El sillón de orejas frente al fuego
La carretera hacia el valle olía a eucalipto mojado y a mar lejano. Tomás conducía con esa calma suya de ingeniero, midiendo las curvas como si calculara cargas, y yo llevaba ocho años de palabras atragantadas en la garganta.
La casa seguía igual: piedra gris, ventanales enormes que devolvían el bosque, la chimenea con la boca negra esperando. Ahí, hace ocho años, me besó por primera vez con las manos temblándole. Encendió el fuego mientras yo abría el vino, y cuando se sentó a mi lado en la alfombra supe que era ahora o me lo tragaba otros ocho años.
—Quiero contarte algo —dije—. Y necesito decirlo entero antes de que respondas.
Él dejó la copa. Yo hablo para poder sentir; si no le pongo nombre a un deseo, no existe, se me pudre dentro.
—Hay una fantasía que tengo desde antes de conocerte. Quiero que me mires con otro hombre. No que participes. Que mires. Quiero saber qué te pasa en la cara cuando me ves gozar con alguien que no eres tú.
El fuego crujió. Tomás tardó lo que tarda un puente en asentarse.
—¿Y si me rompe? —preguntó.
—Por eso quiero saberlo —dije—. Prefiero saber a imaginarlo.
Hablamos hasta la madrugada. Y el nombre apareció solo, porque los dos lo pensamos a la vez: Bruno. Fotógrafo, veintinueve años, amigo de los dos desde hacía un año y medio, con esa manera de escuchar sin invadir. Tomás fue quien lo dijo en voz alta. Eso me desarmó más que cualquier permiso.
Bruno llegó el sábado al anochecer con una botella y ninguna prisa. Nos sentamos los tres frente a la chimenea y hablamos con una franqueza que a mí me mojaba y me aterraba a partes iguales.
—Regla uno —dijo Tomás, y le temblaba apenas la voz—: yo miro. No toco, salvo que Renata lo pida.
—Regla dos —dije yo—: si alguno dice basta, se acaba. Sin explicaciones, sin culpas.
—Regla tres —Bruno dejó la copa en el suelo, tranquilo—: no vengo a meterme en lo vuestro. Vengo esta noche. Mañana me voy y sigo siendo vuestro amigo. Nada más y nada menos.
—Preservativo siempre —añadí.
—Siempre —dijo él.
Nos quedamos en silencio. El fuego nos pintaba de naranja. Tomás se levantó, arrastró el sillón de orejas hasta el borde de la alfombra y se sentó en él como quien ocupa una butaca de teatro. Ese gesto —esa aceptación tan física— me encendió entera.
Bruno se acercó a mí de rodillas sobre la alfombra. No me tocó primero: me miró y esperó. Fui yo la que le puse la mano en la nuca y lo besé. Sabía a vino tinto y a humo. Sus manos bajaron por mi espalda y me abrieron el vestido botón a botón, sin apuro, y cuando la tela cayó y quedé en ropa interior frente al fuego, giré la cabeza para buscar a Tomás.
Estaba inmóvil, con los codos en las rodillas, y en su cara había algo que yo no había visto en ocho años: hambre y vértigo al mismo tiempo.
—Sigue —dijo, ronco.
Bruno me tumbó de espaldas sobre la alfombra. Me besó el cuello, el hueco entre los pechos, me soltó el sujetador y se llenó la boca con un pezón hasta que arqueé la espalda y se me escapó un gemido que no reconocí como mío. Me bajó las bragas con los dientes, riéndose bajito, y me abrió las piernas hacia la chimenea. Hacia Tomás.
—Que te vea bien —me dijo al oído.
Su lengua me recorrió entera, lenta, ancha, y luego se cerró sobre el clítoris en círculos exactos. Metió dos dedos y los curvó, y yo me agarré a la alfombra con las dos manos. Miraba a Tomás. Tomás me miraba a mí. Vi cómo se le abría la boca, cómo se pasaba la mano por el muslo sin atreverse todavía, y esa imagen —mi marido excitado viéndome deshacerme bajo la boca de otro— me tiró el orgasmo encima de golpe, sin aviso, con un grito que rebotó en la piedra.
