LA IRRESISTIBLE SEDUCCIÓN DE LA SEÑORA GEORGINA 4
Tragando saliva y controlando el temblor de la voz, Yael respondió al teléfono inventando una excusa creíble: le dijo a Karina que se había quedado atascado en un trámite de la universidad y que pasaría por ella en breve. Gina, con la sangre fría que la caracterizaba, acomodó su blusa frente al espejo, le dedicó una última mirada cargada de complicidad y abandonó el hotel minutos antes que él. El secreto permanecía intacto.
En los días siguientes, Georgina tomó una decisión firme pero calculada. Consciente de lo cerca que estuvieron de ser descubiertos, optó por marcar una pausa en sus encuentros. No se trataba de un adiós, sino de una tregua necesaria para enfriar el terreno y no levantar sospechas en Karina. En la casa, Gina volvió a comportarse como la madre atenta y distante, aunque cada que pasaba cerca de Yael, el roce sutil de su mirada le recordaba que aquello solo estaba congelado en el tiempo.
Esa misma noche, Yael se quedó a dormir en el cuarto de Karina aprovechando que sus suegros salieron a una cena formal. La culpa y la adrenalina se mezclaban en su pecho. Mientras Karina buscaba una película en la televisión, se acercó a él, buscando el afecto y la atención de su novio sin sospechar absolutamente nada de lo sucedido en el hotel boutique.
—Te he notado un poco distante estos días, amor… pero me alegra mucho que por fin nos quedemos solos —susurró Karina rodeándole el cuello con los brazos y recostando su cabeza en su pecho.
Yael la abrazó con fuerza, intentando borrar de su mente el aroma dulce de Gina y concentrarse por completo en Karina. La inocencia y entrega de su novia crearon un contraste abrumador que encendió una pasión distinta, marcada por el deseo y la necesidad de refugiarse en ella.
De pronto la tomó por la nuca y la besó con violencia, metiéndole la lengua sin aviso. Karina se sorprendió un segundo, pero respondió con ganas. Yael la empujó hacia la cama, subiéndose encima de ella y abriéndole las piernas con la rodilla.
—Quítate la puta ropa —ordenó con la voz ronca, tirándole de la camiseta hacia arriba.
Karina obedeció, quitándose la blusa y el sostén mientras él le bajaba los pantalones y la ropa interior de un jalón. Cuando quedó desnuda, Yael le agarró las tetas con fuerza, apretándolas, y le chupó un pezón con los dientes apenas rozándolo.
—Mírate… toda mojada solo de que te trate así —gruñó, metiéndole dos dedos de golpe en el coño y moviéndolos con rudeza—. Eres una puta, ¿verdad? Mi putita que se corre cuando le hablo feo.
Karina gimió, abriendo más las piernas.
—Sí… soy tu puta —susurró, la voz temblando de excitación.
Yael se bajó los pantalones, sacó su verga ya dura y se la frotó contra el coño de ella, sin entrar todavía.
—Ábrete bien, puta. Voy a follarte hasta que no puedas caminar mañana.
Se la metió de un solo empujón, hasta el fondo, y empezó a embestirla con fuerza, las caderas golpeando contra las de ella. Karina soltó un grito ahogado y se agarró a las sábanas. Yael le sujetó las muñecas por encima de la cabeza con una mano y con la otra le apretó el cuello suavemente, sin cortarle el aire del todo.
—Toma toda la verga, puta… así… más profundo —jadeaba mientras la follaba sin piedad, el sonido de piel contra piel llenando la habitación—. Dime que te gusta que te trate como una puta cualquiera.
—Me gusta… me encanta que me folles así —gimió ella, moviendo las caderas para encontrarlo—. Fóllame más duro, por favor…
Yael la volteó de golpe, poniéndola a cuatro, le agarró el culo con ambas manos y se la volvió a meter de un tirón. Empezó a darle más fuerte, las nalgas de Karina rebotando con cada embestida.
—Qué rico coño tienes, puta… aprieta… así, aprieta esa verga —ordenó, dándole una nalgada seca que dejó la marca rosada.
Karina se corrió primero, temblando y gimiendo su nombre. Yael no se detuvo; la siguió follando hasta que él también se corrió dentro de ella, enterrándose hasta el fondo y gruñendo entre dientes.
Se dejaron caer sobre la cama, jadeando. Yael le pasó un brazo por la cintura y la atrajo hacia él, el contraste entre la agresividad de hace un momento y el abrazo posterior dejando a Karina todavía temblando de placer.
Horas después, con la habitación a oscuras y Karina dormida plácidamente a su lado, Yael permanecía con los ojos abiertos mirando al techo.
Escuchó el suave sonido de la puerta principal al cerrarse abajo: Georgina había regresado de su cena. Momentos después, el leve eco de unos tacones en el pasillo se detuvo justo frente a la puerta de la habitación. Yael contuvo la respiración al ver cómo la sombra de unos pies se recortaba por debajo de la rendija de la puerta durante unos segundos eternos, antes de continuar lentamente hacia la recámara principal.
La tregua con Gina había comenzado, pero el peligro de la tentación seguía al otro lado de la pared.
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