El faro barría cada doce segundos
La casa olía a romero quemado y a sal. Yo había cocinado todo el día —cordero lento, higos asados, un pan que amasé descalza sobre la mesa de madera— y a las once de la noche seguíamos los tres sentados en la terraza, con la tercera botella abierta y el faro barriendo la fachada cada doce segundos. Lo había contado. Doce. Uno se vuelve así cuando está nervioso y no quiere admitirlo.
—Diez años —dijo Tomás, levantando la copa—. Diez años y todavía se miran como si hubiera algo que resolver.
Ignacio se rió con esa risa suya de sommelier, baja, controlada, la que usa cuando alguien acierta sin saberlo.
—Siempre hay algo que resolver —dijo.
Yo me llevé el vino a la boca para no contestar. Tomás llevaba meses viniendo a casa. Meses de fotografiarme emplatando, de rozarme el codo al pasar el aceite, de quedarse un segundo de más en la puerta al despedirse. Y meses de que Ignacio, después, en la cama, me preguntara con la voz espesa: *¿te gustó cómo te miraba?* Yo decía que no. Mentía. Él sabía que mentía y se movía dentro de mí más fuerte cuando lo decía.
La luz del faro nos lamió la cara. Blanca, indecente, dejándonos a oscuras otra vez.
—Quiero decir una cosa —dijo Ignacio, y dejó la copa—. Y quiero decirla ahora porque si espero al postre no la digo.
Tomás se enderezó. Yo sentí el estómago cerrarse como un puño.
—Llevo un año fantaseando con ver a mi mujer con otro hombre —dijo mi marido, con la misma calma con la que describe un tanino—. Contigo. Y ella lo sabe. Y creo que tú también lo sabes.
Silencio. El mar golpeando abajo, contra la roca, con una insistencia obscena.
Tomás abrió la boca, la cerró.
—Ignacio...
—No te estoy pidiendo nada. Estoy poniendo algo sobre la mesa. Ella decide.
Y ahí lo entendí: me lo estaba entregando a mí. La decisión, el peso, la culpa si la había. Muy propio de él. Me levanté, di dos pasos hasta el borde de la terraza y me quedé de espaldas a los dos, sintiendo el aire salado en los brazos desnudos. Diez años. Yo lo conocía. Sabía exactamente cuánto le costaba haber dicho eso en voz alta.
Me di la vuelta.
—Acepto —dije—. Con condiciones.
Ignacio tragó. Tomás no respiraba.
—Yo marco el ritmo. Yo digo qué pasa y cuándo. Tú —señalé a mi marido— te quedas donde yo te diga y no tocas hasta que yo te llame. Y si alguno de los tres dice basta, se acabó la noche y mañana desayunamos como si nada. ¿Está claro?
—Está claro —dijo Ignacio, y le tembló la voz.
—Tomás.
Él me miró desde abajo, con esa cautela de perro bueno que llevaba meses fingiendo.
—Sí —dijo—. Dios, sí.
Fui hacia él antes de arrepentirme. Le puse una mano en la mandíbula y lo besé con la boca abierta, sin preámbulo, sabiendo que Ignacio estaba a metro y medio y que no se iba a mover. Tomás sabía a garnacha y a higo. Gimió contra mis labios como si llevara un año tragándose ese sonido, y probablemente así era. Me subió las manos por la cintura y yo se las bajé a las caderas.
—Ahí no todavía —le dije.
El faro pasó. Vi la cara de mi marido un instante: los labios entreabiertos, los ojos brillantes, las manos agarradas a los brazos de la silla. Nunca lo había visto así. Nunca en diez años lo había visto tan absolutamente encendido.
—Siéntate donde te vea —le dije a Ignacio—. Ahí. No te muevas.
Me quité el vestido yo misma, de un tirón, por encima de la cabeza, y lo dejé caer sobre las baldosas tibias del porche. Debajo no llevaba casi nada y lo poco que llevaba me lo quitó Tomás con los dientes en el hombro, la respiración descompuesta, murmurando cosas que no eran palabras. Me empujó contra la columna de madera y bajó, besándome el esternón, el vientre, la cadera, arrodillándose en el porche mientras la luz giraba y nos encontraba y nos abandonaba.
—Ábrete —dijo, y fue lo primero que me pidió en toda la noche.
