LA IRRESISTIBLE SEDUCCIÓN DE LA SRA GEORGINA 14
La adrenalina del restaurante aún latía en las venas de Georgina y Karina cuando el auto de Yael se detuvo frente a la casa de la señora. El trayecto había transcurrido en un silencio tenso y febril; ninguna de las dos se había atrevido a acomodarse la ropa del todo, cargando con la humedad y el rastro de su propia excitación bajo los abrigos.
En cuanto cruzaron el umbral y Yael cerró la puerta con seguro, la atmósfera cambió por completo. Ya no se trataba de disimular ante la sociedad; estaban en el terreno donde la autoridad de Yael debía consagrarse de manera definitiva.
—A la sala. Las dos. Desnudas —ordenó Yael con voz helada, arrojando las llaves sobre la mesa de entrada.
Ninguna replicó. Georgina se quitó el abrigo y el vestido con movimientos mecánicos, dejando al descubierto su cuerpo maduro, tembloroso y bañado en un sudor frío de anticipación. Karina hizo lo mismo, despojándose de su ropa interior con los ojos fijos en el suelo, completamente entregada al ritual de degradación que su amo les tenía preparado.
Yael se sentó en el sillón principal, abriéndose el cinturón del pantalón con parsimonia, observándolas como un rey absoluto dispuesto a reclamar su tributo.
—Arrodíllense frente a mí —les exigió.
Ambas cayeron de rodillas de inmediato. Yael tomó a Georgina del cabello con fuerza moderada, obligándola a levantar la barbilla, mientras con la otra mano liberaba su erección ya firme y palpitante.
—A ver, madre... demuéstrale a tu hija cómo se atiende a un amo —siseó Yael.
Georgina no dudó; abrió los labios con avidez y se tragó la verga de Yael con desesperación, metiéndosela hasta la garganta mientras las lágrimas de excitación se le acumulaban en los ojos. Yael cerró los ojos un instante, disfrutando de la fricción caliente, pero su mente sádica quería más. Buscó con la mano en la mesita auxiliar y sacó un dildo de silicona gruesa y oscura, cargado de lubricante.
—Y tú, Karina... ponte de espaldas contra las rodillas de tu mamá. Hoy las dos van a trabajar juntas para mí —ordenó Yael, apartando la boca de Georgina con brusquedad.
Karina obedeció al instante. Se dio la vuelta y se acomodó de espaldas, recargando el peso de su cuerpo sobre las piernas de su madre, abriendo las muslos con total sumisión y exponiendo su sexo completamente empapado.
—Agárralo, Gina. Y méteselo a tu hija exactamente al mismo ritmo en que yo la corono por delante —mandató Yael, colocándose de pie frente a Karina y posicionando su miembro justo en la entrada de la joven.
Georgina, con los labios brillantes de la saliva de Yael y la respiración destrozada, tomó la base del pesado dildo con firmeza. Colocó la punta entre los labios húmedos de la vagina de Karina, sintiendo el calor corporal de su propia hija presionando contra sus manos.
—Lo que ordenes, mi amor... —susurró Gina con la voz quebrada, mirando a Yael para pedir su aprobación final.
—Ahora. Las dos —bramó Yael.
En un solo movimiento sincronizado, Yael se hundió con brutalidad dentro de Karina hasta la base, arrancándole un grito gutural y desgarrador que hizo vibrar los cristales de la sala, mientras Georgina empujaba el dildo hacia adentro con la misma fuerza, provocando una doble penetración implacable, profunda y salvaje.
El cuerpo de Karina se arqueó en un espasmo de dolor y placer absoluto. Sentía los embates pesados y calientes de Yael por delante, mientras por dentro, los movimientos mecánicos y expertos guiados por las manos de su propia madre completaban el castigo.
—¡Dios... Dios mío, me muero!... ¡Mamá, más despacio, no aguanto!... ¡Yael, por favor! —lloraba y gemía Karina, agarrándose de los brazos del sillón con los nudillos blancos, completamente perdida en el frenesí de la doble invasión.
—Cállate puta y recibe lo que te dan —le ordenó Yael con voz sádica, tomando a Karina de las caderas para marcar un ritmo furioso, chocando su pelvis contra las nalgas de la joven con golpes secos y rítmicos que obligaban a Georgina a mover el dildo al mismo compás.
Gina, convertida en cómplice y herramienta de su propio novio, metía y sacaba el juguete de su hija con una furia desatada, viendo el rostro desfigurado de placer de Karina y sintiendo cómo el calor de los fluidos de ambas impregnaba sus manos. La complicidad sucia entre madre e hija había alcanzado un punto de no retorno: ya no quedaban rastros de pudor, ni de jerarquías familiares, únicamente la ley del deseo de Yael gobernando cada rincón de la casa.
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