LA IRRESISTIBLE SEDUCCIÓN DE LA SRA. GEORGINA 6
Estar a solo un par de metros de Karina mientras me ocultaba en la penumbra me hizo entender que este juego ya no tenía retorno.
Los pasos en la planta baja no dejaban lugar a dudas: Karina había regresado antes de lo previsto.
Con una agilidad asombrosa y la sangre fría que solo la experiencia otorga, Georgina reaccionó en cuestión de segundos. Tomó a Yael del brazo y lo empujó en silencio hacia el vestidor contiguo a la recámara principal, haciéndole una señal firme con el dedo sobre sus labios para que no emitiera un solo ruido. Cerró la puerta del armario casi por completo, dejando solo una rendija imperceptible, y se ajustó la blusa a toda prisa mientras salía al pasillo.
—¿Mamá? ¿Estás arriba? —se escuchó la voz de Karina subiendo los escalones de madera.
—¡Aquí estoy, mi amor! Me agarraste tomando un descanso —respondió Georgina con voz serena y natural, interceptando a su hija justo antes de que se acercara a la entrada de la habitación.
Desde la penumbra del vestidor, rodeado por las prendas y el aroma penetrante del perfume de Gina, Yael permaneció inmóvil, conteniendo el aliento. Escuchaba a Karina a solo un par de metros explicando que el seminario se había suspendido de última hora y que venía cansada del viaje. Durante varios minutos que parecieron eternos, la conversación entre madre e hija transcurrió a pasos de su escondite.
Cuando Karina finalmente bajó a la cocina a buscar un vaso de agua, Georgina regresó a la recámara con pasos veloces, abrió la puerta del vestidor y le indicó a Yael con una mirada que era el momento exacto para salir por la puerta posterior del balcón hacia el jardín. Antes de que él se desorganizara, Gina le acomodó el cuello de la camisa con un toque sutil y le susurró al oído con una sonrisa provocadora:
—Por poco nos atrapan… pero qué bien se siente arriesgarse, ¿verdad?
Yael logró salir de la propiedad sin ser visto y rodeó la calle para aparecer minutos después por la entrada principal, simulando que apenas iba llegando de la universidad para saludar a Karina. La tarde transcurrió entre la inocencia de su novia y las miradas encubiertas de Georgina desde el comedor.
Al caer la noche, Karina le pidió a Yael que se quedara a cenar. La tensión en la mesa era palpable únicamente para ellos dos: cada que Karina se distraía sirviendo los platos, Georgina rozaba sutilmente el pie de Yael por debajo de la mesa, retando nuevamente sus nervios.
Después de la cena, Karina se ofreció a lavar los trastes y se quedó en la cocina con los auriculares puestos, tarareando mientras fregaba. Georgina aprovechó el momento. Con un gesto discreto le indicó a Yael que la siguiera al lavadero del fondo de la casa, un espacio estrecho y semioculto detrás de la puerta de servicio.
Apenas cruzaron el umbral, Gina cerró la puerta con cuidado y lo empujó contra la pared. Sus manos subieron por el pecho de Yael, abriéndole la camisa con dedos decididos.
—Shh… no hagas ruido, cabrón —susurró ella, la voz ronca—. Si mi hija se da cuenta…
Le besó el cuello con fuerza, mordisqueando la piel mientras su mano bajaba y le apretaba la verga ya dura por encima del pantalón.
—Mírate… duro como una piedra solo de tocarnos a escondidas. Qué pinche atrevido eres.
Desabrochó el cinturón de Yael con destreza, bajó la cremallera y sacó su verga gruesa. La acarició despacio, subiendo y bajando la piel, sintiendo cómo latía contra su palma.
—Qué rica la tienes… grande y caliente. Quiero probarla.
Se arrodilló frente a él sin perder el contacto visual. Con la lengua dibujó un recorrido lento desde la base hasta la cabeza, lamiendo la gota de precum que ya brillaba en la punta. Luego abrió la boca y se la metió entera, chupando con ganas, succionando con fuerza mientras una mano le apretaba los huevos.
Yael mordió su propio labio para no gemir. Los ruidos húmedos de la boca de Georgina llenaban el pequeño espacio: el sonido de saliva, el roce de sus labios contra la piel, el leve jadeo de ella cada vez que se lo tragaba más profundo.
—Chinga… Gina… —susurró él, apenas audible.
Ella se separó un segundo, la saliva colgándole de la comisura, y le miró con una sonrisa sucia:
—Cállate y déjame chupártela bien. Quiero que te vengas en mi boca antes de que ella termine con esos pinches trastes.
Volvió a engullirlo, ahora más rápido, usando la mano para bombear lo que no le cabía. La otra mano subió por debajo de su propia falda y se metió entre las piernas, masturbándose con dos dedos mientras le chupaba la verga con voracidad.
Yael no aguantó mucho. El peligro, el olor a perfume de ella, el calor de aquella boca experimentada… se corrió con un temblor contenido, disparando chorros calientes directo a la garganta de Georgina. Ella se lo tragó todo sin soltarlo, lamiendo hasta la última gota, limpiándolo con la lengua como si fuera un premio.
Se levantó despacio, se limpió la boca con el dorso de la mano y le acomodó la verga dentro del pantalón.
—Así se empieza, mi amor… —susurró cerca de su oído—. La próxima vez te la meto yo.
Ajustó su falda, se arregló el cabello y salió primero del lavadero como si nada hubiera pasado. Segundos después Yael la siguió, el corazón todavía desbocado.
Al despedirse en la puerta principal, Karina le dio un cariñoso beso a Yael, mientras Georgina observaba desde el fondo del pasillo con los brazos cruzados y una sonrisa indescifrable.
Yael caminó hacia su auto sabiendo que, tras rozar el peligro tan de cerca, la atracción con la Sra. Martínez solo se había vuelto más peligrosa e inevitable.
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