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LA IRRESISTIBLE SEDUCCIÓN DE LA SRA. GEORGINA

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Habían pasado casi tres semanas desde la noche en que Georgina se detuvo frente a la habitación de Karina. Durante ese tiempo, la tregua se mantuvo de forma rigurosa: apenas un saludo cordial en la mesa, miradas breves y un comportamiento impecable ante los demás. Sin embargo, la frialdad simulada solo hacía que el deseo reprimido fuera cada vez más abrumador para ambos.

La oportunidad para romper el pacto llegó de forma inesperada. Karina tuvo que viajar un fin de semana a una ciudad vecina con sus compañeros para un seminario académico. Yael, con el pretexto de ayudar con el mantenimiento del jardín y algunos arreglos en la casa, se ofreció a ir el sábado por la mañana.

Al llegar, encontró la casa en absoluto silencio. Georgina salió a recibirlo a la estancia vistiendo una blusa de seda ajustada y un pantalón estilizado que remarcaba sus curvas con elegancia. El perfume dulce y característico de Gina volvió a llenar el ambiente, derribando de golpe semanas de contención.

—Pensé que no vendrías, Yael… —dijo Georgina, dejando de lado cualquier formalidad mientras se acercaba a él sin prisa, observándolo con intensidad.

—Sabes que no podía dejar de venir, Gina —respondió él, sintiendo cómo se aceleraba su pulso al volver a estar a tan pocos centímetros de ella.

Georgina sonrió con una mezcla de satisfacción y provocación, cerrando la puerta principal con seguro antes de volverse hacia él.

—La tregua terminó. Ya no aguanto un solo día más viéndote pasar de largo… —susurró, deslizando la mano hacia el cuello de la camisa de Yael.

Lo besó con hambre, metiéndole la lengua de inmediato mientras le abría la camisa a tirones. Yael le agarró el culo con fuerza y la levantó, llevándola hacia el sofá de la sala. Georgina se bajó sola los pantalones y la ropa interior, quedando desnuda de la cintura para abajo.

—Tres putas semanas sin tu verga… estoy empapada solo de verte —jadeó, abriéndose de piernas frente a él—. Sácala. Quiero chupártela como la puta que soy.

Yael se bajó el pantalón, sacó su verga ya dura y gruesa. Georgina se arrodilló al instante, la agarró con ambas manos y se la metió hasta la garganta de un solo movimiento, chupando con ruidos sucios y babosos.

—Mmh… qué rica está… —murmuró al sacársela, lamiendo la cabeza—. Dime que soy tu puta, papi. Dime que me vas a follar hasta que no pueda caminar.

—Eres mi puta, Gina… mi perra sucia —gruñó él, agarrándole el cabello y empujando la verga otra vez dentro de su boca—. Trágatela toda.

Ella obedeció, dejando que la follara la boca unos minutos, saliva cayéndole por la barbilla. Después se levantó, se subió encima de él en el sofá y se la metió de un golpe, bajando hasta el fondo.

—Aahh… puta madre… qué gruesa… me abre completa —gimió, empezando a rebotar con fuerza, las tetas moviéndose bajo la blusa de seda—. Cógeme, papi… úsame como tu puta.

Yael le rasgó la blusa, le sacó las tetas y se las chupó mientras ella cabalgaba como loca, el coño haciendo ruidos húmedos cada vez que bajaba.

—Mi puta… mi perra… aprieta esa verga —ordenó, dándole nalgadas fuertes que dejaban la piel marcada—. Dime que te gusta más que cualquier otra.

—Sí, papi… me encanta tu verga… es mejor que cualquier otra… cógeme más duro —gritó ella, acelerando el ritmo hasta correrme temblando encima de él.

Sin dejarla recuperarse, Yael la volteó, la puso a cuatro en el sofá y se la metió de nuevo por detrás, embistiéndola con violencia. Georgina empujaba el culo hacia atrás, recibiendo cada embestida.

—Más fuerte… rómepeme la panocha, papi… soy tu puta, tu perra… lléname —jadeaba sin parar.

Yael le agarró el cabello, le tiró la cabeza hacia atrás y la folló sin piedad hasta que ella se corrió otra vez, gritando. Él la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y llenándola de semen mientras gruñía:

—Toma… tómalo todo, mi puta…

Se quedaron unos segundos jadeando, todavía unidos, el cuerpo de Georgina temblando bajo el de él.

Cuando la calma volvió momentáneamente a la habitación principal, el sonido de una llave girando en la cerradura de la puerta trasera de la cocina los puso en alerta máxima.

Karina no debía regresar sino hasta el domingo por la tarde, pero el eco de unos pasos en la planta baja indicaba que alguien había entrado a la casa inesperadamente.

Georgina miró a Yael con los ojos muy abiertos, haciendo una señal de guardar absoluto silencio mientras se abrochaba la blusa a toda prisa, mientras los pasos en la cocina comenzaban a dirigirse hacia las escaleras…

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