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Yo no participo, yo miro

8 min de lectura

Lo vi antes de saber que lo estaba mirando. Dario se movía entre las mesas del festival con la cámara pegada a la cara, agachándose para encuadrar un plato de erizos, y había algo en la manera en que se arrodillaba —sin prisa, sin pedir permiso, absolutamente concentrado— que me hizo dejar de escuchar al productor que me hablaba de logística. Ignacio se acercó por detrás con dos copas. —Lleva veinte minutos fotografiando tu estación —dijo, y me pasó el sauvignon sin mirarme. —Está trabajando. —Marina. Giré la cabeza. Mi marido tenía esa expresión que le conozco desde hace diez años, la de quien ha estado observando un rato antes de hablar. Ignacio no interviene: registra. Es lo que lo hace buen sommelier y lo que a veces me desespera en la casa, cuando quiero pelear y él sólo mira. —Está fotografiando tus manos —agregó—. No los platos. Y sonrió. Y yo sentí que se me subía el calor a la nuca, porque su sonrisa no tenía nada de celos. Tenía otra cosa. Algo que llevábamos meses rodeando, en chistes a media noche, en frases que soltábamos con la boca contra la almohada y que al día siguiente no repetíamos. Esa noche, en la cena de cierre, Ignacio se inclinó hacia mi oreja mientras servían el segundo tiempo. El comedor era un ruido tibio de copas y risas. —Quiero verte con él. No dije nada. Corté un pedazo de congrio que no pensaba comerme. —No es que quiera perderte —siguió, muy bajo—. Es que quiero verte así. Como eras al principio. Cuando no sabías qué iba a pasar. Levanté la vista. Al otro extremo de la mesa, Dario reía con la organizadora y en algún momento sus ojos cruzaron los míos y se quedaron ahí medio segundo de más. —¿Y si me gusta demasiado? —pregunté. Ignacio me tomó la mano por debajo del mantel. Tenía los dedos fríos. —Entonces me lo cuentas después. Terminamos los tres en el bar del Casa Amaranta pasada la medianoche, en unos sillones bajos frente al ventanal. Abajo el puerto seguía encendido, y de la fiesta llegaba una cumbia deformada por la distancia. Dario hablaba de un encargo en Chiloé, de la luz de allá, de cómo la gente no entiende que fotografiar comida es fotografiar deseo. —¿Y cómo se fotografía el deseo? —pregunté. Se demoró en contestar. Le dio un sorbo al pisco. —No se fotografía. Se espera. Uno se queda quieto hasta que la persona se olvida de que estás ahí, y entonces aparece. Ignacio se rio, corto y seco, y a mí se me apretó algo en el estómago porque supe que él ya había decidido. Estaba sentado a mi lado con el brazo estirado sobre el respaldo, sin tocarme, y sin embargo yo lo sentía en toda la espalda. —Dario —dijo—. Voy a ser directo, y si te incomoda nos tomamos otro trago y no hablamos más del tema. El fotógrafo dejó el vaso en la mesa. No cambió de postura, pero se le puso una atención distinta en la cara. —Ya. —Marina y yo llevamos diez años casados. Nos gustas los dos. —Hizo una pausa—. Quiero subir a la pieza contigo y con ella. Yo no participo. Yo miro. El silencio duró lo que dura una ola en romper allá abajo. Dario me miró a mí. Sólo a mí. Eso fue lo que me terminó de decidir, creo: que no le contestara a Ignacio, sino que buscara mi cara. —¿Vos qué querés? —preguntó. Tenía la boca seca. —Que subas. La habitación tenía la ventana entreabierta y entraba el olor a sal y a diésel del puerto. Ignacio encendió sólo la lámpara del rincón, arrastró el sillón de terciopelo hasta ponerlo a los pies de la cama, y se sentó. No se sacó ni el saco. Cruzó una pierna, como en una cata. —Cuando quieras, Marina. Y yo, que ordeno una cocina de catorce personas todas las noches, que grito y corrijo y decido, me quedé de pie en medio de la pieza sin saber qué hacer con las manos. Dario se acercó. No me besó de inmediato. Me puso los dedos en la mandíbula y me giró la cara hacia la lámpara, igual que giraría un plato para encontrarle la luz. —Ahí —dijo. Después sí me besó, y fue un beso sin protocolo, hambriento, con la lengua entrando de una y la mano bajando por mi espalda hasta agarrarme entera. Solté un ruido contra su boca. Escuché, o creí escuchar, que Ignacio respiraba distinto. Me desabrochó el vestido con una paciencia que me dio