blanco, mientras los dedos de su propia hija se movían con un ritmo constante, hondo y húmedo en su interior. En respuesta, la mano de Georgina dentro de la ropa interior de Karina comenzó a frotar el clítoris con una furia desatada, apretando y retorciendo la piel con la experiencia de los años y la desesperación del mandato.
—Mamá... dios, qué caliente estás... no pares, por favor... —jadeaba Karina en un susurro entrecortado, manteniendo la mirada fija en el mesero que se acercaba a retirar los platos vacíos, mientras sus dedos seguían bombeando dentro de los fluidos de su madre sin compasión.
—Tú tampoco te quedes atrás, hija de tu puta madre... aguantate las ganas de venirte aquí enfrente de todos —contestó Gina con la voz rota, respirando con dificultad y arqueando la espalda contra el respaldo del asiento, sintiendo cómo el orgasmo le subía desde el vientre como una ola ardiente.
El mesero se acercó con una sonrisa amable, preguntando si todo estaba de su agrado. Yael respondió con total tranquilidad, con la mano apoyada en la mesa y una expresión de absoluta indiferencia, mientras con la mirada obligaba a ambas mujeres a seguir tocándose con brutalidad bajo el mantel.
—Todo excelente, gracias —respondió Yael con una frialdad absoluta, viendo cómo los muslos de ambas temblaban y el sudor frío comenzaba a brotarles en la frente por el esfuerzo titánico de no gemir en voz alta.
En el preciso instante en que el mesero se alejó unos pasos, la tensión acumulada estalló.
Karina sintió que el cuerpo se le contraía en un espasmo violento ante la estimulación experta de su madre; apretó los dientes con tanta fuerza que se hizo daño, obligándose a tragar su propio grito mientras un chorro caliente empapaba los dedos de Gina. A su lado, incapaz de contenerse un segundo más, Georgina convulsionó con fuerza, clavando las uñas en el muslo de Yael bajo la mesa mientras se venía con furia en la mano de su propia hija, ahogando un gemido desesperado en una servilleta que se llevó a la boca.
Cuando retiraron las manos de debajo de la mesa, ambas tenían los dedos brillantes, la respiración destrozada y el maquillaje corrido por el sudor de la humillación y el éxtasis. Yael las miró de reojo, limpiándose los restos de vino con una servilletas, y les siseó con una autoridad helada:
—Guarden silencio y terminen su vino. Esto apenas empieza.
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