Puse un pie en el escalón. Su boca llegó donde tenía que llegar y solté un sonido que no reconocí como mío. Me lamió despacio primero, con la lengua plana, tomándose su tiempo como si llevara meses ensayándolo mentalmente, y después más rápido, dos dedos entrando en mí, curvándose, encontrando el punto exacto. Yo tenía una mano en su pelo y la otra en la columna y los ojos abiertos, buscando a mi marido en la oscuridad.
—Nacho —jadeé—. Mírame.
—Te estoy mirando.
Estaba con la mano sobre el pantalón, apretándose, sin desabrocharse. Obedeciendo. Y saber que obedecía me hizo apretarme entera alrededor de los dedos de Tomás y correrme la primera vez de pie, temblando, con un grito que se llevó el viento hacia el mar.
Lo levanté del suelo tirándole del pelo. Le abrí el cinturón yo, con dedos torpes, y cuando lo tuve en la mano —duro, caliente, húmedo en la punta— me lo quedé mirando un segundo largo, porque hasta ese momento todo había sido posible y a partir de ahí ya no habría vuelta atrás.
—¿Segura? —dijo él, y esa pregunta, esa cautela suya, fue lo que me decidió.
Me di la vuelta, apoyé las palmas en la baranda y arqueé la espalda.
—Despacio al principio.
No fue despacio mucho tiempo. Entró de una vez, hasta el fondo, y los dos gemimos a la vez, y yo escuché el ruido de la silla de Ignacio arrastrándose atrás. Tomás me agarró la cadera con una mano y el hombro con la otra y empezó a moverse con una urgencia que no tenía nada de fotógrafo cauteloso. La madera crujía. Yo me oía a mí misma, obscena, pidiéndole más fuerte, y me oía como si fuera otra mujer, y esa mujer me gustaba.
—Más —dije—. Así. No pares.
El faro giró y me encontró de espaldas, doblada sobre la baranda, con las tetas colgando y la boca abierta, y supe que Ignacio me estaba viendo exactamente así, y me corrí por segunda vez solo de pensarlo.
Y entonces pasó.
—Para.
La voz de mi marido, seca. Tomás se detuvo en seco dentro de mí, jadeando. Me incorporé y me giré. Ignacio estaba de pie, la cara descompuesta, algo roto y feo en la mandíbula que yo no había visto nunca.
—Nacho.
—No sé si puedo —dijo—. No sé si puedo, Marina.
El mar seguía abajo. Tomás dio un paso atrás, con las manos levantadas, y en ese gesto —tan decente, tan asustado— me di cuenta de que los tres estábamos igual de desnudos aunque solo yo lo estuviera del todo.
Fui hasta mi marido descalza. Le puse las manos en la cara.
—Mírame. No a él. A mí. —Le sostuve la mirada hasta que la sostuvo—. ¿Con quién me voy a despertar mañana?
Tardó.
—Conmigo.
—¿Con quién llevo diez años?
—Conmigo.
—Entonces ven aquí y tócame.
Se le quebró algo. Me besó como si me estuviera rescatando de algo, y yo le desabroché el pantalón y se lo bajé y lo tomé en la mano, empapada todavía, temblando de haberme corrido dos veces. Lo llevé hasta el sofá del porche, lo senté, me subí encima y me hundí en él de un solo movimiento. Ignacio soltó un sonido animal contra mi cuello.
—Tomás —dije, sin dejar de moverme—. Ven.
Vino. Se puso detrás de mí y me besó la nuca, los hombros, y sus manos me tomaron los pechos mientras yo cabalgaba a mi marido, y Ignacio lo miraba tocarme y ya no había nada roto en su cara, solo hambre. Le busqué la boca a Tomás por encima del hombro, torciendo el cuello, y me besó mientras Ignacio me embestía desde abajo, y sentí la mano de Tomás bajar entre nuestros cuerpos y encontrarme el clítoris con dos dedos, y me deshice.
Me corrí gritando el nombre de mi marido con la lengua de otro hombre en la boca, y Ignacio se vino dentro de mí un segundo después, mordiéndome el hombro, y Tomás se derramó caliente sobre mi espalda con la frente apoyada en mi columna.
Después quedamos los tres ahí, pegados, salados, sin decir nada. El faro pasó dos veces más antes de que alguien se moviera.
A la mañana siguiente hice café para tres. Tomás recogió su cámara sin haber tomado una sola foto y se despidió con un beso en la mejilla que duró un poco de más. Ignacio me abrazó por detrás en la cocina y me habló al oído.
—Feliz aniversario.
No dijimos nada más de aquello. Nunca. Y sin embargo, cada vez que en la cama me pregunta *¿te acordás?*, yo digo que sí. Y ya no miento.
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