rabia. Cayó al suelo, quedé en ropa interior negra y él dio un paso atrás para mirarme, y esa fue la primera vez en años que sentí que alguien me miraba sin saberse el guion. Me subió el calor por el pecho. —Iggy —dije, sin darme vuelta. —Estoy acá. Dario me empujó suave hasta que caí sentada en la cama. Se sacó la camisa. Me abrió las piernas con las rodillas y se arrodilló entre ellas, y yo me eché hacia atrás sobre los codos para poder ver a mi marido por encima del hombro del otro. Ignacio tenía los ojos fijos y la mandíbula tensa. Los dedos de Dario me corrieron el calzón hacia un costado y su boca llegó ahí sin advertencia. Arqueé la espalda. Tenía la lengua ancha y plana, y lamía lento, de abajo hacia arriba, terminando cada vez en un círculo justo sobre el clítoris que me sacaba un jadeo. Le enterré los dedos en el pelo. —Ay, mierda —dije—. Así. —Cuéntame —pidió Ignacio desde el sillón, con la voz rota. —Me está comiendo la concha —contesté, y me sorprendió mi propia crudeza, y me sorprendió más el gemido que se le escapó a él al oírme. Dario me metió dos dedos mientras seguía chupando, curvándolos, buscando ese punto que Ignacio conoce de memoria y que este hombre encontró en cuarenta segundos. Me vine así, con las piernas temblando alrededor de su cabeza y una mano estirada hacia atrás agarrando la sábana. Grité más fuerte de lo que quise. Abajo la cumbia seguía, indiferente. Cuando abrí los ojos, Ignacio se había inclinado hacia adelante, los codos en las rodillas, y tenía la boca entreabierta. —No te detengas —dijo. Me di vuelta, quedé en cuatro sobre la cama mirando a mi marido de frente. Sentí a Dario acomodarse detrás, el sonido del envoltorio, su mano abriéndome. Entró de una sola vez, hasta el fondo, y el aire se me fue entero. —Ah —alcancé a decir. Empezó a moverse duro, agarrándome de la cintura, y cada embestida me tiraba hacia adelante y me obligaba a sostenerme. Yo miraba a Ignacio y él me miraba a mí. Se había abierto el pantalón y se tocaba despacio, sin urgencia, como si lo importante estuviera ocurriendo en mi cara y no en su mano. —Estás preciosa —me dijo. —Ven acá. —No. —Negó con la cabeza, sonriendo—. Quédate ahí. Dario me tomó del pelo, no fuerte, apenas una tensión que me levantó la barbilla, y me dijo al oído: —Te está mirando. —Ya sé. —¿Te gusta que te mire? Le dije que sí. Se lo dije tres veces, cada vez más alto. El colchón golpeaba contra la muralla y yo ya no me acordaba de que había otra gente en el hotel. Sentía el sudor de él en mi espalda, el olor a sal entrando por la ventana mezclado con el nuestro, y una segunda oleada armándose en el fondo del vientre. Me hizo girar. Quedé de espaldas, con Dario encima, y desde ahí veía la lámpara y el techo y, en el borde de la vista, a mi marido de pie ahora, muy cerca, a un metro de la cama. Estiré la mano y él la tomó. Eso fue todo lo que se tocaron: mi mano y la suya, mientras el otro me embestía. —Voy a acabar —avisó Dario. —Adentro no importa, tienes... sí, hazlo, hazlo. Me vine con él, apretándole la mano a Ignacio hasta hacerme daño en los nudillos, con la boca abierta contra el hombro de un hombre que había conocido esa mañana. Escuché el gruñido de Dario, largo, y después su peso, y después el silencio. Se fue veinte minutos más tarde, vestido, tranquilo, con un beso en la sien para mí y un apretón de mano para Ignacio. En la puerta se dio vuelta. —Gracias por la confianza —dijo. Y no dijo nada más, que fue exactamente lo correcto. Amaneció gris, con el puerto envuelto en una neblina baja. Ignacio me trajo el café a la cama y se sentó a mi lado con la espalda contra el respaldo. Estuvimos un rato sin hablar. —¿Te arrepientes? —pregunté al fin. Se demoró, como siempre. —No. —Me miró—. Anoche te vi. No a la Marina que revisa la mise en place a las siete. A vos. Hace años que no te veía así. Le puse la mano en el pecho. —Yo también te vi a ti —dije—. Todo el rato. Estaba con él y estaba pensando en ti. Ignacio dejó la taza en el velador y me besó, y ese beso tenía diez años adentro y algo nuevo también, algo sin nombre todavía. Nos quedamos con la llave de la pieza un día más de lo que debíamos. Nunca la devolvimos.

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