—Dios —dije, temblando—. Dios, Tomás.
—Estoy aquí —contestó él.
Bruno se desnudó sin espectáculo, se puso el preservativo y volvió a mí. Me giró de lado, me levantó una pierna y entró despacio, midiéndome, dándome tiempo. Era distinto: más grueso, más contenido, más silencioso. Me llenó hasta el fondo y se quedó quieto, esperando a que yo respirara.
—¿Bien? —preguntó.
—No pares.
Empezó a moverse, y el sonido de nuestros cuerpos llenó el salón. Yo tenía los ojos clavados en Tomás. Vi el momento exacto en que se le desbordó el control: se llevó la mano al pantalón, se lo abrió y se agarró la polla dura mientras me miraba abierta bajo otro hombre. Nunca lo había visto así. Nunca me había sentido tan mirada, tan deseada, tan viva.
—Ven —le dije.
Se levantó y se arrodilló junto a mi cabeza, sin tocarme, respetando el acuerdo con una disciplina que me pareció obscena.
—Puedes —susurré—. Te lo pido.
Me besó entonces, boca contra boca, mientras Bruno me embestía cada vez más hondo, y yo gemía dentro del beso de mi marido. Tomás me sostenía la cara con las dos manos, me miraba a los ojos y me decía cosas que no le había oído en ocho años: qué guapa estás así, qué bien te folla, quiero verte acabar otra vez.
Y acabé otra vez, con Bruno agarrándome la cadera y Tomás mordiéndome el labio.
Después me puse a cuatro patas y me la volvió a meter desde atrás, y Tomás se sentó frente a mí en la alfombra para verme la cara de cerca. Le tomé la polla con la mano, luego con la boca, y cada empujón de Bruno me hundía más en él. Los tres respirábamos igual. Bruno se corrió primero, con un gruñido bajo, apretándome la nuca. Tomás lo hizo un minuto después, en mi lengua, con los ojos abiertos y una lágrima que no supe si era de placer o de miedo.
Nos quedamos los tres tirados frente al fuego, sudados, sin hablar, mientras la leña se convertía en brasa.
Bruno se fue con el primer gris del amanecer. Se vistió en silencio, me apartó el pelo de la frente, me besó la sien.
—Gracias por confiar —dijo—. Cuidaos.
Le dio la mano a Tomás, y Tomás se la sostuvo un segundo de más. Oímos el coche alejarse entre los eucaliptos.
Nos quedamos solos en un salón que olía a ceniza y a sexo. Y entonces me llegó el miedo, entero, como una ola tardía.
—¿Y ahora? —dije—. ¿Qué hemos hecho?
Tomás se sentó a mi lado con la manta sobre los hombros de los dos. Tardó en hablar, como siempre, calculando cargas.
—Pensé que iba a sentir que te perdía —dijo—. Y sentí lo contrario. Te vi entera, Renata. No la versión que me das a mí. Entera.
—¿No tuviste celos?
—Muchos. —Se rió, cansado—. Cuando te agarró la cadera quise partirle la mano. Y a la vez se me puso más dura que en mi vida. Las dos cosas juntas. No sabía que se podía.
Yo temblaba. No de frío.
—Tengo miedo de haber abierto una puerta que no se cierra.
—No se cierra —dijo él, y me apretó contra su pecho—. Pero no todas las puertas hay que cruzarlas cada día. Podemos dejarla ahí, sabiendo que existe.
Miré el bosque despertando tras el ventanal, el mismo bosque de nuestra primera cita.
—No quiero repetirlo pronto —dije—. Quiero digerirlo. Pero tampoco quiero prometerte que nunca.
—No me prometas nunca. —Me buscó la boca—. Prométeme que me lo vas a contar antes. Siempre antes. En palabras. Como anoche.
Eso sí podía prometerlo. Era, en el fondo, lo único que siempre había pedido: poder decirlo en voz alta y que él siguiera ahí, mirándome.
Nos dormimos sobre la alfombra, con las brasas apagándose, y por primera vez en ocho años no me quedó nada atragantado en la garganta.
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