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LA IRRESISTIBLE SEDUCCIÓN DE LA SRA. GEORGINA 7

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Karina organizó una escapada de fin de semana a una acogedora casa de campo con alberca a un par de horas de la ciudad, con la idea de despejar la mente y compartir tiempo en familia. Georgina aceptó complacida, y Yael no pudo negarse.

Desde el primer día, la atmósfera en la casa de descanso se volvió electrizante. Durante el día, Karina disfrutaba del sol y de la tranquilidad del lugar, ajena por completo al fuego cruzado entre su novio y su madre. Georgina vestía trajes de baño elegantes que acentuaban su silueta, caminando con soltura por la terraza y lanzándole a Yael miradas intensas cada vez que Karina se distraía leyendo o nadando.

El ambiente veraniego y la proximidad constante volvían la situación insostenible. Cada coincidencia en la cocina para preparar bebidas o en el pasillo hacia las habitaciones se transformaba en roces calculados y susurros al oído que ponían a prueba el autocontrol de Yael.

Llegada la medianoche, la casa quedó en penumbra. Karina, agotada por el viaje y el sol de la tarde, se quedó profundamente dormida en la habitación principal de la planta alta. Yael, incapaz de conciliar el sueño por la adrenalina, salió en silencio hacia la terraza exterior de la alberca.

Apenas unos minutos después, escuchó el leve sonido de la puerta de cristal al deslizarse: Georgina salía a su encuentro, luciendo una bata ligera sobre la piel, iluminada solo por las luces tenues del jardín.

—Sabía que te encontraría aquí... —susurró Gina con una sonrisa audaz, acercándose hasta quedar a centímetros de él.

Yael la miró de arriba abajo. La bata ligera apenas le cubría el cuerpo; debajo solo traía un bikini negro que se le pegaba a la piel todavía húmeda. El pecho le subía y bajaba acelerado.

—¿Estás loca, Gina? —murmuró él, aunque ya le estaba agarrando la cintura—. Tu hija está arriba.

—Está bien dormida, mi amor. Después de tanto sol y el viaje, no se despierta ni con un putazo. —Georgina se pegó más, frotando su culo contra la verga ya dura de Yael—. Además… me tienes bien caliente desde la tarde. Te vi viéndome cuando me echaba crema y se me puso la panocha húmeda.

Yael apretó los dientes. La jaló detrás de la pérgola, donde la sombra era más espesa y las luces de la alberca apenas los alcanzaban. Le abrió la bata de un tirón y le agarró las tetas con fuerza, pellizcándole los pezones.

—Pinche vieja puta… —gruñó contra su cuello—. Te la pasas provocándome todo el día delante de ella.

—Porque me encanta que se te ponga dura por mí —respondió Gina, ya metiéndole la mano dentro del short y sacándole la verga gruesa—. Mírame cómo te la chupo rapidito antes de que alguien baje.

Se arrodilló en el piso frío de la terraza. Sin más preámbulos le metió la verga entera a la boca, chupando con ruido, saliva bajándole por la barbilla. Yael le agarró el cabello y la embistió contra su cara, sintiendo cómo la garganta de Gina se abría para recibirlo.

—Así, Gina… chúpamela toda, puta —susurró él, mirando de reojo hacia el balcón de arriba—. Si te oye, nos carga la verga.

Georgina se separó un segundo, con hilos de saliva colgándole de los labios:

—Entonces cógeme rápido y calladito. Quiero que me des hasta el fondo aquí mismo.

Se levantó, se bajó el bikini de un jalón y se apoyó contra la columna de la pérgola, abriendo las piernas. Yael se colocó detrás, le separó las nalgas y le metió la verga de un solo embate hasta el fondo. Ambos ahogaron un gemido.

—¡Si papi… qué rica la tienes! —jadeó Gina, empujando el culo hacia atrás para que le diera más duro—. Más fuerte, pero sin hacer ruido, cabrón.

Yael la agarró de las caderas y empezó a cogerla a golpes secos y rápidos, el sonido húmedo de la verga entrando y saliendo de la panocha mojada de Gina apenas se escuchaba entre el chapoteo lejano de la alberca. Le dio una nalgada ahogada con la mano abierta y luego le apretó el cuello por detrás, manteniéndola quieta.

—Pinche panocha tan rica… te la estoy destrozando y todavía la aprietas más —susurró contra su oído—. ¿Así te gusta, eh? Que te coja a escondidas de tu hija como una puta?

—Sí… sí, así papi —gimió ella bajito, mordiéndose el labio—. Rómpeme el culo también si quieres, pero rápido… me voy a venir.

Yael sacó la verga, la escupió un poco y se la metió por el culo de un empujón. Gina soltó un quejido ahogado y se agarró fuerte a la columna. Él la cogió sin piedad, rápido y profundo, mientras con la otra mano le frotaba el clítoris.

—Vente, puta… vente en silencio —ordenó él.

Georgina se corrió temblando, la vagina contrayéndose y el culo apretándole la verga. Yael la siguió segundos después, llenándole el culo de leche caliente mientras le mordía el hombro para no gritar.

Se quedaron así un momento, jadeando, pegados, con la verga todavía adentro. Luego Yael se salió despacio. Georgina se acomodó la bata con manos temblorosas y se limpió entre las piernas con un pañuelo que sacó del bolsillo.

—Qué rico me lo hiciste…— susurró ella, todavía con la voz ronca—. Pero ya vámonos adentro antes de que…

De pronto, se escucharon los pasos de Karina caminando hacia el balcón que daba directamente hacia la alberca. Georgina y Yael apenas tuvieron un par de segundos para separarse y buscar la sombra de la pérgola antes de que Karina se asomara adormilada por el barandal.

—¿Yael? ¿Mamá? ¿Hay alguien ahí abajo? —preguntó Karina con voz adormilada, frotándose los ojos mientras miraba hacia la oscuridad de la terraza.

Yael contuvo el aliento con el corazón latiendo desbocado, pegado a la pared en la penumbra junto a Gina, cuya mano apretaba la suya en un gesto de complicidad absoluta.

—Solo soy yo, cariño —respondió Georgina con voz serena y sin titubear, saliendo con paso firme de la sombra hacia la luz de la alberca mientras se ajustaba la bata—. Bajé por un vaso de agua y encontré a Yael aquí afuera. Le dio un poco de insomnio.

Karina observó la escena desde el balcón durante un par de segundos. La luz tenue de la piscina iluminaba la silueta de su madre y la figura de Yael a pocos metros. En lugar de molestarse o sospechar, una extraña expresión de fascinación cruzó por el rostro de Karina al verlos juntos en la tranquilidad de la noche.

—Ah... está bien —murmuró Karina con una leve sonrisa, ambiguamente provocada por la escena—. No se queden mucho tiempo afuera, esta fresco.

Karina se dio la vuelta y regresó a la habitación. Georgina cruzó una mirada intensa con Yael antes de subir también las escaleras, dejando una chispa encendida en su relación.

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