EL PERFUME DE GEORGINA
Capítulo 1: La tentación de la Sra. Martínez
Mi nombre es Yael. Tengo 20 años y actualmente salgo con Karina, que tiene 19. Por cuestiones de estudio y horarios, paso bastante tiempo en su casa esperando a que ella se aliste o regrese de sus pendientes.
Su madre es Georgina Martínez, una mujer de 40 años increíblemente atractiva. Tiene una figura madura y definida, curvas pronunciadas, cintura estrecha y una cadencia natural al caminar que llama la atención de cualquiera. Siempre viste de forma elegante pero impecable: blusas ajustadas que resaltan su silueta, pantalones o faldas que acentúan sus formas y un perfume dulce y penetrante que se queda flotando en el aire.
En la casa, la relación entre todos es tranquila, pero desde hace semanas esa tensión silenciosa se había vuelto insostenible. Llevaba tiempo consumiéndome al mirarla de reojo en la mesa o al notar cómo una simple coincidencia en el pasillo terminaba en roces demasiado cercanos. Georgina sabía el efecto que provocaba en mí, y sus miradas de reojo dejaban claro que el juego ya había empezado.
El calor de la tarde volvía el aire pesado. Estaba sentado en la sala esperando a Karina mientras ella terminaba de arreglarse en la planta alta. Georgina salió de la cocina vistiendo una blusa ajustada que remarcaba su silueta y se acercó a la sala sirviendo dos vasos de agua helada.
—¿Sigue tardando Karina, hijo? —preguntó Georgina caminando con paso tranquilo.
—Sí, señora Georgina. Ya la conoce, siempre se toma su tiempo —respondí levantándome por cortesía, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón ante su proximidad.
—Por favor, Yael... dime Gina —respondió ella con una sonrisa pausada y la voz teñida de coquetería—. Que me digas "señora Georgina" me hace sentir distante, y entre tú y yo ya no hay necesidad de tantas formalidades, ¿no crees?
—Toma, hijo, refréscate un poco —dijo, acercándose a una distancia mucho más corta de la necesaria para entregarme el vaso.
Al tomar el vaso, nuestros dedos se rozaron. Ninguno de los dos retiró la mano. Georgina bajó la mirada a mis labios un segundo antes de sostenerme la vista fijamente.
—Es usted muy atenta... Gina —murmuré en voz baja, probando por primera vez su nombre en mis labios.
—Solo me aseguro de que te sientas cómodo aquí, Yael —contestó con voz suave—. Aunque a veces siento que te pones muy nervioso cuando nos quedamos solos.
—No es nerviosismo... es solo el respeto que le tengo —dijeron mis labios mientras daba un paso hacia ella, atraído por su perfume.
Georgina acortó la distancia, extendió la mano y me acomodó el cuello de la camisa, dejando que la yema de sus dedos rozara mi piel.
—No tienes por qué estar tan tenso conmigo, hijo —susurró.
Sin contenernos más, acortamos el espacio. Nos encontramos en un beso profundo y apasionado. Georgina me rodeó el cuello con los brazos mientras nuestros cuerpos se presionaban de lleno. Sentir la firmeza de su pecho contra el mío y la calidez de sus caderas pegadas a mí me hizo perder la noción del tiempo. El temor a ser descubiertos solo aumentaba la adrenalina de cada segundo.
Georgina se separó apenas unos milímetros, dejándome sentir su aliento entrecortado rozándome los labios. Con un movimiento pausado pero atrevido, tomó mi mano y la guió suavemente hacia su cintura, bajándola lentamente hasta posarla sobre la curva de su cadera.
—Mírate cómo estás... —murmuró en un susurro ardiente, rozando con su muslo el centro de mi pantalón, haciéndome contener el aliento—. Te encanta tenerme así de cerca, ¿verdad, Yael?
—No tienes idea de lo que me haces sentir... Gina —alcancé a decir, tuteándola por primera vez mientras apretaba ligeramente su cadera y la atracción me nublaba la razón.
Ella sonrió con una malicia irresistible, deslizando una de sus manos por debajo de mi camisa para acariciar mi abdomen con la yema de sus dedos. El contraste me hizo estremecer. Georgina inclinó la cabeza hacia mi oído y, tras darle un leve mordisco al lóbulo de mi oreja, me susurró con la voz cargada de intención:
—Si supieras todo lo que se me antoja hacerte cuando nos quedamos a solas... No tienes una idea de cómo me pongo cuando te veo mirarme así.
Me pegó de nuevo a su cuerpo, apretando sus curvas contra las mías hasta hacerme sentir cada milímetro de su silueta, dejando claro el efecto devastador que estábamos causando el uno en el otro.
De pronto, el sonido de una puerta cerrándose en la planta alta nos interrumpió. Los pasos de Karina sonaron sobre el piso de madera. Con agilidad, Georgina se recompuso la ropa, dio un paso atrás y tomó su vaso, mientras yo me acomodaba la camisa e intentaba regularizar la respiración.
—¿Listos? Perdonen la demora, no encontraba mis llaves —dijo Karina al llegar al último escalón, acercándose a mí para darme un rápido beso en las mejillas.
—No te preocupes, hija. Yael y yo solo estábamos platicando un poco mientras bajabas —respondió Georgina con voz impecable y serena, lanzándome una rápida mirada llena de intención.
—Sí, Karina... no hay problema, ya nos podemos ir —añadí, esforzándome por mantener la firmeza mientras la culpabilidad y la adrenalina se mezclaban en mi pecho.
Antes de cruzar la puerta, sentí que Georgina rozó mi espalda aparentemente al despedirse, dejando que el calor de su mano se quedara un segundo de más. Al darme la vuelta, me dedicó una última sonrisa cargada de un secreto compartido, con su perfume todavía impregnado en mi cuello y en mis manos.
Tomé a Karina de la mano para salir hacia nuestro plan de la tarde, pero por más que intentaba concentrarme en mi novia, mi cabeza y mi piel no podían dejar de pensar en lo que acababa de pasar en esa sala... y en lo inevitable que se había vuelto lo nuestro con Gina.
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